Mostrando entradas con la etiqueta reseñas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta reseñas. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de febrero de 2026

recuperando reseñas literarias: La última vez que fue ayer

Barrio 
(publicada en septiembre de 2018 en Revista de Letras RdL)

Jesús García Cívico

La primera vez que vi una televisión en color fue en casa de una vecina de mi abuela. Aquella tarde, la señora P. había dispuesto varias filas de sillas para que los niños de la finca viéramos dibujos animados en color. Como ejemplo de una obsesión inconsciente y profunda —la de salir de una suerte de blanco y negro vital— recuerdo también los pollitos teñidos que mi abuela nos compraba a mis primos y a mí en el cruel mercado de Ruzafa; recuerdo que la hija de la carnicera se quedó embarazada con trece años y que, de pronto, un día dejó de despachar: «embarazada de Q.», dijeron. Recuerdo que mi abuela tenía un gallinero en la esquina de una terraza que daba a un solar y a un cine de reestreno —el Lido—, y recuerdo cada uno de los programas dobles y triples que proyectaron. Recuerdo que en el barrio me llamaban Gigi, o mejor, «el Gigi», y que me gritaban el nombre desde el balcón para que bajara a cenar. Mis tíos trabajaban en un taller de chapa y pintura, justo debajo del balcón; mi tía, en una droguería a la vuelta de la esquina. Los vecinos de arriba mandaban a su hijo con nosotros cuando se emborrachaban y luego se pegaban (por ese orden), hasta que cesaban los gritos del deslunado. No olvido —no me resulta posible olvidar— lo que sentíamos al devolverle de la mano a aquella casa. Recuerdo que en la pequeña panadería me encontraba a menudo con don E., un profesor de los Salesianos que solía golpearnos en el cráneo con una campanilla metálica. Un día, de camino al colegio, escuchamos un sonido fuerte y seco: era el cuerpo de la portera —la que el día anterior nos había regañado— al caer contra la gravilla. Cuando su familia trató de despegarla del suelo, algunos chicos se rieron. Nunca había visto un muerto hasta ese día. Después vi el cuerpo de mi abuelo: lo llevaban entre varios de mis tíos, sin haberse quitado aún las escopetas del hombro. Eso era un barrio: un tejido denso de relaciones, identidad, anhelos y brutalidad, un «fértil desorden» al decir de Richard Sennet; un material humano del que el joven escritor Agustín Márquez (Madrid, 1979) ha sabido dar cuenta en La última vez que fue ayer.



Narrada en primera persona y organizada en dos estaciones temporales (finales de los ochenta y principios de los noventa), esta acertada novelita es, sobre todo, una descripción emocional —precisa, contenida— de las temperaturas y los estados de ánimo que se producen cuando coinciden dos crecimientos distintos. Por un lado, el crecimiento interior: la pubertad y la adolescencia, ese lapso que media entre la patria de la infancia (Rilke) y el avance imparable, confuso, hacia un yo todavía impreciso, hecho de promesas vagas. Por otro, el crecimiento exterior: el rumor de un boom económico, el bling bling de los préstamos personales, el espejismo de la bonanza incrustado en la tela simbólica y familiar de Un, dos, tres…, la luz verde; «el futuro orgiástico que año tras año retrocede ante nosotros», y los datos —no tan optimistas— de la movilidad social vertical.

Si se acepta esta doble coordenada, La última vez que fue ayer no hablaría tanto de las falsas promesas de prosperidad en los barrios periféricos durante las primeras décadas de la democracia —como el propio autor ha sugerido en distintos lugares— cuanto de algo más hondo y general: ese material sentimental en cuyo lomo el tiempo escribe, con plomo, la crónica irreversible de lo que ya ocurrió.

Aunque la voz sea la de un «yo», la composición aspira a una polifonía de fondo. Se advierten ecos de La vida instrucciones de uso, de Georges Perec (alguien diría que también de 13, Rue del Percebe), y, en el modo de ensamblar escenas, cierta disciplina de colmena —esa lógica de conjunto que Cela ensayó en La colmena. Márquez trabaja, además, con una intuición animista: que los útiles cotidianos y los elementos del mundo social parecen dotados de una vida propia; que un quiosco, un descampado o una carretera no solo enmarcan la acción, sino que la empujan y la condicionan.

«La carretera que atraviesa el barrio es una recta de kilómetro y medio. El pavimento está repleto de manchas de aceite, huellas de frenazos y calcomanías de animales. El asfalto cuarteado dibuja una raspa de pescado deforme, donde decenas de socavones esperan hambrientos llantas y guardabarros. Hace unos años, un tipo de fuera, con más visión que la que le proporcionan sus gafas de culo de vaso, montó un taller junto a la carretera. Tiene a varios del barrio trabajando en el taller, y él solo va al final del día a hacer caja».

