domingo, 23 de junio de 2013

donde mueren los monstruos

"(...) la de la criatura del doctor Frankenstein ya es una individualidad casi perfecta y sabemos, más por los maravillosos filmes de James Whale que por la fascinante novela de Mary W. Shelley, la encendida reacción ante ella del gentío. Séptimo aviso para individuos empeñados en una humilde posibilidad de ser de acuerdo a la versión no insolidaria y aún no recorrida del término."
GARCÍA CÍVICO, Jesús, Diccionario de monstruos, raros y feos, Plissken, el Serpiente (Ed.) , Valencia, 2011, p. 227.




Javier Tomeo
Quicena, Huesca, 9 de septiembre de 1932 – Barcelona, 22 de junio de 2013


sábado, 25 de mayo de 2013

lunas de júpiter (una antropología)




Tal naturaleza inminente de la vida, como la de esos encuentros, como la de esas despedidas cuando resulta imposible decir nada apropiado.
Jesús García Cívico, Aforismos en Word, poemas con autoreverse, Arthur Penn (ed.), Pennsylvania, 1977.


En relación con la quema masiva de hormigas y la moda de las mutilaciones de otros seres vivos presenciada en el colegio salesiano XXXXXXX en el periodo escolar comprendido entre los años 1977 y 1983, señalada atrás con ocasión del apunte lógico-moral de formato aforístico en torno a la caída o lanzamiento, precipitación al vacío en todo caso, de la portera T, una excepción -su cuerpo roto de mujer vieja y rota- en el monótono pavimento de alquitrán conducente, al donaire -parte de él- de una fabulosa higuera, al mencionado centro educativo, cabría añadir, a modo de informe elaborado y reelaborado, obviamente en Word, que éstas eran negras y que estaban efectivamente vivas, que habiendo hecho uno, en algún momento, según cree, todo lo que pudo para impedir su inflamado final -colocar su cuerpo (el suyo mismo, el de él) bien entre ellas y la lupa, bien entre la lupa y el sol, básicamente llorar ridículamente a fin de que cesara todo, permitir que a uno le consideraran tonto, atrasado, definitivamente débil, afeminado quizás, reflexionar ya solo, también inútilmente, antes de dormirse, reflexionar en vano ovillado entre las sábanas- encontró pronto el informante en la apenas aplazada visita a la biblioteca del jardín botánico de la misma ciudad (la biclcleta BH o GAC con cesta aparcada fuera) algunos datos de interés, a saber, que la distribución fisiológica de estas criaturas de seis patas no parece consentir que el miedo, el dolor o la angustia recorran, como un relámpago en el hielo, su diminuto cuerpo, al componerse básicamente su sistema nervioso de un cordón ventral extendido a lo largo de éste, con apenas varios ganglios y ramas allegadas a los extremos de los apéndices. Que no van al cine, ni conocen la duda metódica, el arte rupestre o el inestable sentimiento del amor. Que no se les ve acodadas en los bares, como cansadas, grises, los ojos ojerosos y sin ganas de vivir. Que ni hacen obsesivamente fotos de todos los lugares que visitan, ni albergan fantasías sobre la peregrina idea de volver a tener, no sé, quince o veinte años, ni el deseo recurrente de regresando a tal edad, mejorar, sabiendo lo que saben hoy, su extraña suerte. 



Es improbable también que sientan pena sus propios familiares o amigos, pues no se conoce el caso de hormigas-novio o de hormigas-novia, hijos o hijas, padres, madres –hormigas todos- de aquellas arrojándose al vacío de la desesperación, tras la súbita, espasmódica conciencia de que hay cosas en la vida destinadas a perderse de forma irremediable o para siempre, ni se ha constatado que acudieran, estos mismos allegados -sería de esperar que en hilera, el corazón sensible, bombeante de hemolinfa, en un negro y exoesqulético puño- a despedir el cuerpo retorcido y carbonizado de sus seres más queridos. Que, a diferencia de la vida de aquellos que entonces sostenían impaciente, mecánica, alborozadamente, ahora una lupa ahora una cerilla, la suya era vana como una sucesión de instantes sin sentido. 



