lunes, 16 de septiembre de 2013

seven kinds of sin



"Esperando la lluvia en agosto, la cautela en el juicio, el aseo en la inteligencia, acaso la indulgencia, cierto cariño para empezar. Sin embargo, al parecer no puede dejar de amanecer. La naturaleza, como el filósofo, también sabe ponerse categórica."


"Inútil, inútil, inútil viajar a Holanda si se ha de pasar antes por Bélgica"



J. G.  Cívico, Una casa holandesa, Basten van Basten (ed.), Den Bosch, 2007.




1. Hablar a gritos
Guardo un improbable recuerdo de una época anterior a la pubertad:  mi pediatra me dice con gravedad que evite las drogas, las orgías, el plátano, las religiones, los nacionalismos, la berenjena, el tabaco, los huevos de insecto, los gritos, las convicciones políticas, la zoofilia, la necrofagia, los seres humanos, la comida picante.


Uno reza invariablemente a Atenea, a Zeus o a una deidad azteca por el mismo motivo por el que tuvo un coche checo, una medalla de Lenin, alquila películas en video-clubs, juega al bádminton, sigue comprando novelas de Henry Miller, busca obras de Freud sobre los sueños en las librerías de viejo, ve una y otra vez One from the heart (Coppola, 1982) y entra a comer en locales vulgares donde apenas entra nadie: la curiosa simpatía por el fracaso y en puridad por los dioses olvidados.



2. Imitar al imitador
La palabra μίμησις es posthomérica no aparece ni en Homero (en esa tradición polifónica que llamamos Homero sin que quepa decir que haya existido propiamente un poeta al que llamar así) ni en Hesíodo. Su etimología es oscura como agua de lago en la noche y es probable que se originará con los rituales y misterios del culto dionisiaco: en su primer significado (bastante diferente al actual) representaba los actos de culto de un sacerdote –baile, música y canto. Platón confirma esto, al igual que Estabrón. En el ámbito estético y siguiendo a Tatarkiewicz, la palabra que posteriormente habría de denotar el acto de reproducir la realidad en la escultura y en las artes teatrales y visuales, no significó, en un principio reproducir, la realidad externa, “sino expresar lo interior”.[1] Es muy probable que fuera debido a los siempre intrincados intereses personales de Aristóteles que la teoría de la imitación se preocupó durante siglos más de la poesía que de las artes visuales. Como resulta sabido, para Aristóteles la «imitación» fue, en primer lugar, la imitación de las actividades humanas; sin embargo, fue convirtiéndose gradualmente en la imitación de la naturaleza, de la que se suponía derivaba su perfección. En resumen y por volver al fenomenal trabajo de Tatarkiewicz, el período clásico del siglo IV a. de J. C. utilizó cuatro conceptos diferentes de imitación: el concepto ritualista (expresión), el concepto de Demócrito (imitación de los procesos naturales), el concepto platónico (copia de la realidad), y el aristotélico (la libre creación de una obra de arte basada en los elementos de la naturaleza). Mientras que, por un lado, el concepto original fue eclipsándose gradualmente, admitiéndose las ideas de Demócrito únicamente por unos cuantos pensadores (Hipócrates y Lucrecio, entre otros) , tanto el concepto platónico como el aristotélico demostraron ser conceptos básicos y duraderos en arte; se fusionaron a menudo perdiéndose frecuentemente la conciencia de que eran conceptos harto diferentes.



Detesto a los crueles, a los sádicos, al opresor, a los tiranos, a los que disfrutan rebajando al otro, a los que degustan el patetismo, a los que utilizan la cultura para humillar. Odio el lenguaje técnico de los abogados: esa jerga rebuscada sólo para epatar. Detesto a los que son fuertes con el débil y débiles con el fuerte. Detesto a quienes no devuelven los libros, a los hombres que llaman a las mujeres con diminutivos y a sus semejantes de “don”. Detesto las escenas, la pólvora y el olor a azufre. Detesto a los que gritan, a los bonachones, a los que nunca hablan, a los que se envanecen de no haber viajado, de no haber caído o de no haber leído a Lovecraft. Detesto a los que piensan que los pobres se merecen de alguna forma su desgracia. Detesto a los que entierran la colilla del cigarrillo en la arena de la playa lo cual resume bien, creo, todo lo anterior. Photo: Sonic Youth



3. El futbolismo
Hay una insufrible pijería en el terrorismo, en su afán por recrearse y someterse a la puerilidad de una jerarquía sostenida desde una estética vacua, una jerarquía de la misma naturaleza que el resto de deportes de equipo… Hay una insufrible pijería en el terrorismo, en su afán por recrearse en la puerilidad (…) típica de los deportes de equipo… paradigmáticamente del futbol. Además de compartir embrutecedora omnipresencia catódica ambos se presentan rodeados cuando no estructurados en torno a la más banal de las cursilerías.
Cursilerías, si fuera políticamente correcto decirlo así, afeminadas.