En este arranque se percibe con claridad la estrategia formal y la «voz» de la novela —en el sentido clásico de Óscar Tacca—: frases cortas, evocación con una distancia calculada, y algunos estilemas de la novela negra (cinismo, frase ocurrente, impudencia, guiños de clase, un cierto barriocentrismo). Se impone, asimismo, el impulso prosopopéyico: no solo como recurso dominante —junto con la elipsis—, sino como marca general del relato, donde el descampado, el quiosco o la propia calle adquieren densidad de personaje, con esa paradoja tan reconocible: resultan tan familiares como los secundarios de carne y hueso.

Entre los conductores narrativos destaca el motivo de los atropellos en la autopista: detonantes y mojones de un itinerario que remite a un urbanismo de derecho público, pero también a una concepción tecnófila y lineal del tiempo moderno —la flecha del progreso— frente a otras temporalidades más circulares. Otro gran acierto es el punto de vista interno, «desde» el barrio, que determina prioridades afectivas y escala moral. Etimológicamente, «barrio» —voz de origen árabe— apunta a lo exterior, a lo que queda fuera; y, sin embargo, Márquez reintroduce en el guion de una historia más amplia una serie de voces, gestos y climas que en buena parte de la literatura reciente han quedado silenciados o tratados como mero borde.



Hay una pérdida menuda —y, por eso mismo, decisiva— en el hecho de crecer: un deterioro casi imperceptible, una traición. Márquez la capta con un tono que oscila entre lo etnográfico y lo confesional, y que deja ver la desorientación, la fragilidad de los planes de futuro, la debilidad de ciertos presupuestos meritocráticos que la sociología ha desmontado con paciencia (de Bowles y Gintis a Paul Willis, o Pierre Bourdieu). La novela reúne confusión, obsesiones, círculos, orgullo de barrio, guiños generacionales, símbolos de pertenencia, recuerdos de clase, no-lugares (Marc Augé) y registro de vulnerabilidad social. Sorprende, para bien, la contención; aunque en algún pasaje parezca asomar un gusto por la sordidez. Con todo, prevalece la fluidez del fraseo y un equilibrio fino entre violencia y ternura, crónica íntima y agenda personal. Márquez evita, con sensatez y cambios oportunos de registro, tanto la pornografía miserabilista como la «angelización» del pobre (tan frecuente en ciertas genealogías audiovisuales), sin recaer tampoco en el realismo social de trazo rutinario.

Por acabar con un referente cinematográfico: La última vez que fue ayer apunta hacia el territorio que ya recorrió Barrio (Fernando León de Aranoa, 1998). Algunas estampas costumbristas —las conversaciones junto al quiosco, las jergas, las concentraciones vecinales— recuerdan aquel hallazgo visual del director madrileño: la moto acuática inútil, encadenada a una farola en las calles de La Elipa.

En el corazón de todos los barrios —de la Avenida de la Plata a San Blas, de la periferia extremeña a Carabanchel— ocurrieron cosas raras, hermosas o dolorosas como las que cuenta este autor prometedor, capaz de sortear los excesos de nostalgia sin caer en la hipocresía de una asepsia posmoderna y superficial. Lo hermoso y lo trágico del pasado es que fue real. Mención especial merecen, a mi juicio, las páginas dedicadas a los solares: lugares de muebles viejos, jirones de revista pornográfica, vidrios, letras oxidadas, objetos insólitos; lugares en los que, al levantar la cabeza de los cardos y las achicorias amarillas, aparece el estruendo de la autopista. Márquez los dibuja con una madurez poco común como espacios de libertad lírica: metáfora difícil de atrapar, porque los barrios abren y constriñen; y esos descampados sin vallas son, al fin y al cabo, la primera imagen de un horizonte vital. La falta de lindes del solar señala el lugar incierto al que podrías llegar y, a la vez, aquel del que quizá no escapes jamás.


sábado, 14 de enero de 2023

Papur y Ferrer Lerin revisitados (una reseña en Revista de Letras)

Papur revisitado

por Jesús García Cívico

Revista de Letras

La editorial Días Contados recupera una de las obras de culto de Francisco Ferrer Lerín | Foto: Miqui Ferrer Jiménez, WikiMedia Commons


Hay libros que tienen la estrella de reaparecer, de resucitar de forma espiritual como primicia de aquellos que durmieron, de retornar, de exhibir el misterio del bis que apunta Vila-Matas en su reciente y elevada Montevideo, una segunda oportunidad, o mejor, otra ocasión de acuerdo con la idea circular del tiempo de la antigua Grecia: kairós.