Parece pertinente remarcar, como prueba defintiva de todo lo anterior, que no hay constancia de celebración o efemérides en el regresar cíclico de la fecha de la hecatombe en una distribución a la humana del tiempo, ni de que se levantara monumento funerario alguno a modo de civilizado homenaje en el lugar donde según los cálculos más optmistas del que esto informa, ardían unos mil setecientos ejemplares al día, unos doscientos treinta y cuatro mil en total, si descontamos del cómputo los días no lectivos, el declinar de la moda en su paulatina sustitución por la peonza, la excursión, cierto día de abril, a un flojo, edulcorado, musical de temática biblíca en el teatro Principal, el pasar aleatorio del sarampión y las paperas afectando algorrítmicamente a uno de cada siete quemadores al término de un mes en lo que toca a los usualmente distribuidos en grupos de cuatro, cinco jóvenes a lo largo (cubriendo por entero el largo) de la superficie de un campo de futbol de tierra pero reglamentario, la semana de Fallas y las celebraciones del Corpus Christi




Me gustaría añadir que en el margen de tiempo estudiado, junto a la quema estándar y el proceso de combustión en sentido más estricto se observó cómo los jóvenes se ocupaban invariablemente ahora de separar las alas del cuerpo de una mosca para en su deambular enloquecido, pero curiosamente dextrógiro, mejor prenderle fuego, ahora de atravesar con la punta de bolígrafos de punta fina BIC el segundo segmento abdominal del peciolo de las hormigas, y de otra forma de algún escarabajo, distribuido, en las primeras, en forma de nodo, lo que les permitía disfrutar, al punto de mearse propiamente de dicha, del desesperado movimiento de los tres pares de patas del pequeño insecto lanzeado, bien de los detalles en la disección -la lengua del joven educando fuera, codazos entre ellos- de, por un lado, la cabeza, mesosoma (el tórax más el primer segmento abdominal, fusionado a éste) y el metasoma o gáster (esto es, el abdomen menos los segmentos abdominales del peciolo) y luego el agrupamiento de sus tres segmentos corporales ya claramente diferenciados de nuevo bajo el calor abrasador de la lente convergente de aquel instrumento óptico. 



No carece de interés, según lo veo, reseñar también que algunas de estas actividades incineradoras –con o sin lupa- coincidían, según se percibía no sin cierta extrañeza, no sin cierto estupor, con mutilaciones apáticas del tipo de las realizadas ya como sin gana o sólo para pasar el rato en el impacientarse a lo largo del recreo de sus pisadas en movimiento de fuelle, hasta que de nuevo al agruparse al círculo otros pequeños seres humanos con algo latiente y débil atrapado entre las manos, en su peculiar forma de correr, de andar y de vestir, como reproducciones de los habituales oficios de sus padres, llegaba, al fin, la algarabía: una suerte de ceremonia escalonada en lo que toca al gozo más profundo, de decapitación y desmembramiento, también en vida, de un número ingente, pero no calculado, de saltamontes, grillos, cigarras, cigarrones y otros animales de extremidades largas, exoesqueléticas, cuyo sonido, el de sus patas sencillas al quebrarse, rugoso, el sonar extra-crujiente, por así decir, de la cobertura exterior que les sirve de carcasa protectora alrededor del cuerpo y de punto de anclaje para los músculos, provocaba, al parecer, incontenible regocijo en los jóvenes formalmente católicos que habrían reservado para el momento álgido de su radiante beatitud el aplicar el fuego de un mechero (presumiblemente sustraído del cajón de una cocina de clase social media donde permanecía éste a fin de ser colocado -normalmente por la madre- de forma oblícua contra la salida de gas bajo una sartén, o del bolsillo de la chaqueta de un tío que fumara) lenta, curiosa, concienzudamente, sobre la cabeza del saltamontes a fin de ponerla al rojo y ver por fin reventar, siempre de un momento a otro, siempre acompañado por la misma, incontenible, carcajada final, sus globos oculares.

