miércoles, 8 de julio de 2015

Pablo Miravet: «Partir la niebla con un hacha (a la manera de prólogo)»



Jesús García Cívico, Una casa holandesa. (ego) aforismos en Word, poemas 
con auto-reverse, Valencia, ediciones canibaal, 2014.*



«Partir la niebla con un hacha (a la manera de prólogo)»



En un pasaje de las Confesiones de Jean-Jacques Rousseau –libro definido por su autor como una empresa sin parangón destinada a mostrar a un hombre en su «entera verdad» y a desnudar ante Dios su interior y su corazón «transparente como el cristal»–, el filósofo ginebrino enaltece en estos términos lo que podría denominarse la casa transparente: «Un único mandato de la moral puede suplantar a todos los demás, a saber, este: nunca hagas ni digas algo que no pueda ver y oír el mundo entero. Yo, por mi parte, siempre he considerado como el hombre más digno de aprecio a aquel romano cuyo deseo se cifraba en que su casa fuera construida en forma tal que pudiera verse cuanto sucedía en ella». Dejando a un lado que, a diferencia de Rousseau, Jesús García Cívico (en adelante, Cívico), autor de este volumen inclasificable con marchamo de objet d’art, no tiene como interlocutor precisamente a Dios –él mismo anota en un pasaje que hace tiempo que dejó de ser cristiano para ingresar en la imaginaria congregación de los kafkianos–, y obviando igualmente que, en contraste con el arrobo con el que el incorregible optimista antropológico Jean-Jacques contempla el desideratum de la casa transparente, la mirada de Cívico al hogar imaginario de ese ciudadano romano se parecería bastante, sospecho, a la que el memorable hombre del subsuelo dostoievskiano lanzó sobre el Palacio de Cristal, ese icono de la transparencia y la promesa de felicidad iluminista, cabe de entrada verter dos consideraciones generales sobre el libro que te dispones a leer, observaciones referidas no tanto a su contenido cuanto a las peculiares características de la residencia de los (ego)aforismos en Word y los poemas con auto-reverse, por una parte, y al marco temático –o mejor, meta-temático– y al locus filosófico de su enunciación, por otra.

Con respecto a la primera cuestión, quizás no sea una excentricidad traer a colación la célebre tesis 11 de Marx sobre Feuerbach («Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo») para leerla a la luz de los últimos tres versos de un poema con auto-reverse («Negocio entonces a la baja/redimido por el sueño,/la pretensión febril de transformarme») y del siguiente fragmento de un (ego)aforismo en Word: «Esta noche, esta madrugada ya, solo quiero transformar el mundo. Bueno, transformar mi mundo en realidad». A pesar de que Cívico no se desentiende del mundo exterior –calificado con razón como «una letrina» en uno de sus aforismos– ni elude la reflexión sobre la conveniencia de cambiar algunas cosas para que el lodazal que nos aloja llegue a ser algún día un astro más o menos habitable, los dos fragmentos antes transcritos suministran una pista casi concluyente sobre la urdimbre de su filosofía y su poesía o, tal vez mejor, sobre la localización y los atributos de la casa que las acoge. Y es que –he aquí la primera clave de lectura de Una casa holandesa–, atendido el emplazamiento del texto en la tradición de la literatura filosófica del yo –tradición que se remonta a los clásicos greco-latinos, pero que, en su formato moderno, con las Confesiones de Agustín de Hipona como gozne, tiene sus hitos fundacionales en los Essais de Montaigne o en las propias Confesiones de Rousseau, entre otros–, me parece que el título gentilicio que Cívico ha elegido para su libro –en el que, él mismo lo declara abiertamente, cede a «la tentación de la exposición de uno mismo»– no es sino una forma de nombrar su propia casa o, para decirlo explícitamente, su mente, su yo. Ahora bien, dado que ningún ser humano es dueño absoluto de su casa –y el autor demuestra con creces que ha aprendido bien esta lección–, no estoy seguro de que la quimera rousseauniana, la casa transparente, sea la referencia más adecuada para dar cuenta de las características de la casa holandesa. A semejanza de cualquier hogar –incluidos los de esos peligrosos necios que están completamente seguros de quiénes son–, la casa en la que vas a entrar no es precisamente un espacio límpido, diáfano y sólidamente asentado. Como ocurre en todas las mentes, también en las mejores, la cimentación es movediza, de los voladizos caen caliches –y, de cuando en cuando, baldosas y aun ladrillos–, hay escaleras con peldaños traicioneros, falsos tabiques, jambas desajustadas, algún que otro desnivel amenazador, miradores que dan al abismo, cristales esmerilados que opacan lo que tras ellos se cuece, pasillos neblinosos y recodos inexplorados. La casa holandesa no es, por otra parte, un lugar demasiado ordenado («Al parecer está mal visto/empezar las casas por el tejado (…)», dicen dos versos de un poema con auto-reverse); sin embargo, es acogedora –ahí están su portentoso hilo musical, cuidadosamente anotado al pie del inicio de cada sección, y el interesante aparato gráfico que cuelga de sus paredes–, y hay varias razones adicionales por las que merece la pena visitarla, e incluso quedarse a vivir una temporada. Entre ellas destacan la brillantez y la clarividencia que se respira en la atmósfera de sus habitaciones o, dicho en otros términos –dejemos ya a un lado las metáforas arquitectónicas–, la agudeza y la inteligencia con las que su morador inspecciona, sondea y rastrea la casa tomada por su yo. Cívico tiene un tema cardinal: el yo, el ego; te compete a ti, lector, la tarea de dar sentido y atribuir significado a los (ego)aforismos y los poemas con auto-reverse. Por mi parte, trataré de contextualizar el texto para explicar por qué este libro puede leerse como una gran ironía socio-filosófica. Evidentemente, se trata, también, de una interpretación, pero confío en que no sea una demasiado desencaminada. 

Una casa holandesa es, en gran medida, una especie de auto-etopeya, es decir, una descripción de los rasgos internos del autor, de la persona –o, si se quiere, del personaje: todos somos, de algún modo, un personaje de nosotros mismos–, retrato tamizado por su experiencia y por su mirada más bien incrédula al mundo circundante. Es cierto que hay más de un trazo de prosopografía («(…) ya que me elegiste a mí, no por mi aspecto de indio despistado»), pero en el texto predomina claramente la autoexploración, el autoanálisis y, aparentemente, el narcisismo y el egotismo. He aquí un escritor que titulaegotismos una de las secciones de su libro, que habla de su «escribirse egotista enWord», que afirma, entre otras cosas: «Me alimento de mí mismo», «Escribo para leerme, para releerme» o «No puedo soportar que no me llame nadie», y que, en fin, admite sufrir raptos de solipsismo y «episodios de ego desmedido». Me importa subrayar que, leído en conjunto, el libro que vas a leer no es en modo alguno la obra de un sujeto encantado de haberse conocido y obsesionado con su yo –cosa distinta es la extraña y casi obsesiva relación que mantiene Cívico con su procesador de textos–; más bien al contrario: aquellas proclamaciones son, digamos, señuelos dejados en el camino que, como verás, apenas encubren una continuada –y francamente divertida– tarea de self-deprecation o de auto-demolición. Y –ahí va la interpretación– me parece que, recusándose e ironizando sobre sí, el autor recusa al mismo tiempo el narcisismo epocal que nos ha tocado vivir. Podría entonces decirse que el egotismo de Cívico es un «egotismo negativo», y que su trabajo literario de auto-observación sarcástica y zaheridora se inscribe, filosóficamente hablando, en lo que de modo tentativo cabría llamar la «herida narcisista». Intentemos explicarlo: en la Introducción al psicoanálisis, Freud mencionó las tres mortificaciones –las heridas, las ofensas– que la astronomía, la biología y el propio psicoanálisis han infligido en el transcurso de los siglos a la ingenua egolatría –el egotismo, podría decirse– de la humanidad. La astronomía, al mostrar por mediación de Copérnico que la tierra no es el centro del universo, desplazó al hombre a un lugar secundario en el cosmos. La biología, al mostrar por mediación de Darwin que el hombre desciende del mono, lo humilló en su pretensión de ocupar un puesto privilegiado en la creación. El psicoanálisis, en fin, al mostrar por mediación de Freud ese «resto» existente entre la psique y la conciencia, privó al yo de la propiedad –el pleno dominio– de su casa. Añadamos, a fin de delimitar con mayor precisión el lugar filosófico de Una casa holandesa, que a las mortificaciones astronómica, biológica y psicoanalítica podrían agregarse otras tres heridas infligidas alsujeto (con mayúscula) de la modernidad filosófica, el sujeto fundante, constituyente y auto-transparente que halló su expresión más acabada en la denominada «metafísica de la subjetividad», es decir, en la tradición de la «filosofía de la conciencia» inaugurada por elcogito cartesiano y consolidada por el trascendentalismo kantiano y sus secuelas. La primera sería la «herida socio-económica», sintetizada en el bien conocido aserto que Marx y Engels escribieron en La ideología alemana: no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida –empezando por la estructura económica y el modo de producción– la que determina la conciencia. La segunda viene conformada por un abigarrado conjunto de corrientes que recorre el siglo XX –de la lingüística y la antropología de filiación estructuralista y postwittgensteiniana a la teoría de sistemas, del deconstruccionismo al psicoanálisis de estirpe lacaniana, de la genealogía del poder a los postestructuralismos de diversa ascendencia, entre otras– y que, a falta de mejor denominación, podría agruparse bajo una rúbrica más o menos abarcadora –la «herida post-humanista» o directamente anti-humanista–, ofensa en virtud de la cual no es el sujeto el que actúa o el que habla y no resulta, por tanto, posible concebirlo en términos unitarios y monádicos: no hay centro y no hay sujeto. La última de las tres heridas que se suman a las que tematizó Freud es más bien regional –dicho esto en el sentido de que ha emergido en un campo más o menos acotado: la filosofía política– y podría denominarse la «herida identitaria» o «identitarista», ofensa resuelta en el anatema a cualquier forma de concepción universalista del sujeto –aun la más matizada– en nombre de la diferencia, las identidades colectivas, las pertenencias sustentadas en hermenéuticas densas y la palabra poscolonial del subalterno, entre otras cifras.

