La historia «rota» o «abandonada» de Titane (Julia Ducournau, 2021), mi preferida del año, tiene dos precedentes igualmente rupturistas y arriesgados, ambos de 1960. Uno es La aventura (L'avventura, Michelangelo Antonioni), un logro narrativo que va más allá de la trilogía de la incomunicación. El otro es Psicosis (Psycho, Alfred Hitchcock).
En las dos la historia inicial pasa a un inquietante segundo plano. Anna (Lea Massari) desaparece en un islote volcánico de las Eolias, y la película se va quedando con su novio Sandro (Gabriele Ferzetti) y con su amiga Claudia (Monica Vitti), que la buscan cada vez con menos empeño hasta acabar juntos. Marion Crane (Janet Leigh) huye con cuarenta mil dólares robados en la inmobiliaria donde trabaja, pero muere en la ducha del motel Bates antes de la mitad del metraje, y el dinero se hunde con su coche en la ciénaga sin que nadie vuelva a preguntar por él. Ducournau hace algo parecido con Alexia (Agathe Rousselle), cuya deriva asesina, y la persecución que debería seguirla, se disuelve cuando ella se hace pasar por el hijo desaparecido de un capitán de bomberos (Vincent Lindon).
Algo similar ocurre con las guerras que desangran África en los telediarios. Sudán o el este del Congo abren un día el informativo y al siguiente se esfuman, como Anna en su isla, sin desenlace y sin nadie que pregunte.