Finalmente, creo que es posible convenir en que a todos los descendientes de estos seres mutilados, desmembrados y/o devastados por el fuego les ha sido ajeno el sentido del agravio histórico, la idea insoportable de padecer una injusticia o la sensación de no llevar exactamente el tipo de vida que merecen (deserve) por cuestiones adscriptivas no dependientes del esfuerzo, la inteligencia y el talento del sujeto, al ser, sobre todo esto último, un rasgo típicamente humano, tradicionalmente tratado en el pasado por algunos pensadores de la izquierda francesa, sociólogos estudiosos de la estratificación social de tono meritocrático y muchos profesores norteamericanos de filosofía política mayoritariamente caucásicos y con gafas.

En GARCÍA CÍVICO, Jesús, Una casa holandesa, Ediciones El pathos de Hypathia, Teruel, 2013.

lunes, 13 de mayo de 2013

dr hyde (serpents in the brain): un falso stevenson


"Nunca sabremos si fracasamos en el intento de retener en la memoria alguna cosa.
 Algo que uno a lo largo de los años ha considerado fatalmente importante, según cree recordar".
GARCÍA CÍVICO, Jesús, Aforismos en Word, poemas con auto-reverse, El pedal de Cospedal (Ed.), Massarrojos, Massachusetts, 2013. 



En El extraño caso de Jekyll y el doctor Hyde, texto apócrifo de Stevenson (una inversión, una farsa, un bulo) el abogado Utterson, un personaje realmente odioso, relata una versión anómala de los hechos: un brebaje tomado al azar en un tugurio transforma a Jekyll, cabrón borracho, bribón, libertino y lujurioso, en un respetable doctor.
Al principio los efectos duran poco y los amigos de Jekyll se ríen atribuyendo los repentinos modales victorianos del beodo a su conocida proclividad a la farsa y al teatro. El brebaje le lleva a una sólida curda de convenciones sociales. En la resaca regresa a la canalla. La poción le permite a revertir cada noche los resultados hasta que la afectación, el fariseísmo de Hyde (le ha dado ahora por llamarse así) y su extraña habilidad por soltar simplezas empiezan a dar resultados. El viejo borracho cada vez más doctor se labra nuevas amistades que impulsan un rápido ascenso social.
Se da sí, otra vez, una dualidad. Con un ojo puesto en los lugares comunes y otro en la taberna Jekyll/Hyde cada vez más doctor intenta aumentar la dosis del bebedizo. Su cerebro se anida con serpientes. Ojos amarillos, excitación, lubricidad, decepción: ya no es posible.
Oposita. Se recluye, se esconde Hyde. Los viejos amigos de la taberna le echan en cara que no salga de su casa, que apenas acuda al bar, harto Hyde prohibe al mayordomo que vuelva a recibirles. Los borrachos le insultan, le llaman “falso” por la calle, imitan su andar de señorito, sus modales de doctor bien (definitivamente Hyde, el doctor Hyde, está cada vez más doctor). Amenazan los golfos, turba de after, con revelar a la alta sociedad sus antiguos crímenes, sus viejas obscenidades.
Una noche significativamente oscura el doctor Hyde invita al jefe de policía a un coñac selecto (él ha dejado de beber) y le susurra algo al oído mientras deposita un fajo de billetes en su bandolera. Antes del amanecer una redada mete en un furgón a los antiguos amigos de Jekyll. Observa la chimenea Hyde. Viento cálido sobre el río, sombras sin luna.
Refiere el abogado Utterson con desagradable apego al detalle un desenlace horrible. Describe este personaje realmente odioso con sospechosa ambigüedad moral cómo al final cantó hasta el más valiente, cuenta que hubo de aplicarse bien con las tenazas para retorcer las diminutas uñas del más chiquillo, que lloró éste antes de morir, que entre aullidos acabaron delatándose los unos a los otros y que no quedó ningún antiguo crimen de Jekyll por adjudicar a un inocente, ni ningún viejo conocido del antiguo monstruo, ahora serio, respetable, calificado doctor cuyo cuerpo verde y ensortijado no apareciera flotando sobre las turbias aguas del Támesis.