Es una gran paradoja que esta tarea de demolición del sujeto y el tantas veces reiterado anuncio del agotamiento del paradigma de la subjetividad en sentido fuerte no haya dado paso, en las últimas décadas, a una reflexión sobre la conveniencia de practicar algo así como la humildad antropológica –tantas heridas deberían haber hecho mella–, sino a ese subjetivismo sin sujeto que es el individualismo –empezando por el individualismo económico más o menos brutal y más o menos salvaje–, así como a lo que no es sino su expresión más superficial: el narcisismo como emblema epocal, cuyo punto de llegada –una vez transitados el espíritu emprendedor (o mejor, la prescripción de ser «empresario de sí mismo»), las técnicas de auto-desarrollo psi, la así llamada inteligencia emocional o elself-branding– es el exhibicionismo degradado que propicia la revolución digital y que, poco a poco, se ha ido convirtiendo en un prerrequisito ontológico para ser: me exhibo, luego soy visible, luego existo. La ironía filosófica y el poder corrosivo del texto de Cívico –que no es, desde luego, un integrado, sino un apocalíptico más o menos tibio– no radica en que el autor sea un egotista autoconsciente, sino más bien en que, como se ha dicho arriba, recusándose mediante la auto-demolición –es muy difícil elegir una sola cita, así que invito al lector a que vaya descubriendo por sí mismo su anti-narcisismo–, pone al mismo tiempo en solfa al zeitgeist narcisista o egotista que vivimos y padecemos. No es, desde luego, ninguna casualidad que uno de los héroes de Una casa holandesa sea Epimeteo.

Aunque el «egotismo negativo» de Cívico es el eje alrededor del cual giran los ego-aforismos y los poemas con auto-reverse, y a pesar de que la «herida narcisista» permea transversalmente este autorretrato fragmentario y anárquico –no hay en Una casa holandesa sistemática clara ni ordenación por temas; no pasa nada: tampoco hay organización alguna en los Pensées de Pascal, por ejemplo–, me parece que es posible demarcar cuatro núcleos temáticos subordinados a su motivo central, asuntos que, si bien no son, ni de lejos, los únicos abordados, destacan por su recurrente presencia en el texto. El primero es la infancia, comarca vital nimbada por la sorpresa de ser, la exploración, la vulnerabilidad y el progresivo desleimiento del narcisismo primario o edípico. Conservamos de ella apenas «una idea imprecisa», pero la infancia marca indeleblemente nuestro itinerario –«la deriva», escribe Cívico–. Memorabilia, anécdotas y recuerdos fugaces sirven de apoyatura al autor –que exhibe aquí su veta más psicológica o, si se quiere, psicoanalítica– para rubricar lascas de alto voltaje sobre la molestia de haber venido al mundo y sobre el hecho de ser progenie de dos sujetos tan azarosos como decisivos. Es cierto que la mayoría de los textos dedicados a la niñez visten mordacidad y aun indulgencia («A los niños les fascina arrancarse la costra de las heridas. Ingenuidad de que todo cicatriza») y que equidistan tanto del suspiro derogatorio –«Perdimos al nacer lo mismo que perderemos al morir: todo», dice Cioran– como de la ciega idealización retrospectiva –fue Novalis quien escribió que «donde está la infancia está la edad de oro»–. Sin embargo, y acaso porque el tiempo sutura tantas heridas, ese pasado, la niñez, ha sido, para el autor, «(…) real: una forma incontestablemente superior de la hermosura». El segundo cogollo temático, estrechamente relacionado con el primero –vale la pena, a propósito de este nexo, leer más de una vez el jocoso retrato de Heidegger en su niñez–, viene timbrado por la cavilación sobre el tiempo y lo que no es más que su corolario: la muerte. Subido al escenario de la dicotomía ideal-típica que tradicionalmente ha diferenciado el círculo pagano y la flecha escatológica, Cívico muestra su faceta más reflexiva o filosófica –pero no por eso menos punzante– y da vueltas alrededor de la secuencia de los yoes que han habitado un pasado tantas veces imperdonable («No me reconozco en el pasado. Nada, nada, nada haría igual… si fuera él») y de la paradójica «irreparabilidad» del futuro («Hermano, es el futuro y no el pasado lo que resulta ontológicamente irremediable»). Su percepción de la muerte es tendencialmente epicúrea –dicho esto en el sentido de que parece adherir a las tesis sobre la muerte que Epicuro escribió en la célebre Carta a Meneceo–; precisamente por eso, no deja escapar la ocasión para recordarnos que todos hemos vivido ese momento en el que «la muerte se antoja más llevadera que la vida». El tercer subtema de Una casa holandesa –el más literario, a mi modo de ver– es el viaje, o mejor, la idea de viaje en sus múltiples declinaciones: no solo el viaje en sí –Cívico es un tipo muy viajado que ha ido anotando cuidadosamente reflexiones, postales, anécdotas y viñetas en sus periplos, obligatorios o elegidos, por distintos países y por sus ciudades (entre otras, Berlín, Budapest, Copenhague, Praga, San Petersburgo o Florencia), aunque él mismo avisa de que haber viajado e incluso haber viajado mucho no impide ser un cretino (literalmente, un «gañán»)–, sino también el viaje entendido como fuga, como evasión o, para decirlo con las palabras de Rosset, como forma radical de «rechazo de lo real». Entre estas estrategias descuellan la huida a través del alcohol o el narcotismo –el lector agradecerá la transparencia y la lucidez de las meditaciones sobre esta cuestión, algunas de las cuales reenvían, pienso, a este pasaje que Baudelaire dejó escrito en Los paraísos artificiales: «Se diría que uno vive muchas vidas de hombre en el espacio de una hora. ¿No sois entonces semejantes a una novela fantástica que estaría viviente en lugar de ser escrita»– y otras tácticas menos turbulentas de escape de la realidad: así, la religión –Cívico es un superviviente, uno más, de la educación católica, y tal vez por ello el hocico de Dios asoma por los recovecos de su casa en más de una ocasión («Solo hay dos alternativas: que exista Dios o que no exista. Ambas son ridículas por entero»)–, la mitología, el amor o la propia escritura. Hay, finalmente, un cuarto bloque donde es fácilmente reconocible la sólida formación de Cívico como filósofo –y, sobre todo, como jurista adscrito al lunático gremio de los teóricos y filósofos del Derecho–, balda temática de contenido misceláneo en la que, si bien se pueden leer consideraciones de índole general –por ejemplo, ironías sobre las tan traídas y llevadas acciones positivas (¿por qué no los tímidos?), disparos al poder («Hay siempre una sonrisa en el discurso del amo como forma primera, inaugural o constitutiva del discurso») o verdades sobre la virtud («Todos son virtuosos incluso cuando les tocaría poner en práctica su virtud. Exhiben entonces la virtud de la imperturbabilidad y del aplazamiento»)–, prima, como no podía ser de otro modo en un libro tan personal, la fotografía de sus tomas de postura éticas, políticas y jurídicas. Aunque en el plano gnoseológico sus relaciones con Hume son algo problemáticas, tiendo a pensar que Cívico es un emotivista en ética («Hasta la fecha ningún sentimiento me ha dado razones para desconfiar de él»), y digo inmediatamente que el hoy casi innombrable emotivismo no tiene nada que ver con ese psico-emocionalismo ramplón que da cobertura al nuevo (no tan nuevo, pero, en cualquier caso, siniestro) espíritu del capitalismo. «Soy individualista –en todos los sentidos menos en el económico», escribe el autor, y deja, aquí y allá, hermosas frases que revelan su sincero compromiso con la justicia, compromiso fundado en una suerte de compasión laica, de philia, hacia «aquellos desesperados a quienes solo les ha sido dado conocer el desaliento, la aflicción, el sufrimiento, la desolación, el sacrificio y la pena», esos seres «conscientes de su desasilamiento en este mundo». Justamente porque se define como un ser que se ha negado a pactar con la realidad, creo que el autor podría suscribir mi modesta opinión: este aforismo de Marivaux («En este mundo hay que ser demasiado bueno para serlo bastante») es todo lo que necesitamos no tanto para hacer el bien cuanto para no dañar al otro.    
        
