Mostrando entradas con la etiqueta Francisco Ferrer Lerín. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Francisco Ferrer Lerín. Mostrar todas las entradas

sábado, 14 de enero de 2023

Papur y Ferrer Lerin revisitados (una reseña en Revista de Letras)

Papur revisitado

por Jesús García Cívico

Revista de Letras

La editorial Días Contados recupera una de las obras de culto de Francisco Ferrer Lerín | Foto: Miqui Ferrer Jiménez, WikiMedia Commons


Hay libros que tienen la estrella de reaparecer, de resucitar de forma espiritual como primicia de aquellos que durmieron, de retornar, de exhibir el misterio del bis que apunta Vila-Matas en su reciente y elevada Montevideo, una segunda oportunidad, o mejor, otra ocasión de acuerdo con la idea circular del tiempo de la antigua Grecia: kairós.

Es el caso de Papur del poeta y ornitólogo Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) reanimado, vivificado, revisited, recompuesto a partir de la sombra de una pata de codorniz por una de las editoriales más pulcras del país.

El renacido Papur (Papur 2022 podríamos decir) en la serie castellana de la cuidada, elegantísima edición de Días contados sigue la original publicada en Eclipsados (Zaragoza, 2008) si bien añade para celebrar el esperado acontecimiento del regreso, la «Jornada laboral de un poeta barcelonés» y «El rey de la péñola jacetana», un breve texto de Félix de Azúa a modo de epílogo.


En el prefacio leemos que el volumen que nos ocupa nace con el hallazgo en el archivo municipal de la ciudad oscense de Jaca, de un documento en el que se relacionan los nombres de los componente de la aljama de la judería local allá por el año 1475.  Entre los nombres de dureza singular destaca el de Sento Papur: reto fónico, envite literario, provocación que un escritor impar como Lerín no podría dejar de contestar, volumen finalmente. A continuación, listado de ilustres judíos «a la manera de la poesía del inventario de mi querido Saint John-Perse». Tras él diecisiete «bibliofilias», «facsímiles» (de «La ciudad alejada» a «Historia con dos versiones más que dudosas»); capturas y eliminaciones de palomas domésticas y perros vagabundos, llegada de buitres leonados que hacen «series»; luego «varios» que van de barrizales, ingesta de carne humana a cargo de aves, lances sexuales, animales yegua y trayectos; Die Rabe (El cuervo, en alemán) y guiones vírgenes: Descrita una zona de vida y no solo una jornada extraña, Papur se cierra con de Azúa.

De nuevo brillan para opacar la simple tendencia literaria everywhere, la incorrección, el culto eminente al vicio propio, la deformación imaginativa de la memoria, el relato escrito con los colores del sueño, la violación del recuerdo puro, cierta falta de piedad, una divertida indiferencia moral sin el candor de Ripley, el asesino de Highsmith; retratos del hampa, crímenes y pájaros, léxico escrupuloso, risa para uno mismo, precisión al señalar el nombre, dominio de las formas breves, entorno de Jaca.

En fin, todos los estilemas de Lerín.

No es posible dejar de ver la relación entre la forma en que el autor de Familias como la mía (2011) rapta la palabra como a una niña (como a una de sus 30 niñas) antes de ser literatura y la composición visual infraleve –por tomar el acertado término de Miguel Ángel Hernández– tal como se revelaba en el interior de un ojo avispado el sagaz arte casual: emociones estéticas de elementos colocados o distribuidos azarosamente sin voluntad artística.

Presiento que la mirada concentrada en el hueso de la miscelánea que es Papur –como al Ray Milland de X (Corman, 1963) que siempre me viene a la cabeza al hablar de Ferrer Lerín– sería capaz de captar, de radiografiar, el postrero resplandor de las vanguardias. Así sucede especialmente con los textos más oníricos, pasajes sin teoría, sin presunción previa porque, ¿qué hipótesis concebible puede elucidar una fenomenología del sueño, o del recuerdo del sueño, una estructura de la experiencia onírica sentida tan difusa, múltiple y sinestésica en sus expresiones terminales? ¿Acaso escribe en sueños con tinta de espejo Ferrer Lerín negro sobre leve?