Es el caso de Papur del poeta y ornitólogo Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) reanimado, vivificado, revisited, recompuesto a partir de la sombra de una pata de codorniz por una de las editoriales más pulcras del país.

El renacido Papur (Papur 2022 podríamos decir) en la serie castellana de la cuidada, elegantísima edición de Días contados sigue la original publicada en Eclipsados (Zaragoza, 2008) si bien añade para celebrar el esperado acontecimiento del regreso, la «Jornada laboral de un poeta barcelonés» y «El rey de la péñola jacetana», un breve texto de Félix de Azúa a modo de epílogo.


En el prefacio leemos que el volumen que nos ocupa nace con el hallazgo en el archivo municipal de la ciudad oscense de Jaca, de un documento en el que se relacionan los nombres de los componente de la aljama de la judería local allá por el año 1475.  Entre los nombres de dureza singular destaca el de Sento Papur: reto fónico, envite literario, provocación que un escritor impar como Lerín no podría dejar de contestar, volumen finalmente. A continuación, listado de ilustres judíos «a la manera de la poesía del inventario de mi querido Saint John-Perse». Tras él diecisiete «bibliofilias», «facsímiles» (de «La ciudad alejada» a «Historia con dos versiones más que dudosas»); capturas y eliminaciones de palomas domésticas y perros vagabundos, llegada de buitres leonados que hacen «series»; luego «varios» que van de barrizales, ingesta de carne humana a cargo de aves, lances sexuales, animales yegua y trayectos; Die Rabe (El cuervo, en alemán) y guiones vírgenes: Descrita una zona de vida y no solo una jornada extraña, Papur se cierra con de Azúa.

De nuevo brillan para opacar la simple tendencia literaria everywhere, la incorrección, el culto eminente al vicio propio, la deformación imaginativa de la memoria, el relato escrito con los colores del sueño, la violación del recuerdo puro, cierta falta de piedad, una divertida indiferencia moral sin el candor de Ripley, el asesino de Highsmith; retratos del hampa, crímenes y pájaros, léxico escrupuloso, risa para uno mismo, precisión al señalar el nombre, dominio de las formas breves, entorno de Jaca.

En fin, todos los estilemas de Lerín.

No es posible dejar de ver la relación entre la forma en que el autor de Familias como la mía (2011) rapta la palabra como a una niña (como a una de sus 30 niñas) antes de ser literatura y la composición visual infraleve –por tomar el acertado término de Miguel Ángel Hernández– tal como se revelaba en el interior de un ojo avispado el sagaz arte casual: emociones estéticas de elementos colocados o distribuidos azarosamente sin voluntad artística.

Presiento que la mirada concentrada en el hueso de la miscelánea que es Papur –como al Ray Milland de X (Corman, 1963) que siempre me viene a la cabeza al hablar de Ferrer Lerín– sería capaz de captar, de radiografiar, el postrero resplandor de las vanguardias. Así sucede especialmente con los textos más oníricos, pasajes sin teoría, sin presunción previa porque, ¿qué hipótesis concebible puede elucidar una fenomenología del sueño, o del recuerdo del sueño, una estructura de la experiencia onírica sentida tan difusa, múltiple y sinestésica en sus expresiones terminales? ¿Acaso escribe en sueños con tinta de espejo Ferrer Lerín negro sobre leve?

Pero es posible que el sueño no sea lo negro, sino que, como señala George Steiner en las Gramáticas de la creación, el arte sea el hermano de la muerte. Esencialmente expresiva de la vitalidad, la obra de arte se ampara bajo dos sombras: la de su existencia posible o preferible y la de su desaparición. En el lector de este gran Papur de Días contados reverberarán también, junto a las disposiciones azarosas que hacen arte entre montañas, los ecos de sus tres primeros poemarios memorables –De las condiciones humanas (1964), La hora oval (1971) y Cónsul (1987)–, humor nada inocente o, de hecho, casi cancelable, broma sofisticada que vence a la cancel culture: bajo instinto, alta literatura ajena a las servidumbre de las modas, pulsión erótica, «fervor iconoclasta» (en palabras de Pere Gimferrer).

Desatado el hocico de lo obsceno (siempre regreso a Juvenal) el escritor husmea entre los restos de una sesión de anatomía, en la máxima tensión del lance erótico, en el movimiento entre sombras que precede al susto, información del tiempo raro del thriller surrealista (en mi cabeza sonaba el «Alien Observer» de Grouper, el «Text» de Darkstar y veía un film de Léos Carax) y creo que no solo seré yo quien distinga la línea Maupassant-Bierce y el escalofrío de lo uncanny pre-lovecraftniano en los temas recurrentes de Papur.