Corresponde a estas alturas decir algo sobre el envoltorio formal de las esquirlas de pensamiento y los poemas que conforman este volumen, así como sobre el estilo del autor. Con respecto a los ego-aforismos, vale señalar, de entrada que el estatuto genérico, la definición y la clasificación retórica del aforismo son problemas a cuya clarificación se han entregado con fervor fútil los especialistas en la materia y sus propios creadores –sin pretensión de exhaustividad, cabe mencionar a Roukhomovsky, Eco, Falzon, Jolles, Helmich, Bundgaard, Battaglia, Steiner, Morson, Ruozzi, Montandon, Gross, Berranger, Groarke y Pitigrilli, y, en nuestra lengua, a José Ramón González, Marco Aurelio Ángel-Lara, Cristóbal Serra, Juan Varo, Ramón Eder y Juan Poz, entre otros muchos–. Me apresuro a aclarar que la expresión «fervor fútil» no connota en modo alguno la inutilidad de aquella exploración analítica, tanto más interesante cuanto más se profundiza en ella, sino más bien la absoluta heterogeneidad de los juicios literarios, filológicos, lingüísticos y aun lógicos y filosóficos sobre las formas breves, por no hablar de los miles de matices con los que uno tropieza a la hora de abstraer conclusiones más o menos objetivas en cuestiones tan escurridizas e inatrapables como las arriba mencionadas. Agreguemos a estas dificultades la multiplicidad y la constante ampliación de las denominaciones que ha recibido el enunciado literario-filosófico escueto y la enorme complicación que lleva aparejado todo intento de establecer fronteras taxonómicas en el territorio de los géneros concisos. No seré yo el que desautorice a quien denomina aforismo a aquello que es, en realidad, humorada, meditación, cita deformada, alarde dialéctico, pensamiento, sofisma, adagio, apotegma, falacia intencional, epigrama, ironía, emblema, sentencia, máxima, micro-relato, fragmento, dicho o refrán alterado, ocurrencia, inscripción, proverbio, paradoja, recuerdo, chiste, azar discursivo, quiasmo, nota, carnet, enigma, boutade olimerick. No me permitiré el lujo de censurar la identificación del aforismo con los nombres dados a sus piezas por los autores que han cultivado las formas sucintas –por mencionar apenas a unos pocos: «greguería» (Ramón), «escolio» (Nicolás Gómez Dávila), «pecio» (Rafael Sánchez Ferlosio), «nótula» y «efigie» (Cristóbal Serra), «aflorismo» (Carlos Castilla del Pino) o «aerolito» (Carlos Edmundo de Ory)–. No pretendo, en fin, entablar debate con las gentes hostiles al aforismo, un modo de expresión milenario que, debido, tal vez, a la mutación en los hábitos de lectura y escritura propiciada por la así llamada revolución digital y a la consiguiente degradación de la escritura breve, tiende a ser objeto de menosprecio o es desautorizado porque antepone el ingenio a la inteligencia y la insinuación del hallazgo al propio hallazgo. Es esta una toma de postura legítima y muy respetable, aunque no es ocioso recordar aquí la observación sobre la pertinencia del aforismo y de sus figuras hermanas que Nietzsche escribió en Humano, demasiado humano: «Algo dicho brevemente quizás sea el fruto de algo largamente meditado; pero el lector que es novato en este terreno, y que no ha reflexionado sobre ello en modo alguno, ve algo embrionario en lo que se dice brevemente, y censura la destreza del autor que se atreve a presentarle un manjar que él cree insuficientemente cocinado».

Más allá de que uno tiene sus preferencias –es realmente hermosa la expresión, nada científica, por cierto, de Stanislav Jerzy Lec: «pensamientos despeinados»–, y aunque resulta ya posible aislar un subgénero, el «metaforismo», cuyo objeto es precisamente la definición –o mejor, la caracterización– del aforismo –pienso, por ejemplo, en este enunciado de Joaquín Piqueras: «la verdad que da miedo, el aforismo, la minúscula erección metafísica»–, lo cierto es que me gustaría eludir la cargante obligación de decir qué cosa es el aforismo, más que nada para no fatigar al mundo con un enésimo tiento de definición. Quisiera tan solo señalar que el rótulo elegido por Cívico para el título –«ego-aforismo»– se ajusta muy bien a la tonalidad introspectiva del libro y, como hemos visto ya, a su climatología filosófica. El propio autor aclara en el introito (dérives), donde el lector topa con una designación también muy afortunada («bio-aforismo»), que la casa holandesa acoge escrituras híbridas, mestizas. Así es: junto al aforismo, digamos, canónico («No terminar de encontrar una postura cómoda entre el ovillo uterino y la rigidezpost mortem»), en el texto comparecen también géneros como el de la definición –véanse, por ejemplo, las irónicas definiciones de la tierra y de la eutanasia–, creaciones mixtas que cabría denominar «afo-poemas» y prosas de mayor o menor aliento en las que el autor relata episodios de su vida o se demora en el análisis de un detalle aparentemente banal, procedimiento que entronca con la miniatura cultivada por la crítica de la cultura de linaje benjaminiano. Si en el plano retórico Cívico recurre con frecuencia a juegos fónicos y a figuras como la paronomasia, la dilogía, la paradoja, el oxímoron o el calambur, entre otras, su estilo prosístico se caracteriza por el hábil manejo del período largo, la sintaxis compleja y la densidad hipotáctica, así como por la prodigalidad léxica, rasgo, este último, presente no solo en los aforismos y las prosas, sino también en los poemas con auto-reverse.    
               
            No es fácil catalogar a Cívico como poeta, dada la gran variedad de registros que exhibe en sus composiciones. Uno diría que en él coexisten varios autores o, en otras palabras, que el sello de su poesía no es otro que la versatilidad. A pesar de que el peso cuantitativo de los poemas con auto-reverse es sensiblemente menor que el de los ego-aforismos –algunos, por cierto, de cuño claramente meta-poético («Portrait of the artist as a young man: es más fácil transformar por completo la realidad que añadirle una palabra a una poesía»)–, no por ello conforman una parte residual de este libro. Tanto los textos en los que Cívico flirtea con la poesía conceptual y el concretismo mediante el recurso a la sobre-geminación del significante –que adquiere en ellos un rol protagónico– como los poemas, digamos, convencionales –la mayoría– se inscriben sin violencia en la temática rectora de Una casa holandesa. Al margen de ciertas constantes formales, entre las que destacan la marcada querencia anafórica, la heterodoxa distribución versal, la ocasional iconoclastia en la puntuación –bien calibrada para maridar ritmos y contenidos–, el frecuente recurso al versículo, la elección del verso libre –opción, esta última, que no implica el descuido absoluto de la métrica (véase este recordable endecasílabo: «Escribe cada día tu epitafio»)– y la plasticidad en el delineado de las  imágenes y los chispazos epifánicos que recorren los textos, lo cierto es que si se aíslan los poemas azarosamente distribuidos en el libro y se leen de corrido se percibe con mucha mayor nitidez la riqueza de matices que atesora la dicción del autor, así como su habilidad para moverse con solvencia por territorios líricos tan aparentemente extraños entre sí como la poética experiencial, el fulgor irracionalista, la abstracción trascendente o el neo-simbolismo pop. Alejada del preciosismo lánguido y de la zalema gratuita, la poesía de Cívico tiene, además, un acusado calado narrativo y un subtexto recurrentemente filosófico, pero hay dos notas que la dotan de un sello personalísimo: por una parte, el sentido del humor –unumore no precisamente blanco ni inocente– y, por otra, la nada fácil pericia con la que el autor despoja su hondura reflexiva de solemnidades oraculares y de estilemas gesticulantes.