GARCÍA CÍVICO, Jesús, "Dr. Hyde" en Una casa holandesa: micro-textos y nanorelatos, Editorial Pre-flexos, Valencia, 2012.

Photo: Cronemberg, David.

sábado, 20 de abril de 2013

2997, escape del planeta de los vivos




"Creo que cuando cae la noche siempre hay alguien tentado a hablar precisamente de las tres cosas que Wittgenstein envió al mundo de lo inefable (aquello que no se deja expresar con palabras): la extrañeza por la existencia del mundo, la sensación de hallarse protegido, el sentimiento de culpa".

GARCÍA CÍVICO, Jesús, "Una temporada con Antabuse", en Solares, Sigur Ros (Ed.), Reikiavik, 2014. 


"Pasamos el Tiempo sobre todo muertos o por nacer".

GARCÍA CÍVICO, Jesús, "El acomodador" en El acomodador y otros cuentos de risa, Thomas Pynchon (Coord.), Boston Massachussets,  1969.


"Oh, resumirse sin reducirse, justificar la vida entera por un manso, humilde, precioso gesto, un detalle tierno pergeñado con ocasión de algo intrascendente carente de importancia y de sentido".

GARCÍA CÍVICO, Jesús, "Ginebra" en Una casa holandesa, Frankfurt, Shurkamp, 2007.

photo: sigur ros



(joven respirando con dificultad)
- ¡Corra doctor Matloff! ¡Tenemos que escapar! ¡Ya veo la nave! ¡Corra, corra, doctor Matloff! ¿Doctor Matloff? Doctor Matloff...

(Doctor Matloff susurrando)
-Corre tú joven, alcanza tú la nave. Yo estoy harto de correr. Llevo cuarenta y tres años en este planeta. Llevo cuarenta y tres años corriendo con la misma confusión en la cabeza y hoy, justo cuando corría contigo, justo cuando, como tantas tardes, corría a tu lado, justo cuando quería sobre todo correr, mientras corría pensando, equivocado, que mañana, como ayer y como hoy, que mañana también correría contigo, mientras avanzábamos, corriendo, hacia la nave, conforme la nave se recortaba contra la otra nave, me ha sido dado resolverla. Sí, corre tú joven, alcanza tú la nave. Súbete tú a la nave, a la nuestra. ¡A LA NUESTRA! Ja, ja, sigue corriendo, joven. Todo ha quedado, al fin, desvelado: 

Joven: siempre y en todo lugar se ha presentado una guerra. Una batalla entre el espacio y el tiempo. El universo es el resultado. El universo es… el campo de batalla. Hijos de la fricción entre la eternidad y el infinito, nuestro estatuto no alcanza el de la víctima. No somos víctimas, no: somos los muertos. El universo ni siquiera nos es hostil y la eternidad es, en todo caso, indiferente.
Somos muertos que viven un instante. Muertos que viven durante un tiempo. Muertos que ahora estamos vivos. Zombies que caminan apenas unos metros. En la tensión entre el infinito y la eternidad nosotros, joven que corres, joven que alcanzas ya la nave, nosotros somos, sobre todo, los muertos.

- Doctor Matloff, ¡adiós! ¡Adiós, Doctor Matloff! ¡Adiós, adiós!




  


miércoles, 17 de abril de 2013

el vecino de Dostoievski (variación Cívico)



"Primero tiránica, ineludible, 
luego vanidosamente procuramos al amor dos oportunidades para entreverarse en nuestra vida".
GARCÍA CÍVICO, Jesús, Solares, Una palabra griega (Ed.) Valencia , 2013.