En lo que a mí respecta, trato de hablar en todo momento de una persona como si su madre estuviera delante. Relacionarme con él o con ella de acuerdo a ese hipotético escenario materno, cálido, vulnerable apéndice de un mundo helado, anhelante nervio de un breve, benévolo y seguramente injusto reconocimiento, una cierta indulgencia incluso con lo más canalla de la progenie.



4. Basar películas o novelas en hechos reales pensando que son más interesantes por ello
Tanto desgraciado en el talego por un quí-ta-me-de-a-hí--e-sas pa-jas tanta tinieblista emparedada entre libros de Bernhard y aún por tipificar el exceso de rayos uva, hablar en voz alta, el chandalismo, la mezquindad, el realismo, los jersey rosas, las máquinas tragaperras de los bares, las confesiones que no vienen a cuento, verídicas, verdaderas o mal escritas, el panegrismo, la muy española (oscura, retrógrada, sucia, violenta, primitiva, tribal)  costumbre de dar grima queriendo dar grima.
La mayoría de la gente se inventa una versión de sí misma demasiado veraz.



Abro al azar un libro de Wim Wenders mientras escucho a The Kinks, el maravilloso grupo de Ray y Dave Davies y doy con esta perla del director de Paris-Texas: “Es cierto que el rock and roll ha sacado a toda una generación de la soledad, y no sólo la ha sacado de algo, sino que también la ha llevado a algo: a la realización de la propia creatividad. Eso fue lo verdaderamente fantástico (…) del auge sobre todo de la música rock inglesa: que transmitió alegría a las posibilidades de la propia fantasía”: Transmitir alegría a las posibilidades de la propia fantasía. Prometo hacerme un decálogo con cosas como ésa si un día me convierto de repente en padre. 



5. Construir aeropuertos
Muchos de nosotros repetimos en el aeropuerto la espontánea reacción de Jacob, cuando visionó en sueños la escalera que alcanzaba el Cielo y por la cual los ángeles subían y bajaban atravesando la morada del Dios de Abraham.
La puerta de los Cielos. Los aeropuertos. Zonas de tránsito entre el cielo y la Tierra.
Antes de tomar la piedra que le servía de almohada leemos en el Génesis que exclamó: “¡Qué terrible es este lugar!”




La mujer nos espetará al menos en una ocasión todo el rencor acumulado en la historia en tanto que género esclavizado y preterido. Y tendrá razón, al menos en esa ocasión.



6. Dar codazos
El uso psicológico del codazo del uno-tras la herencia y del otro-con-la-clase detrás-hasta-la-herencia tal como se propone aquí, en tanto que un tipo de pecado (a kind of sin) no es lo mismo que el análisis psicológico del uso del mérito personal. Ejemplo del primero es el núcleo de la prescripción elitista. Son clásicos los estudios de Erich Fromm, Wilhem Reich o Theodor W. Adorno sobre los aspectos psicológicos de la adhesión del individuo a los fascismos, y en concreto a la figura del caudillo, del Führer, del Duce o de Salazar, como conocedor del Destino, depositario de los más altos méritos y encarnación infalible de las virtudes de la raza, de la patria y el por donde tira hoy Dios.  La progresiva identificación del líder fascista como el mejor hombre, encarnación de la más alta aptitud, epítome de una íntima relación con el padre del crucificado, tanto por compartir su oscura infalibilidad como por el metafísico origen de su poder y de su espada (así en España los sujetos aún considerados como “grandes” de la patria y pro-hombres reconocidos por distintas “órdenes del mérito”), la descripción del enemigo como feo, con o sin gafas, incapaz, inferior o no apto dan cuenta de la peculiar forma de entender la jxgraaaaarrrgh como piedra angular del discurso del dominio de los mejores en el fascismo; por último, el enfrentamiento del mérito de la fuerza, o del vigor frente al talento –gráficamente visible en la quema de museos y bibliotecas y en el decir conozco a tal persona por la forma en que da la mano o cómo lleva de limpios los zapatos- adelantan también el carácter ideológico, histórico y cultural tanto de la idea del codazo del uno-tras-la-herencia y del unocomoclaseenlocolectivo como de las posibilidades de transvaloración de lo meritorio. Se puede hablar así sin excesiva violencia de justificación “meritocrática” en sentido orgánico o estático –la axia o el axioma griego- o de distopía suicida de Michel Young (The Rise of Meritocracy)- un sistema de dominio y de estratificación rígido basado en la mejor aptitud de una cultura –en el colonialismo- o de una raza –en el racismo- o de un pueblo (Volk) en el fascismo. Este fenómeno resulta visible sobre todo en el campo cultural, así en Europa el auge de la base meritoria, por decirlo así, concretada en el talento certificado por el título académico significará no sólo la exclusión de otros saberes no sancionados por la razón, sino también el mirar mal o muy mal a toda actitud refractaria a la noción de progreso como pulsión escatológica y a la política de depuración del pensar y del pensarse, o por utilizar el lema de la Real Academia Española de la Lengua, de “limpieza” y del limpiarse, del quitarse y alejarse de todo resto de “saber” o de “cultura” no funcional a las gafas, las últimas obras de M. M., al porte serio, al hablar como lento y afectado o a la idea mesiánica de progreso. Por ejemplo en la situación de minorías “autóctonas” (los gitanos) o en los denominados “problemas lingüísticos”. El mérito del origen geográfico, de una raza o de un género es una constante cansina en cada intento de justificación del dominio (o del exterminio). Así por el ático frente a otras polis, por el español frente al “indio”, por el catalán frente al sevillano, por el sevillano frente al gaditano, por el gaditano frente al mundo, por el europeo frente al bárbaro, por el imperio frente a la colonia, por el ario frente al judío, por el nacional y el ciudadano de la Unión frente al nacional de terceros países hoy Third Country Nationals o de forma abreviada, inmigrante o TCN.