Diré, para terminar, que Una casa holandesa es también un atractivo inventario provisional o, si se quiere, un sentido y, por qué no decirlo, emocionante recuento de las contraseñas intelectuales y las expresiones artísticas –prefiero esta locución a cualquier otra que incorpore el sustantivo «cultura», ello no porque me identifique con el conocido aserto de Goebbels, sino más bien porque el tiempo ha confirmado que, como escribió Benjamin, todo acto de cultura es, de algún modo, un acto de barbarie– que han marcado la educación sentimental y el aprendizaje existencial de Cívico, travesía que, en el caso de los seres inteligentes –y el autor de este libro lo es–, no puede ser otra cosa que un aprendizaje de la decepción o, tal vez mejor, un trayecto cuya desembocadura es el desencantamiento lúcido. Lichtenberg escribió en sus Aforismos que «hay muchos hombres que leen solo para no pensar». Pues bien, en el caso de Cívico es justamente al revés: quienes tenemos la fortuna de conocerlo sabemos que es uno de esos bibliópatas recalcitrantes que sabe pensar precisamente porque sabe leer, que no solo es capaz de interpretar con agudeza una fracción de la realidad a partir de un texto poético, narrativo, filosófico, sociológico o cinematográfico: tiene, además, la poco frecuente habilidad para deslumbrar y descolocar al lector con una exégesis que tal vez ha estado siempre allí pero que no había sido aún descubierta. Dice Bradbury en la introducción de Farenheit 451 que «no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe». En un mundo regido por unos encantadores plutócratas cuyo principal objetivo filantrópico es abolir la capacidad de juicio –es decir, lo que nos constituye como animales más o menos racionales–, en un mundo que lentamente transige con la absoluta mercantilización de todas las esferas vitales –es esa, me temo, la inquietante estrategia que, convenientemente ornada con el envoltorio discursivo de lo psi, resulta más eficaz para moldear sujetos que no aprenden, que no saben, individuos que, a diferencia del autor de este volumen, no se saben, y que, a la manera del imbécil epocal paradigmático, solo se contemplan–, la lectura demorada de Una casa holandesasuscitará, intuyo, todo tipo de sensaciones agradables en el receptor atento, a comenzar por la alegría, e incluso el júbilo, un júbilo equiparable al que experimenta el náufrago condenado a muerte cuando inopinadamente aparece una tabla salvadora en medio de la tempestad. Valéry, Blake, Rimbaud, Baudelaire, Coleridge, Wordsworth, Machado, Cummings, Hölderlin, Yeats, Pizarnik, Stevenson, Joseph Roth, Sendak, Kipling, Quiroga, Conan Doyle, William H. Hodgson, Lovecraft, Poe, Pynchon, Diderot, Hrabal, Felisberto Hernández, Dostoievski, Huxley, La Rochelle, Bowles, Banville, Wilde, Monterroso, Hasek, Bioy, Conrad, Vila-Matas, Borges, Vizinczey, Joyce, Kafka, Leonora Carrington, Proust, Verne, Eurípides, Carver, Hemingway,  Scott Fitzgerald, Cortázar,  Kundera, D. H. Lawrence, Miller, Corbiére, Le Clezio, Faulkner, Lispector, Bernhard, Tolstoi, Cocteau, Gombrowicz, Hammet, Agustín de Hipona, Hume, Nietzsche, Marx, Barthes, Weber, Harriet Taylor, Harry Frankfurt, Harley, de Gouges, Zizek, Simone de Beauvoir, Lévi-Strauss, Kuhn, Debord, Canetti, Freud, Weil, Tomás de Aquino, Sorel, Lacan, Wollstonecraft, Simmel, Kant, Einstein, Jameson, Kierkegaard, Marshall, Hirschman, Benjamin, Remedios Varo, Allen, Coppola, Kubrick, Rudolph, Lang, Gould, Hitchcock, Dubuffet, Saudek o Vigeland son, entre otras, y junto a algún que otro fetiche libidinal –Sharon Tate y Setsuko Hara, por ejemplo–, esas contraseñas sedimentadas a lo largo de toda una vida de lecturas y de concienzudos rastreos por el universo de las artes que Cívico maneja instrumentalmente para perfilar su retrato, para escrutarse y escribirse. Me interesa subrayar que ni una sola de las citas, alusiones o referencias que esmaltan los ego-aforismos en Word y los poemas con auto-reverse es gratuita o superflua: todas son oportunas y, más importante aún, todas están plenamente justificadas. Una casa holandesa no es, dicho en otros términos, una burda exhibición culti-herida, un ejercicio deshowing off intelectual o, peor todavía, un desmelenado y gimnástico derrame de name-dropping. La tortuosa y prolongada gestación de este extraño y cautivador volumen –el formidable denuedo, los muchos años de lecturas y los desvelos epimeteicos que Cívico le ha dedicado– lo acercan, más bien, al dispendio, al derroche y al don, dicho esto en el sentido de que lo que te dispones a leer es una especie de «libro potlatch» alejado de cualquier cálculo contable y de toda previsión utilitaria, un regalo con el que el autor devuelve con creces lo que ha recibido y lo que ha hallado en su inacabada y tenaz pesquisa. Abre cautelosamente la puerta de esta casa holandesa, lector, y sé lento y cuidadoso. Tropezarás con gratas reviviscencias, sonreirás –y aun te reirás a carcajadas–, cabecearás en señal de aprobación, arquearás las cejas y, probablemente, te reconocerás en muchos ego-aforismos; tal vez te sea dado tomarte un respiro en una de sus habitaciones, en un pasillo, en la buhardilla o en la terraza, pero nada garantiza que puedas sentirte seguro.                            

                                                                                  [p. m., octubre de 2014]

sábado, 2 de mayo de 2015

Fracasando en los buenos propósitos: Se publica "Una casa holandesa"


«Revisión de la tríada de cosas que han de hacerse antes de morir:

1. No escribir un libro. Es decir, haber resistido la tentación de escribir un libro o haberlo escrito en Word;
2. No dejar descendencia o si se ha tenido un hijo haber tratado convincentemente de evitar que fuera este otro bandido;
3. Sobrevivir a una crisis cíclica del capitalismo.»








Jesús García Cívico, Una casa holandesa (Ego) aforismos en Word, poemas con autorreverse, Prólogo de Pablo Miravet Bergón. Cubierta de Carmen Calvo (Premio Nacional de las Artes Plásticas, 2013), Ediciones Canibaal, 2014.

lunes, 23 de febrero de 2015

Reseñando "30 niñas" de Lerín: «También las mujeres nacieron pequeñas» (Texto en Revista de Letras)



«TAMBIÉN LAS MUJERES NACIERON PEQUEÑAS» 

30 niñas, Francisco ferrer lerín, (leteradura, 2014)

por Jesús García Cívico

Revista de Letras (pinche aquí para ir a la página oficial)