"Fíjate, yo creía que las Variaciones Goldberg era algo que los Goldberg 
habían hecho en su noche de bodas"
Woody Allen, Stardust Memories



Sí, está claro: primero tiránica, ineludible pero luego vanidosamente procuramos al amor dos oportunidades para entreverarse en nuestra vida. Sí. En lo que sigue comparto, pues, un microtexto de hace ya algún tiempo pero desagradablemente vigente según lo veo. Como no creo que presente suficiente interés para una entrada y con el fin de subir la audiencia de este blog (la última entrada tuvo dos visitas) me he tomado un martini y he subido un video de mí mismo acariciando a mi gata y atormentando con la misma oposición de los pulgares que nos permite manipular las cosas, todas las cosas, ya en el piano, un aria de Bach, otra de las variaciones Goldberg, ya da igual, aprovechamos que Glenn Gould ha muerto y como vosotros, nosotros tampoco creemos en los fantasmas (o como vosotros, nosotros sólo creemos en los fantasmas políticos y en los fantasmas personales, los que se arrastran del pasado, los del psicoanálisis, los de Scott Fitzgerald, los que aterran de verdad, vamos).





El vecino de Dostoievski*


Cuando después de numerosos intentos Dostoievski es clonado a partir de ciertos restos de pelo y sangre hallados en el original que acompañaba la carta de julio de 1866 a Milyukov (en la cual explicaba cómo Kátkov y su ayudante N. A. Lyubimov de El mensajero ruso se habían negado a aceptar el inicio de Crimen y castigo) la expectación por ver al maestro es enorme.

Pero si enorme es la expectación (televisiones de todos el mundo graban una sala abarrotada), la decepción posterior no lo es menos. Dostoievski, a sus (segundos) treinta años sólo ha sido capaz de escribir un librito de autoayuda.
Las portadas de todos los diarios son implacables: “¡Retorno estéril!” “Where is the genius?” “¡Bluffstoievski!”. Los críticos se apresuran a las explicaciones más evidentes: “le falta su vida, su tiempo, Omsk, el círculo de Petrachevski, Siberia…”.

Fiodor Dostoievski
 (Moscú 1821, San Petersburgo 1881)
Volvamos por un momento a la sala abarrotada: en medio de la consternación poco a poco ésta es desalojada pero si nos fijamos bien en la última fila un joven pálido y taciturno sonríe.
Nadie ha reparado en él. Nadie ha reparado en el hacha que esconde en una bolsa de deporte. Si lo supieran… ¿Y qué si lo supieran? El joven del fondo de la sala es inofensivo y merece nuestra compasión.
Agobiado por las deudas propias y ajenas, no puede identificar hoy a la vieja usurera con cuyo dinero aliviar la miseria que le rodea. ¿La joven administrativa que le sustrae comisiones sin causa? No, malvive con un contrato temporal. ¿El director que le notifica el desahucio? ¿El político? Obedecen a instancias más altas. ¿El jefe de su empresa? Debe alimentar a su familia. ¿El mercado? Sus manos son invisibles.

Opresión sin responsable final, sin cabeza visible… ¿hacia quién dirigir el hachazo? ¿Detrás de dónde amagarse? Por eso, Raskólnikov toma la única decisión con la que puede canalizar su coraje napoleónico, su Übermensch nietzscheano: solazarse en el delirio.
Raskólnikov, efecto colateral de sacar vida de aquellas páginas ensangrentadas se levanta, avanza hacia su creador y le pide por favor que le firme un ejemplar.

                                                     

*Una versión reducida de este fragmento, un falso micro-relato, apareció publicada en La bolsa de pipas. Revista literaria bimensual, marzo de 2002, nº 31, Román Piña Valls (Dir.), Mallorca, 2002.


viernes, 12 de abril de 2013

people have the powell


Sospecho que es (otra vez) por mi temprana, española, irresponsable formación moral cristiana de la que he intentado pero no logro acabar de desprenderme, que tengo una incurable simpatía por los músicos que sufrieron mucho; así que llevo dos meses escuchando y acordándome de Bud Powell, de infancia dura, alcohólico, tuberculoso, ezquizofrénico, me he acordado de agregar a Powell a este blog, me he acordado en general de este enorme músico de jazz que nació mi día del año preferido, me he acordado mucho de este pianista genial, figura fundamental del bebop, ahora que dejo atrás dos meses de corrección alucinada del primer libro colectivo que coordino, una privilegiada, académica, privilegiadísima forma de sufrir y volverse loco.



photo: Bud Powell (Nueva York, 27 de septiembre de 1924 - Nueva York, 31 de julio de 1966)