Pero es posible que el sueño no sea lo negro, sino que, como señala George Steiner en las Gramáticas de la creación, el arte sea el hermano de la muerte. Esencialmente expresiva de la vitalidad, la obra de arte se ampara bajo dos sombras: la de su existencia posible o preferible y la de su desaparición. En el lector de este gran Papur de Días contados reverberarán también, junto a las disposiciones azarosas que hacen arte entre montañas, los ecos de sus tres primeros poemarios memorables –De las condiciones humanas (1964), La hora oval (1971) y Cónsul (1987)–, humor nada inocente o, de hecho, casi cancelable, broma sofisticada que vence a la cancel culture: bajo instinto, alta literatura ajena a las servidumbre de las modas, pulsión erótica, «fervor iconoclasta» (en palabras de Pere Gimferrer).

Desatado el hocico de lo obsceno (siempre regreso a Juvenal) el escritor husmea entre los restos de una sesión de anatomía, en la máxima tensión del lance erótico, en el movimiento entre sombras que precede al susto, información del tiempo raro del thriller surrealista (en mi cabeza sonaba el «Alien Observer» de Grouper, el «Text» de Darkstar y veía un film de Léos Carax) y creo que no solo seré yo quien distinga la línea Maupassant-Bierce y el escalofrío de lo uncanny pre-lovecraftniano en los temas recurrentes de Papur.

Espléndida la exploración que se hace del pozo, de la biosfera pirenaica, no sé si este libro es la joya de la corona de la obra de Ferrer Lerín, pero sí que contiene muchas piezas preciosas. En lo que toca a la constelación de referencias muy sutiles, habrá quien también vea aquí y allá destellos de Henry Miller, de Robert Rossen, de Isidore Ducasse, conde de Lautremont, de la química de Jacques Monod y de los versos Montale, de la dureza vital de Luis Buñuel y del Borges de Otras inquisiciones pero sobre todo escuchará la voz propia del artista singular.

Cine físico, como el de los años 70 (de Francesco Rosi a William Friedkin) en lo que toca a los guiones, –un grande como Albert Serra podría dirigir un pequeño corto de Die Rabe con su retumbo de Níquel–, sexo turbio en la línea Carlos Saura-Peckimpah (Sam); incorrección de voces y sonidos, intereses ligados ora a la planificación editorial y literaria de su obra ora a la composición de su propia figura.

Los que elijan entrar en este libro podrán frotarse la mente con todas las letras del nombre de Sento Papur y recortar metafóricamente para su admirado análisis un texto breve. Tanta es la perfección de tantos párrafos. Tan bien editado está. Tanto podrían aprender. En el apartado más personal, tengo inclinación por los solares, por los parterres devastados, por los monstruos, por las moscas y las metamorfosis de la piel femenina y por ello la lectura de Papur me resulta aún más íntima, inquietante como el recuerdo infantil de una temible canción desconocida.

Para muchos otros de este oficio, Ferrer Lerín será siempre uno de los escritores por antonomasia, feroz y atípico, y así como en Papur, aumentado y en escorzo,  simplificado y fijo, parece mostrarlo el transcurso, la redición catalana y el tiempo, o por seguir parafraseando la célebre opinión de Henry James sobre Flaubert, ha nutrido de carne muerta, se infiltra y ha llegado a un público (en esta edición cuatrocientos lectores bien enumerados) «del cual según su teoría estaba separado por una profunda e insuperable zanja, obra de su propia pala».

Si no carne, tierra, zanja y pala, al menos palabra y alma resurrecta, bodysnatcher, compendio de obsesiones, écfrasis, metapoemas (poemas sobre sus poemas), filología, literatura de sí, libro de libros, cama y montaña, lúcidas teorías sobre el plagio inverso, florilegio de prosa, rosa negra, muy potente; nombres de pájaros, bichos que envenenan a quien orina sobre ellos, paisaje oscense, genealogías hebreas alto-aragonesa como invocación de un tiempo petrificado en una nube, o, por resumir a nuestro autor en dos palabras: aristocracia y resistencia.




martes, 25 de agosto de 2020

«Lindes del arte casual y gramática de los solares» mi colaboración en Arte Casual de Francisco Ferrer Lerín (fragmento)


«Lindes del arte casual y gramática de los solares» mi colaboración en Arte Casual de Francisco Ferrer Lerín (fragmento)



Arte Casual 

FRANCISCO FERRER LERÍN

(Athenaica, 2019)


Con las colaboraciones de:


Ignasi Aballí ∙ Frederic Amat ∙ Félix de Azúa ∙ Juan Buil ∙ Francesc Cornadó ∙ Ignacio Echevarría ∙ Jesús García Cívico ∙ Jordi Ibáñez ∙ Enrique Juncosa ∙ Tecla Lumbreras ∙ Jesús Martínez Clarà ∙ Luis Martínez Montiel ∙ Joël Mestre ∙ Margot Molina ∙ Jesús Palomino ∙ Elena Ruiz Sastre ∙ Fernando del Val ∙ Antonio Viñuales ∙ Pedro G. Romero




«A mediados de los ochenta, la práctica intensiva de la ornitología de campo —o de la variante lúdica que los anglosajones llaman bird-watching— llevó a Francisco Ferrer Lerín a recorrer escenarios periurbanos donde medran especies de clara antropofilia como el gorrión común, el estornino pinto o la abubilla. En esos escenarios —pequeños cultivos, ejidos, yermos, vertederos— el escritor descubrió, al tiempo que observaba las aves, manifestaciones espontáneas de arte contemporáneo, desprovistas de intencionalidad y fruto de actividades humanas de carácter funcional. A resultas de su hallazgo redactó, en 1984, un Manifiesto donde acuñaba el término Arte Casual (A.C.) e iniciaba un proceso de captación de muestras de dicho «género» mediante la cámara fotográfica, durante un periodo de gran efervescencia creativa en el que también abordó las primeras Acciones y proyectó los primeros Táctiles. Obra colectiva de prestigiosos autores y especialistas, entre ellos Félix de Azúa, Ignacio Echevarría, Jordi Ibáñez o Pedro G. Romero, el presente volumen evalúa desde diferentes perspectivas, que van del ensayo más académico al texto de creación, el trasfondo teórico de la propuesta de Ferrer Lerín y sus resultados —necesariamente efímeros, pero transmitidos por las instantáneas de las que se ofrece una muestra—, así como las muchas cuestiones derivadas de un planteamiento que, como leemos en el Manifiesto, no es sarcástico ni revanchista ni crítico ni iconoclasta, sino en definitiva «deudor del arte último porque éste nos ha enseñado a ver, a apreciar la descontextualización, las series, los nuevos agrupamientos de objetos, los acotamientos del espacio, los empaquetamientos, los apilamientos, el azar como fuente de placer estético».


*


Lindes del arte casual y gramática de los solares

Jesús García Cívico

 

Cuando en 1984 el poeta, o quizás ya, el artista total Francisco Ferrer Lerín, acuñaba la expresión «Arte casual» (AC), yo todavía frecuentaba los solares. Eran regiones del extrarradio en procesos de cambio de su uso, superficies heterogéneas en los límites de la ciudad, territorios poco industrializados en los márgenes cambiantes que unen o separan la ciudad del campo. Eran descampados excepcionalmente ocupados por muebles viejos, jirones de revista y objetos insólitos donde al levantar la cabeza de los cardos, las espiguillas y las achicorias amarillas uno distinguía primero el suave zumbido y luego el latigazo del tránsito fugaz de un tramo de autopista justo a la entrada de la ciudad en cuyas cunetas, al igual que en los lindes de otras infraestructuras, según es mi recuerdo, crecían amapolas viarias entre las grietas de alquitrán del nuevo asfalto. Lugares aparentemente sin vivencias, lugares de tránsito (de cierto tránsito), lugares de flujos dignos de olvido o que no impregnan y a la vez no-lugares en los términos del antropólogo Marc Augé que se caracterizaban, según ya sabía, tanto por cierta desafección en términos de sociabilidad humana como por la posibilidad de encontrar entre escombros y plantas ruderales (del latín rude-ris, escombro) objetos y olores muy distintos. Se distinguían también, según yo ignoraba —y si recurro a la prolepsis (en la doctrina estoica y epicúrea, conocimiento anticipado de una cosa), es decir, si recurro a aquello que solo pude saber mucho tiempo después, diría que se distinguían por la posibilidad de hallar en él una obra de arte casual, esto es, de acuerdo con la meditada definición del Manifiesto: «objetos o grupo de ellos, materiales sin vocación artística, que por su ubicación, colocación o combinación producen en el observador un placer visual sin haberlo pretendido el responsable de la situación».