Que la infancia es la única patria del hombre lo dejó escrito Rilke quien en Canciones de los ángeles tuvo el buen gusto de asemejar el viento “que se levanta en la honda noche / y pasa la alameda solitario y quedo hasta la aldea” con un niño que se despierta solo en la oscuridad.
Hay también un poema hermoso y terrible de Sharon Olds, The Unborn, en el que uno casi llega a sentir cómo se abalanzan repentinamente hacia él los brazos desesperados de la hija que nunca tuvo. En la imagen de Olds, poeta, como Ferrer Lerín, cómoda entre despojos, la hija o el hijo que jamás tuvimos se encuentra una noche, no da igual qué noche sino precisamente esa noche, en el filo de un acantilado. La niña –porque seguramente hubiera sido una niña– ha crecido sola sin nosotros, mirando de reojo el mundo adulto –ese obtuso infanticida– se balancea en las aristas de su dudosa ontología haciendo cierto aquel aforismo de Cioran, un aforismo solo en su apariencia abatido: Perdemos al nacer lo mismo que perdemos al morir, todo.
Hay, finalmente, un tercer poema, de la poeta cubana de origen irlandés, Carlota Caulfield, cuyo título podría por si solo calibrar la temperatura de caprichosa niña enfebrecida visitada a medianoche por el Doctor Inverosímil que marca este inclasificable volumen de microrrelatos de uno de esos pocos autores capaces de acuñar por sí mismo un adjetivo, el leriniano: “A veces me llamo infancia”.
Crías
Leteradura
Leteradura
La aparición en otoño de 2014 de 30 niñas, un nuevo volumen leriniano, un crío o una cría, es decir, un nuevo libro de Francisco Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) sobriamente publicado, en este caso, por la elegante y otoñal editorial valenciana Leteradura es una pequeña-gran noticia literaria de una envergadura tan sugestiva que merece la pena embarcarse tanto en el peligroso viaje al despertar en la hora oscura de la infancia (las treinta micro-ficciones de las que vamos a hablar tienen el recuerdo de la niñez de una mujer en su punto de partida) como a la resbaladiza faena de reseñar a un autor sobre el que los últimos diez años se han vertido, a menudo entre merecidísimos elogios y ponderaciones, no pocos tópicos (T) y entre ellos, quizás, algún malentendido (ME).
Comencemos por ahí.
Tópicos (T) Ferrer LerínEn efecto, la publicación de 30 niñas (Leteradura, Valencia, 2014) se produce más o menos después de una década de intensa recuperación, de reivindicación, por decirlo así, de una personalísima voz de la literatura en castellano que hasta 1987 tenía apenas tres poemarios –De las condiciones humanas (1964), La hora oval (1971) y Cónsul (1987)–. Ocurre que esos tres poemarios eran memorables, así que, muchos años después, a su regreso editorial tras una larga emigración invertida –a Jaca desde Barcelona– Ferrer Lerín era un autor de culto, lo que permite adivinar que en estos años ha sido tal la profusión de elogios y recensiones ad hominem, que debe uno hilar muy fino para no caer en el lugar común (LC).
Sí, lector, sería posible listar (pero no lo vamos hacer, al menos no de forma exhaustiva) una amplia serie de LC sobre el autor de Familias como la mía, Níquel, Mansa chatarra, Gengivalo ahora 30 niñas. Tantos son que ni al crítico ni al lector más advertido le resulta fácil, aún conociendo su procedencia, no caer en este, en ese o en aquel T, ME o LC. ¿Cuáles? ME1: su condición, la de Ferrer Lerín, de raro y de rareza; T2: su curiosa afición ornitológica (todo el mundo sabe que el poeta “normal”, de normal, para ser normal, o para ser poeta no-raro, solo lee poemas y poetiza 24 horas ante un bol de Keats con cereales en aburrido departamento de filología hispánica); LC1 y LC2: su habilidad en el póquer; su presencia, como “Buitre”, en Diario de un hombre humillado de Félix de Azúa; LC3: su inclusión en la “compañía Bartleby” de Enrique Vila-Matas; T3, su voluntad de no-poeta que le impidió entrar a tiempo en la compilación de Castellet; LC4: su trabajo en el Centro de Biología experimental; LC5: la recuperación de los muladares del entorno de Jaca; T4:… ¡Basta!
¿Qué rareza? La franca originalidad de una heterodoxiaBasta, sí, 30 niñas, como el resto de la bibliografía de Ferrer Lerín, no es una rareza ni la obra de un escritor raro. Raro (como por otra parte, maldito) es una categoría demasiado vaga y evasiva. Separarse de las convenciones literarias de la forma en que lo hizo el primero que transitó su propio camino, es decir, Laurence Sterne con su Tristram Shandy, no es un gesto de rareza sino un acto de honestidad formal para con uno, de afirmación de un estilo, y, por tanto, de una cierta valentía.
Ferrer Lerín es, por otra parte, un escritor demasiado lleno de humor (un humor nada inocente) como para resultar un maldito. No tiene la pomposa pesadumbre de Wilms Montt o de Pizarnick, ni el dramatismo hiperbólico y (ego) cultivado de Leopoldo María Panero, ni el trazo ad infinitumde Foster Wallace (se le huele a Lerín el placer que le procura montar en posturas rebuscadas palabras y sintagmas para parir más tarde micro-prosas, confrontar gozosamente la materia del lenguaje para crear una voz no convencional). No es un metafísico solitario, Ferrer Lerín, en busca de la «obra total» como Martín Adán. Comparte Lerín, eso sí, con algunas de esas voces, que muchos convendríamos en incluir en el hipotético listado de voces propias –en el sentido que la voz propia es predicado de Felisberto Hernández, George Perec, Vila-Matas o Thomas Pynchon– la franca originalidad de una heterodoxia.
30 niñas es, pues, la última obra de un franco heterodoxo, un escritor original conocedor de la intemperie práctica y teórica de la vanguardia (Lerín es filólogo y ha traducido a Tzara, Montale, Monod o Claudel), y de un narrador fino de verdad, un sofisticado bromista del lenguaje poseedor de una poética personal. Comencemos, pues, por el autor.
Vanguardia Ferrer LerínEn el breve pero emotivo prólogo a La hora oval –temprana (1971) antología de Ferrer Lerín– ya registró Pere Gimferrer (Pedro en el prólogo) los primeros destierros, los incipientes desarraigos de un poeta y narrador hipnótico cuya obra era a los pocos años de nacer, un borbollón de vanguardia e imaginación:
“Dudo que alguien, entre los poetas de mi generación, haya emprendido la aventura vanguardista con la libertad imaginativa y el fervor iconoclasta de Ferrer Lerín”, escribía el novísimo, “sus relatos, de un poder hipnótico nada frecuente, o sus innumerables pastiches y collages, conservan al cabo de los años todo su poder revulsivo”.
Hay escritores, o, por remitirme a un ámbito que me resulta más cercano, hay pensadores, que se situaron (aunque este no fuera su objetivo) de forma definitiva en la vanguardia. Puede decirse que Nietzsche y Kierkegaard, los más francamente anti-sistemáticos del XIX, se adelantaron no sólo a su tiempo, sino, en muchos aspectos que trataron, también a nuestro tiempo. El secreto, en este punto, no era tanto lo que decían sino como lo dijeron. Dicho de otra forma, en un país donde el primero que abandona la bandada se lleva el porrazo, sería más ajustado a la verdad, amigo lector, retener definitivamente de Ferrer Lerín que es todavía hoy un autor valiente o, si se quiere, de vanguardia. Pero, ¿es que hay vanguardia después de la caída de las torres gemelas? Sí la hay y como sabrá quizás el propio Lerín por haber sentido (es un suponer) en su pellejo alguna pedrada que el camino reserva a los pioneros, a aquellos afanados en la experimentación más arriesgada: no hay nadie que pueda hacer la foto al más avanzado de la avanzadilla sin convertirse en él.
Nacido ayerSí, desde la publicación de su primer poemario De las condiciones humanas (1964) hasta el segundo lustro de la primera década del siglo XXI, de Ferrer Lerín se podría haber dicho que era valiente y que estaba a la vanguardia, pero también que tenía algo de eclipsado (ekleipsistambién quiere decir «desaparición», «abandono»). El término sería correcto si, bajo esa acepción, el eclipse pudiera producirse a voluntad (a voluntad de Lerín, satélite tozudo). Y es que a su regreso, igualmente voluntario, con Níquel (2005) Ferrer Lerín pasó de escritor de culto para minorías retenedoras de eclipses, a autor «revelación» para aquellos que lo tenían, como el poema terrible de la Olds, por Unborn o no nacido.
El revulsivo del Premio de la Crítica a su libro de poemas Fámulo (2009) era un merecido jalón en un camino de búsqueda y placentero jugueteo con el lenguaje, del que uno no dudaría en recomendar a su mejor amigo detenerse y pedir albergue en cualquiera de las cincuenta miniaturas de Papur, su libro de 2008 (precisamente editado en Eclipsados); buscar fonda en los márgenes de ese díptico en la frontera de varios géneros micro-novelísticos que fue Familias como la mía (2011) o en la prosa poética bella y fría, severa y exacta como la de un filósofo analítico de Oxford enamorado del código que esconde un submarino enemigo de El bestiario de Ferrer Lerín (2007).
Medio siglo después de sus primeros poemas, las 30 niñas recreadas con una manía propia –una genialidad propia, más allá de la intersección Kafka-hermanos Grimm- en 30 micro-cuentos por Ferrer Lerín que ha publicado como tercera entrega de su catálogo, la editorial Leteradura vinculada al prestigioso Café Malvarrosa Espai Paral.lel, dejan entrever definitivamente a Ferrer Lerín como propietario de una voz personal actual y de muchos matices. Es así que hoy leemos, entre cabezazos de asentimiento, y topetazos de aprobación, como si se hubiera escrito ayer, todo lo que desde décadas se ha dicho también de Ferrer Lerín. Tal es la actualidad de su literatura. ¿Qué cuenta en 30 niñas?