El aburrimiento, ese provincianismo del espíritu demasiado orgullo de sí.





Aburren soberanamente las distopías. 
Todas las distopías. De George Orwell a Aldous Huxley. Compartimos con la ética laboral calvinista el desdén por lo el trabajo fácil: imaginar un futuro dañado no requiere ningún esfuerzo.





 7. Presumir de saber mucha historia o de no saber nada de historia
Podríamos convenir, recurriendo a la conocida imagen nemonística de Vladimir Nabokov, en que la cuna que mecía al siglo XXI se balanceaba ya sobre un doble abismo: de un lado la historia que Hegel definió como “ese inmenso matadero”. Absorbida el alma de las ruinas de la granja orwelliana por las cámaras fotográficas de los cerdos que quedaron vivos; del inconveniente de haber nacido ya en el burdel de lirios que no llegó a ver Emil Cioran, el siglo XXI no supo aprender del siglo XX -ese reptil totalitario y póstumo- alguna manera en que no quería ser. De otro lado la predicción de Max Weber de “la jaula de hierro”, un horizonte férreo y carcelario, un cul de sac hiperracional informado por la misma gestell heidegeriana como dispositivo que generaba, y no era probable dejar de verlo así, la sistemática demolición de la tarde, remitiendo como única pauta de verdad a la eficacia. El abismo observado por ese historiógrafo del futuro al que recurría Helmut Dubiel le hubiera, podemos imaginarlo así, inspirado a notar lo paradójico de una situación histórica que en su vertiente liberal había producido ya suficientes síntomas para dudar de conceptos y categorías tradicionales, pero que al mismo tiempo era demasiado oscuro para poder fijar “lo nuevo” en una conceptualización propia. Roto el equilibrio antagónico -conseguido no tanto por la preexistencia de un consenso sobre el valor del respeto como por el reconocimiento resignado de las fuerzas de su mutua incapacidad de desollarse vivos- la celebración del triunfo, como radicalización de ideario, era tan fea como precipitada. Sí, el “efecto frontón” fue tan considerable que habría repercutido trágicamente en los aparentes vencedores. Esto es, la pretendida pérdida de sentido de las ideologías de izquierda habría terminado a su vez por influir en las de la derecha que en definitiva, como siempre, no tenían otra razón de ser que la de refutar aquellas. De nuevo, la misma idea que expresara Nietzsche a modo de aforismo, “en situaciones de paz el hombre belicoso se abalanza sobre sí mismo”. Y mientras la cabeza vacía que sostenía la manzana insolidaria se paseaba por la sociedad samuelsoniana de los dos tercios sorteando las diatribas como flechas neopuritanas del tipo de las de Gilles Lipovetsky y todos añorábamos la comprometida puntería de Guillermo Tell, estábamos sí, como vio el sociólogo Gil Calvo, como asnos de Buridán atrapados entre dos tentaciones, “la nostalgia de la teocracia”, respuesta reaccionaria que reclamaría el retorno de los dioses que enterraron Nietzsche y Dostoievski o la atracción del abismo nihilista desertor de toda voluntad de conocimiento y de cambio. Puritanamente, se consiguió, al menos uno siempre lo ha creído así, no caer en ninguna de ellas, o mejor aún, no caer en nada, no caer sobre ningún lugar, no caer en lado alguno, no caer ni siquiera hacia abajo, simplemente dejar de hacer pie.



Tras el éxtasis, después de una gran fiesta, a continuación de un regocijo inenarrable debe suceder como al intentar articular de nuevo un reloj que hemos desmontado sin pericia.
Transito de lo amorfo a lo formal, siempre hay alguna pieza que nos sobra o que no termina de encajar.





[1] TATARKIEWICZ, W., “Mimesis: historia de la relación del arte con la realidad”, Historia de seis ideas, Trad. Francisco Rodríguez Martín, Madrid, Tecnos, 2007, p. 301.



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