En 1984, un artista de paseos y paisajes, Richard Long, rechazaba el Premio Turner en su primera edición. En lo que se refiere a las grandes coordenadas teóricas del arte, la década de los ochenta se resistía a definirse por una concreta oscilación entre la autonomía y el compromiso o por una determinada posición del péndulo entre la abstracción y lo figurativo y en su acelerado transcurrir quedaba el surco de una particular expresión del posmodernismo y una recurrente sensación de acabamiento. Más específicamente, como recuerda Benjamin H. D. Buchloh, en los años ochenta, cuando el concepto de postmodernidad estaba en auge, artistas como Georg Baselitz, Miguel Barceló o Mimo Paladino escarbaban en los predios del pasado, retomaban ciertas representaciones tradicionales y sorteaban de formas muy distintas la politización del arte y el compromiso con la realidad social. El panorama artístico en la época de las primeras Acciones y los primeros Táctiles de Ferrer Lerín se caracterizaba, en gran medida, por el abandono de algunos excesos teorizantes de tipo interdisciplinar, por la emergencia de nuevas políticas culturales como espacio de resistencia en un cruce de caminos (o de descampados) entre la vieja teoría de la desigualdad de clases y los nuevos temas de la diferencia de raza o género, de la ecología y la exclusión. Los años de la propuesta teórica de Ferrer Lerín se distinguían por distintas corrientes englobables bajo el rótulo de una posmodernidad plástica híbrida y ecléctica, por el retorno a distintas formas de pintura alegórica en gran medida aligeradas de la carga meta estética precedente y que ya apuntaban tanto a la reinterpretación y la mezcolanza de estilos y texturas como a instantes fugaces de una felicidad individual apasionada (o quizás, mejor de un placer solipsista), tanto al nomadismo fragmentario como a la ironía y la crítica corrosiva de los sistemas políticos, económicos pero también «culturales». Son los casos de Marlen Dumas («El mal es banal», 1984) que tomaba ese año como referente temático la provocativa y lúcida expresión de Hannah Arendt, de la remodelación de la historia de la fotografía de la artista y terapeuta Jo Spece, de la inspiración en la naturaleza de Miquel Barceló, del bad painting de Basquiat, del neoexpresionismo de Anselm Kiefer cuya primera exposición individual en España, «El viento, el tiempo, el silencio», tenía lugar en el Centro de Arte Reina Sofía en 1985 y cuya Vía Láctea semeja, de acuerdo con la interpretación más personal que aquí hago de los ecos del arte leriniano, tanto un campo quemado como una mirada a las estrellas, tanto un solar como un instante en la gran gramática de la creación.

Recuerdo perfectamente la cualidad insólita de los reflejos de un trozo enorme de cristal tintado empujado por las raíces de una higuera junto a una serie de plafones de amianto blancos señalizando caprichosamente otras zonas irregulares de un descampado anexo al terreno —llamado grandilocuentemente «Bulevar de las Avenidas»— donde iban a levantarse nuevos edificios para jóvenes cargados de un pesado paquete de esperanzas y una desventurada entidad bancaria dispuesta a financiarlas. Sobre la llana superficie del solar se aparece en la memoria el resto de un sillón desbaratado a la manera del arte destructivo de Kenneth Kemble. Hay noches todavía en que me aterra el espectral aspecto de un perchero equilibrado sobre un montículo de escombros; de alguna pálida forma aún distingo los pardos matices de una serie de hojas de metal dispuestas en una hilera casual y la espuma amarilla contorsionada (que esos días llamábamos «espuma pica-pica») como una de esas enormes —así me parecen ahora y no entonces— serpentinas sometidas a la oxidación de acuerdo con la menos casual voluntad de Richard Serra. ¿Y no invitaban, según entiendo ahora, también las obras de Jackson Pollock a ser leídas en todo el planeta y no solo en aquella autopista que dividía simétricamente los grandes descampados de Valencia como mapas aéreos de megalópolis con solares? Si en el futuro Ferrer Lerín iba a tener razón aquellas disposiciones casuales llevaban escritos en su lomo polvoriento el sello del arte [...] .


Un fragmento de:

Jesús García Cívico, «Lindes del arte casual y gramática de los solares», en Francisco Ferrer Lerín, Arte Casual, Sevilla: Athenaica, 2019, pp. 73-75.