30 niñasComo señala la Nota del propio autor, 30 niñas es el resultado de un sondeo:
“Treinta amigas del autor son invitadas a participar en un proyecto en el que deberán entregar una foto de su infancia y un brevísimo apunte escrito sobre alguna peripecia vital de esos años, con la intención de confeccionar treinta cuentos (…) Salvo una defección fruto del pavor a verse descubierta (baja que en seguida ocupa la primera de la lista de reservas) todas se muestran encantadas de participar”.
Sí, fruto de la confiada entrega de materiales más o menos íntimos de treinta mujeres, Ferrer Lerín ha construido en el formato breve al que últimamente tiene acostumbrados a sus lectores, 30 ficciones de mujeres que, parafraseando el título del genial cineasta alemán Werner Herzog, reconocen haber nacido pequeñas. Destinar un material íntimo para un relato de Ferrer Lerín, es sin duda un acto de bravura (es sabido que el escritor valiente no necesita el calor de la complacencia) quizás también de candorosa imprudencia: las protagonistas de estas invenciones disfrutan, pues, de entrada, incluso antes de abrir este tomo ligero de Leteradura, con la simpatía solidaria del lector.
Pero abrámoslo.
La niñez es un género enfebrecido“Sólo una cosa no hay. Es el olvido”, dejó Borges como primer verso de Everness, y en “Ella”, en los Poemas do si non, Álvaro Cunqueiro, otro poeta seguramente querido por Lerín: “ella olía al moho chispeante de los espejos / hundidos y era el tiempo cabal de la emigración / de las musarañas”. Y todo es así. Ficción de la memoria. Olor de cuento, efluvio de niña enfebrecida y de Doctor Inverosímil (mítico personaje de Gómez de la Serna). 30 niñas es un libro que tiene mucho de delirio encantado, aunque cabe advertir (en el improbable supuesto de que se acerque a este volumen algún lector despistado) que ese encanto quimérico de la infancia, no es, desde luego, un hechizo ni dulce ni menos aún edulcorado.
No hay aquí ni ciega idealización retrospectiva a la Novalis (aquello de “donde está la infancia está la edad de oro”) ni asomo de sensiblería. El tipo de encanto infantil que el lector pueda encontrar aquí es, acaso, del tipo del que para la literatura con niños se sirvió Maurice Sendak (quien ya liberó de toda frondosidad prosopopéyica las selvas morales de Rudyard Kipling y Horacio Quiroga, alineando al niño del lado del salvaje que era donde este siempre había querido estar). Encanto oscuro, en algún punto retorcido, rural, barroco y sombrío como el surgido de un hipotético enlace Ana María Matute-Lewis Carroll o, por regresar a lo referentes cinematográficos, el del Tim Burton más oscuro.
En efecto, desoyendo la advertencia del poeta satírico Juvenal –último poeta importante de Roma– sobre el cuidado que debe mantenerse al entrar allá donde mora la infancia –“debes, romano, atar corto el hocico de lo obsceno”– el tacto de Lerín con las jóvenes dista mucho de ser ni dulce ni modélico: niñas constructoras de moñas de ubres al capricho y onanistas (Las muñecas de Edith); sádicas incipientes (Mariloli y los gatitos vendados); zoofílicas traviesas (Olguita y el cangrejo) and so on…
30 historiasAnécdotas, sueños, aventuras solo en apariencia triviales, proto-traumas, recuerdos más o menos fugaces, heridas, memoria, pérdidas súbitas de la inocencia, remordimientos, descubrimientos tempranos, reivindicaciones intempestivas, confesiones de treinta mujeres, estupendas todas según se intuye, sirven de apoyatura –quizás sobre todo de excusa– a Ferrer Lerín para construir 30 peque-historias con guiones propios de la rica tradición de la serie B. Micro-ficciones, conmovedoras algunas, divertidas casi todas, turbadoras (las mejores) que dejan una emocionante sonrisa en el lector.
Revolotean en los 30 nano-textos algunos de esos temas tan recurrentes, en general en la obra de prosa leriniana, y quizás de forma especial en su penúltima publicación, Mansa chatarra, esa antología de textos oníricos en edición del generoso profesor y poeta José Luís Falcó quien supo entonces enmarcar entre el espacio alucinado de Bachelard y la sofisticada tipología de Borges, los sueños de Lerín. Es así que también planean en 30 niñas sobre jirones y despojos de la infancia, como buitres disidentes, algunas obsesiones y temas caros a Lerín: las bestias, los venenos, el desdoblamiento (incluso en el sentido que le dio el film, El otro, la obra maestra de Robert Mulligan), lo chocante, lo grotesco, y la propia muerte (tema y símbolo vertebral de la obra leriniana al decir de Falcó).
Desfilan en 30 niñas, en el trasfondo de la España rural y cripto-católica, cuando a la niña no se le debía dejar a solas con el médico, entre sátiros, magnesia y excretas de paloma, mujeres romboides, turbias y pecaminosas, chicas indómitas, heroínas (Anita voladora); chicas prodigiosas (Diabolus in música); esencias (Arancha quizás); historias iniciáticas (Amarita descubre la pintura); sofisticadas pacientes del Doctor Inverosímil (Nu y la luz rectangular, La buena vista de Conchi Jiménez); selenitas (Fuensi, destello de Luna); fantasías borgeanas (estupenda la recreación de aquel relato de Borges sobre el crecimiento del arte cartográfico enPepi y la casa de muñecas); cuentos macabros más o menos clásicos (Rechi y cerdito glotón o la genial y melancólica Mariety y la armónica); románticas y excitantes revisiones del universo marino de H. P. Lovecraft en clave sentimental (Glogó, sirena continental); divertidas aventuras rimadas (Margie devorada); alguna humorada (Gloria y Peté); vidas de Santos (La undécima sílaba). Puede que haya también, es justo decirlo así, algo de prosopografía con el telos del requiebro y alguna que otra historia lastrada, sin duda, por las virtudes de Ferrer Lerín ya no como escritor sino como amigo de sus amigas y ser humano: el narrador no es un sátiro (ni un proto-sátiro, como “La Muerte”, fenomenal secundario de “Lesiones faciales”) pero es que, además, se observa claramente en un par de relatos, que tiene corazón.
Estilo Ferrer LerínMicrorrelatos austeros, con muchas perlas, ejercicios de minuciosidad descriptiva, depurados sintagmas y espíritu-Bécquer depositados en ese tipo de detalles que nos parecen definitivos cuando despertamos en medio de los sueños como el viento nocturno del poema de Rilke con el que comenzábamos esta recensión. Tarea del adulto para con el niño, anotó Wim Wenders en sus diarios de rodaje: dar posibilidad de ser a su propia fantasía. Microrrelatos, con ese ánimo wimwenderiano, llenos de sofisticados y oscuro apuntes, refractarios, todos, a los lugares comunes y a la frase hechas, mini-cuentos en general nada complacientes (le sobran argumentos a Lerín para rebajarse a serlo), relatos fantásticos en la línea Maupassant-Bierce, algunos con finales potentes, en el estilo con el que identificamos los mejores desenlaces de otro maestro de lo conciso, Raymond Carver, (Lilí cambia de residencia); otros en algún punto un tanto incómodos, como la ­–no es posible saber si deliberada– ambigüedad de “Rosín”. Casi todos planeando como carroñeras entre palabras moribundas (tipos corajudos, felonías). En todos ellos el humor de Ferrer Lerín es mordaz, es probable que en algún punto cruel, pero de esa crueldad del que muerde cosas muertas. Moral del necrófago: debe empujarse lo que cae. O como también escribió Nietzsche en otro lugar…
Final… “si se tiene carácter, se tiene también una vivencia típica y propia, que retorna siempre”. Mujeres, pues de carácter, niñas rápidas, arrebatadoras y sorprendentes que parecen desmentir el conocido aserto de aquel pedagogo genial, Jean Itard, obstinado en encontrar un niño en un salvaje, quien al principio de las memorias de Víctor de L´Aveyron escribió aquello de que somos aquello que se nos hace ser. Mujeres de carácter, sí, mujeres sin pudor a las que dan inmediatas ganas de conocer.
«La objeción, la travesura, la desconfianza jovial, el gusto por la burla –aforizó el autor de Más allá del bien y del mal– son indicios de salud: todo lo incondicional pertenece a la patología». Detrás de 30 niñas hay, pues, un saludable escritor en su lozanía. «Poeta del enigma, del desmán, del arcano, del rijo, del sindiós, del crimen y de la casquería» al decir de su amigo Félix de Azúa. “Último dandy de las letras españolas” fue el piropo de Manuel Vilas, otro poeta que ha sabido despojar, con humor, sus letras de pompa y gesticulante grandilocuencia. Sí, Lerín debe tener algo de dandy como Gambardella aquel escritor también de etapa bartlebiana, interpretado por Toni Servillo en La grande belleza, el film de Paolo Sorrentino. Me ha venido a la mente, en concreto, aquella bonita escena en que su editora se dirige a él con su diminutivo, hay momentos en que merecemos que nos recuerden que fuimos niños. Es, quizás por todo ello, que se entiende perfectamente el desprendimiento interior que le han brindado tres decenas de mujeres sorprendentes.
La aparición de 30 niñas es, definitivamente, un estupenda pequeña-gran noticia literaria, de un lado confirma el excelente rumbo de la joven editorial Leteradura (joven a pesar de la experiencia de sus componentes) que había publicado en sus dos primeros números poesía vigente de Zapater y estupenda prosa de Wences Ventura.
La cautivadora colección de crías que conforma 30 niñas constituirá, para algunos lectores, una puerta pequeña –modelo Carroll– al original universo leriniano, para otros, entusiastas latentes o al tanto de lo que Ferrer Lerín ha escrito los últimos diez años, 30 niñas se leerá como una obra que encaja cabalmente en un cosmos no por bien conocido menos maravilloso y desconcertante.

viernes, 16 de enero de 2015

«La fiesta de la novela» Jesús García Cívico en Revista de Letras (La Vanguardia)



REVISTA DE LETRAS
(La Vanguardia.com)


«La fiesta de la novela»

por Jesús García Cívico




Milan Kundera | Foto: Catherine Hélie Gallimard



«En la célebre entrevista que Philip Roth (New Jersey, 1933) realizó a Milan Kundera (Brno, 1929) allá en noviembre de 1980, cuando éste presentaba El libro de la risa y el olvido, el escritor nacido checo, nacionalizado luego francés y por entonces exiliado, definía la novela –toda novela– como “una larga pieza de prosa sintética basada en un argumento con personajes inventados”. Ante la mirada del autor de Pastoral americana o El lamento de Portnoy, Kundera añadió:

“Cuando digo sintética, me refiero al deseo del novelista de asir su tema desde todas las perspectivas y del modo más completo posible. El ensayo irónico, la narrativa novelística, el fragmento autobiográfico, el hecho histórico, la fantasía libre… No hay nada que la capacidad de síntesis de la novela no logre combinar en un todo unitario, como las voces de la música polifónica”.


Polifónica musicalidad, libertad y placentera apertura a la sorpresa de la novela

Provincia libre y musical la de novela. Su género es un territorio sin frontera caracterizado –Kundera insistió en sus ensayos El arte de la novela (1986), Los testamentos traicionados (1992), El telón (2005) y Un encuentro (2009)– por la ausencia de tesis, el humor, la ironía, la suspensión de la moral y la huida de las servidumbres formales. Además, en ella resulta lícito al novelista no someterse a la trama pues el protagonista de la novela puede perfectamente no ser un argumento, sino un… tema.
La novela es un territorio libre, ilimitado y musical pero además ¡su protagonista puede ser un tema y no un argumento!



Cabe, aún, añadir una cuarta cualidad para ubicar definitivamente La fiesta de la insignificancia (Tusquets, 2014), la novela de la que ahora hablamos o –subrayando ya el tono también lúdico de nuestra reseña– para disfrutar mejor de la fiesta. ¿Qué cualidad? En las primeras líneas que Kundera dedica explícitamente en El telón a una “teoría de la novela” (una teoría que viniendo de un novelista debe ser ágil y placentera) se decía, recurriendo al Fielding de Tom Jones que se trata de “un texto prosai-comi-épico (…) cuya evolución es una perpetua sorpresa”.

La novela es, pues, de acuerdo con Kundera, un territorio libre, musical, formalmente ilimitado, su protagonista puede ser un tema y no un argumento y además su evolución, concebida de forma, ágil y placentera, es una perpetua sorpresa.

He aquí unas primeras claves para disfrutar mejor este festejo tan esperado: tras catorce años de ausencia, La fiesta de la insignificancia es el fruto madurado, quizás el epílogo, de una poética muy personal (una teoría interna o una teoría del propio novelista sobre la novela) una forma de escribir y de entender la novela caracterizada formalmente por la libertad, la musicalidad y la apertura a la sorpresa donde el protagonista no es un argumento, sino un tema. Enseguida veremos qué tema y por qué creemos que en esta fiesta algo triste ha sucedido. Digamos antes algo de ese estilo personal.

La poética propia de un escritor irrepetible

Kundera es uno de los escritores más interesantes y personales del siglo XX. Lo era ya antes de entrar vivo en La Pleiade, la colección que Gallimard reserva para las joyas de la literatura, quizás porque corresponde solo a un grupo reducido de artistas –aquí artistas de la novela– la posibilidad de ser inmediatamente reconocidos como propietarios de un lenguaje personal, o, si nos ponemos estéticos, como detentadores de una poética propia.

Ahora bien, detentar una poética propia o personal, y la de Kundera ciertamente lo es, puede resultar simplemente de reconocerse en una particular tradición poética (nadie, ni siquiera el neoliberal más enragé, el más furibundo acólito de la lírica del self made man puede pretender ser… su propio padre). La poética de Kundera –el modo personal de entender y hacer la novela– proviene de una tradición de habitantes de un provincia superior a esas frías entelequias que llamamos estados o, si nos ponemos ahora decimonónicos, a esas sórdidas entelequias que llamamos naciones. La novela de la que La fiesta de la insignificancia es un compendio tan melancólico como delicioso se inscribe en ese género sin fronteras presidido por el humor y la ironía, un género propiamente europeo inaugurado por Rabelais continuado por Cervantes, Fielding o Sterne y que tiene conciudadanos de distintas latitudes, entre los que destacan, por citar sólo los posproustianos, Kafka, Musil, Broch o Gombrowicz, pero también Paz, Fuentes o Rushdie, vecinos todos de una misma provincia estética en la que Don Quijote es conciudadano del soldado Svejk, o si miramos las paternidades, Jaroslav Hašek habla el mismo idioma que el escritor de Alcalá de Henares. ¿Qué tema?

La insignificancia como tema de la novela

Esa tradición de la novela que, arrancando en Rabelais, atraviesa la obra de Kundera disfruta una diversidad de tramas afín a la multiplicidad temática que Nietzsche reivindicó para la filosofía. De acuerdo con ella, la novela es la forma suprema de conocimiento y la naturaleza humana es su objeto.

Sí, la naturaleza humana es, desde luego, el objeto de la novela y de la literatura misma (Los testamentos traicionados), pero en ella caben múltiples cuestiones. Tan vasta es.

Tema único, el de la naturaleza humana. Es bien sabido, no obstante, que en las novelas de Kundera, hay una serie de cuestiones felizmente recurrentes: el erotismo, la llamativa posición del individuo frente a la historia y frente a la existencia misma, la memoria, la cultura, el erotismo sofisticado (Choderlos de Laclos, Flaubert), la música, la risa. Hay también en estos temas, sub-temas memorables, fruto de impagables paréntesis filosóficos, entre los que me parecen especialmente sobresalientes, en relación con lo anterior, las digresiones sobre el invisible contrato del amor, la reivindicación de la checa como cultura centroeuropea en el excelso sentido de ser, Centroeuropa, cuna de lenguas, y, desde principios de siglo raíz de vanguardias estéticas y fundamentales innovaciones artísticas (la dodecafonía, el teatro del absurdo) y de pensamiento (el psicoanálisis, el estructuralismo). Una reivindicación, la de Kundera, frente al trato que la historia le ha dispensado a este concreto lugar y a esta concreta forma de estar y de pensar: una reivindicación pues, cargada de razón.

¿Otros temas? El tiempo y la matemática existencial, los incisos sobre los finos lindes que median entre el erotismo y el ridículo, el contraste entre la pomposidad y seriedad en la ostentación del poder y las varices ridículas de sus detentadores (pertenecen a la antología de la literatura universal los episodios, repartidos en distintas obras, en los que se ejemplifica ese conocido aserto de Kundera según el cual es propio del actuar totalitario alternar dos formas de ejercer el poder: la crueldad y la misericordia). Y entre todos los temas, el humor. Desde luego el humor. El humor como estrategia personal ante el atroz e impersonal poder de las dictaduras. El humor como cobijo metafísico. Diremos algo triste sobre ello después.

¿Y el tema más concreto aquí? Para Beatriz de Moura, editora y exquisita traductora de las últimas obras Kundera, el tema de esta fiesta no puede ser otro que la propia insignificancia. Lo recordaba en la carta que desde Tusquets dirigió a sus lectores: La fiesta de la insignificancia es una desenfadada y espléndida composición en forma de fuga que se nutre de las más sutiles variaciones en torno al tema que da título al libro:

“La insignificancia, amigo mío”, nos advierte, “es la esencia de la existencia. (…) Está presente incluso allí donde nadie quiere verla”.

Efectivamente, el gran tema de la literatura es la naturaleza humana pero el objeto particular, lo que ahora celebramos, vaya, no es una cuestión periférica, sino toda una ontología: nuestra condición insignificante.

Cómo pasarlo mejor en la fiesta: un atrevimiento

Al igual que en las famosas fiestas de Jay Gatsby, el personaje de Fitzgerald, a La fiesta de la insignificancia todos pueden acudir. Puede asistirse, si se nos permite continuar con la imagen, sin haber sido formalmente invitado. Ahora bien, creo que habrá quien pueda pasárselo en ella mejor o peor. Es más, no creo que lo pase especialmente bien quien acuda a la fiesta leyendo a Kundera por primera vez.

Por ello, y si el propósito de una reseña tal como uno la concibe, es, amén del juicio crítico (no necesariamente laudatorio), contagiar un fundamentado entusiasmo dando claves para su mejor disfrute y comprensión, uno sugeriría, sin más afán que una filia laica por compartir con otros semejantes esos escasos (e insignificantes) momentos de dicha que nos depara a los humanos la vida, uno sugeriría, digo, uno se atrevería a sugerir, una fórmula para pasarlo mejor en la fiesta.

En primer lugar, como en toda fiesta, uno no debe ser descortés. No trate al anfitrión como un disidente político (eso lo dejó claro incluso cuando tales auras le hubieran granjeado todas las simpatías), ni como un tipo del Este o que surgió del frío (Praga está en el corazón geográfico pero también cultural de Europa). Recuerde que nuestro anfitrión es un novelista y al novelista se le mide por la calidad estética de su obra. Aquí no tema, es mi consejo, la magnitud exagerada del elogio. La novela no es una tesis, ni caben lecturas sistemáticas, ni políticas (a pesar del conmovedor apunte casi velado sobre quién, quiénes son hoy los tratados totalitariamente), no da lecciones, y, de acuerdo con la poética señalada atrás, es refractaria a la moral pero también a la interpretación kitschzeante.

En segundo lugar, creo que uno se lo pasará mejor en la fiesta cuantas más personas conozca allí. Una perfecta anfitriona de la literatura checa en nuestro país ha sido Monika Zgustová. A muchos de los nacidos como yo, a finales de los años sesenta, hubo un boom que nos alcanzó mejor que el de la literatura latinoamericana: se trató del boom de los escritores checos, a cuya difusión en nuestro país contribuyó extraordinariamente esta escritora y pensadora estupenda.

Sí, las horas pasadas en los años ochenta con los compatriotas de Kafka y Hasek se debe en mucho a su afán, el de la Zgustová, en tales relaciones públicas. Estos amigos checos que quizás asistan con disfraz a este festejo, comparten precisamente un subtema de nuestra novela: tras ellos –como recordaba Zgustová– Capek, Klima, Hrabal, Kundera y Havel— eran conscientes de que la maquinaria del poder a la que estaban sometidos no tenía sentido.

“Sus protagonistas demuestran que es mucho más efectivo hablar de historias humanas en vez de la Historia con mayúscula. Las aventuras y los destinos de esos protagonistas son, pues, la búsqueda de sentido en un mundo que carece de él”.

Antes de la fiesta: una propuesta de lectura de la obra completa de Kundera

Uno o una debe ser cortés, y lo pasará mejor en la fiesta cuanto más gente conozca, sí. Pero además, es importante cómo llegar hasta allí. Digámoslo ya claramente: La fiesta de la insignificancia por sí sola puede parecer, al lector primero, poca. Sin embargo, sería una pena perdérsela. ¿Qué y cuándo habría que leer para llegar mejor hasta allí?

Para disfrutar mejor la fiesta recomiendo comenzar con su obra maestra: La insoportable levedad del ser (1984). Una vez contagiado, recorrería un tramo del camino cronológico. Su primera novela La broma (1967), luego La vida está en otra parte (1972) y La despedida (1973). Tomaría aire, abriría un paréntesis y la ventana al humor: algunos de los relatos de El libro de los amores ridículos (1968) son tan sexis como desternillantes. Aquí volvería al clima de nuestro libro de contagio con El libro de la risa y el olvido (1979) y Jaques el fatalista, su teatro en homenaje a Diderot. De aquí los libros en Francia y en francés por el orden en que fueron editados: La inmortalidad (1988), La lentitud (1995), La identidad (1998), La ignorancia (2000). Las más exquisitas portarán, a modo de broche en el vestido, leída, su poesía. Emprendería, de camino a la fiesta, la lectura pausada de los ensayos que citamos ya atrás. Repasaría algunos de estos, al azar, y en todo caso, al final, ya con la invitación en la mano, releyendo La lentitud, subrayaría estas líneas:
“Me has dicho muchas veces que te gustaría escribir un día una novela en la que no hubiera ninguna palabra seria (…) Milanku, deja de bromear. Nadie te entenderá”.
Entonces me pondría un vestido hermoso o esa chaqueta elegante cuya ocasión esperábamos con paciencia. Iría a la fiesta con una expresión expectante pero con ese tipo de expectación en la que no se descarta que el amigo al que hace tiempo que no ves te cuente alguna mala noticia, una desgracia, o si le preguntamos por su familia o los amigos comunes que hace tiempo que no vemos, quizás un deceso. Con la expresión más insignificantemente humana, me serviría una copa de vino francés, ¡nada de patriotismos! (nuestra provincia, nuestra patria, así quedamos, es la novela), encendería entonces un par de velas y pondría un disco no de Leoš Janáček sino de Erik Satie.
Pongamos que la fiesta ha sido.
¿Qué pasó anoche?

Nostalgia de la fuerza seductora del ingenio o cuando la estrategia de la risa ya no sirve para nada

La extensión de esta novela en la edición de Tusquets (138 páginas en el tipo de letra grande que pidió Kafka para sus obras) ha hecho que la noche se pasara rápido. En todo caso, como descubrió el amante de Madame T, en ese requerimiento nostálgico del tiempo calmo que fue La lentitud, al amanecer de la noche en vela nada nos impide detenernos en los momentos gozosos que tuvimos. Recordémoslo: la posibilidad de retener un recuerdo es una actitud estética que es al plano individual lo que la posición moderna de ser anti-moderno al grupo de los más auténticos herederos de Rimbaud.

De la fiesta tendremos que decir que tuvo, sobre todo, algo de otoño, de crepúsculo y de nostalgia. Acudió a recibirnos una mujer que enseñaba el ombligo y la reflexión de un personaje apenas esbozado Alain: si el poder de seducción se concentra en un hoyito redondo en mitad del cuerpo. ¿Cómo describir y definir la particularidad de esa orientación erótica? Ombligo: punto del cuerpo que a diferencia de lo eróticamente individual e irrepetible, no es sino exaltación de lo idéntico, lo uniforme y redundante.

Cuente de la fiesta, a quien no fue, el chisme de Stalin y Kalinin, la siempre actual historia del cazador y las perdices. Retenga cómo pronto, los convidados principales se pusieron melancólicos, igual que a los vaqueros de Peckimpah, a los amigos Ramón, Alain, Charles y Caliban, parece quedarles tan solo el refugio de un código: una manera de ser y estar en el mundo. Si la literatura de Kundera empezó con una broma, en las fotos de este epílogo casi invernal, observaremos con algo de languidez y abatimiento que hay un vacío, una seriedad frente a la que hoy es inane la broma: estupenda la digresión paralela acerca de la inutilidad de ser brillante; sobrecogedora la escena sobre lo caro que puede consistir bromear en la fortaleza europea con acento extranjero. Queda, pues, el código, queda la nostalgia, la risa callada y la amistad.

Del cobijo de la risa al refugio de la amistad: final

No creo que La fiesta de la insignificancia se pueda leer (afortunadamente) como tesis, al estilo de aquellos (deliberadamente) ambiguos, pero clásicos, ensayos sobre la vacuidad de Lipovetsky. No creo tampoco que se pueda analizar como crítica social, y mucho menos ética, aunque algunos digan haber visto en esta cita invitados no deseados o de compromiso: la insensibilidad y el relativismo moral (ese fanatismo invertido). Recordemos, regresando a la entrevista con la que comenzamos nuestra recensión, que “una novela no afirma nada: una novela busca y plantea interrogantes (…) la estupidez de la gente procede de tener respuesta para todo. La sabiduría de la novela procede de tener una pregunta para todo”.

Hoy la pregunta, como la fraternidad, es la rareza. Comprender exige tiempo y todo sucede demasiado rápido. También la exigencia de opinión y de respuestas. Cabe, pues, hacerle caso a este habitante ilustre de esa provincia trasnacional que es la novela: disfrutar con humor nuestra condición insignificante solo es posible tras aceptarla y le corresponde a la novela hablarnos de ella.

No sé, no puedo saber, cuál será el impacto que deje esta novela en el lector que se acerque a una obra de Kundera por primera vez. La novela no gustará a los agelastos (pues sabemos que en el neologismo de Rabelais caben todos aquellos que no están en paz con lo cómico). La novela no gustará a quienes no sepan que el poder totalitario, camuflado hoy por ejemplo en el discurso frente al extranjero, cae por igual del lado de la maldad y del ridículo. La novela decepcionará a quien no siente como propia la fragilidad de la cultura.

Menudo epítome, sí, menuda seña. Oh, resumirse sin reducirse, justificar la vida entera con un gesto, un detalle tierno pergeñado con ocasión de algo intrascendente carente de importancia y de sentido.»


Publicado en Revista de Letras (La Vanguardia) el 26 de noviembre de 2014