Espléndida la exploración que se hace del pozo, de la biosfera pirenaica, no sé si este libro es la joya de la corona de la obra de Ferrer Lerín, pero sí que contiene muchas piezas preciosas. En lo que toca a la constelación de referencias muy sutiles, habrá quien también vea aquí y allá destellos de Henry Miller, de Robert Rossen, de Isidore Ducasse, conde de Lautremont, de la química de Jacques Monod y de los versos Montale, de la dureza vital de Luis Buñuel y del Borges de Otras inquisiciones pero sobre todo escuchará la voz propia del artista singular.

Cine físico, como el de los años 70 (de Francesco Rosi a William Friedkin) en lo que toca a los guiones, –un grande como Albert Serra podría dirigir un pequeño corto de Die Rabe con su retumbo de Níquel–, sexo turbio en la línea Carlos Saura-Peckimpah (Sam); incorrección de voces y sonidos, intereses ligados ora a la planificación editorial y literaria de su obra ora a la composición de su propia figura.

Los que elijan entrar en este libro podrán frotarse la mente con todas las letras del nombre de Sento Papur y recortar metafóricamente para su admirado análisis un texto breve. Tanta es la perfección de tantos párrafos. Tan bien editado está. Tanto podrían aprender. En el apartado más personal, tengo inclinación por los solares, por los parterres devastados, por los monstruos, por las moscas y las metamorfosis de la piel femenina y por ello la lectura de Papur me resulta aún más íntima, inquietante como el recuerdo infantil de una temible canción desconocida.

Para muchos otros de este oficio, Ferrer Lerín será siempre uno de los escritores por antonomasia, feroz y atípico, y así como en Papur, aumentado y en escorzo,  simplificado y fijo, parece mostrarlo el transcurso, la redición catalana y el tiempo, o por seguir parafraseando la célebre opinión de Henry James sobre Flaubert, ha nutrido de carne muerta, se infiltra y ha llegado a un público (en esta edición cuatrocientos lectores bien enumerados) «del cual según su teoría estaba separado por una profunda e insuperable zanja, obra de su propia pala».

Si no carne, tierra, zanja y pala, al menos palabra y alma resurrecta, bodysnatcher, compendio de obsesiones, écfrasis, metapoemas (poemas sobre sus poemas), filología, literatura de sí, libro de libros, cama y montaña, lúcidas teorías sobre el plagio inverso, florilegio de prosa, rosa negra, muy potente; nombres de pájaros, bichos que envenenan a quien orina sobre ellos, paisaje oscense, genealogías hebreas alto-aragonesa como invocación de un tiempo petrificado en una nube, o, por resumir a nuestro autor en dos palabras: aristocracia y resistencia.




martes, 26 de abril de 2016

Tilín, tilín, hijo de puta: una reseña de Vonnegut


"Tilín, tilín, hijo de puta"
Jesús García Cívico
Reseña en Revista de Letras




"Creo que no hay mejor forma de describir la poética novelesca, pero también vital, que anima al última ficción de Kurt Vonnegut (Indianápolis, 1922 – Nueva York, 2007) graciosamente publicada por Malpaso que recordar la reflexión que hace el trasunto del conmovedor Kilgore Trout acerca de El viejo y el mar.

Efectivamente, Vonnegut cuestiona en el prólogo de Cronomoto (Malpaso, 2015) el desenlace del conocido relato de Hemingway: un pescador cubano que no había pescado nada en ochenta y cuatro días atrapa de repente un pez espada. Lo mata y ata a la embarcación pero los tiburones lo devoran antes de alcanzar la costa. Pero, ¡¿por qué no cortó los mejores trozos y los protegió en el fondo de bote dejando sólo el resto para los tiburones?!






Cronomoto 1 fue al principio –al decir de Vonnegut– una novela que no avanzaba, un atasco, un laberinto, un pez espada a merced de los tiburones (de los otros tiburones) ¿Qué hacer? ¿Dejar que lo devoren antes de alcanzar la costa (la otra costa, la costa de la muerte, la costa…oscura)? No, mucho mejor “filetear el pez y arrojar el resto”.

Filetear el pez y arrojar el resto, esto es, fragmentar y subir a bordo lo más sabroso de la historia, proteger las partes suculentas en la frescura de una particular aguanieve compuesta de vitalidad y melancolía, hilarlo todo con el hilo finísimo del desencanto, la compasión, la ironía y la burla. Solución estética a un trabajo arduo, ingrato, de muchos años, pero también solución sabia a una de las cuestiones fundamentales de la vida (el desajuste entre el deseo vivir haciendo muchas cosas y nuestra, al parecer innegociable, finitud), el Cronomoto que hemos podido leer en traducción de Carlos Gardini gracias la esmeradísima editorial catalana que ya publicó del mismo autor La cartera del cretino (Malpaso, 2013) o Que levante mi mano quien crea en la telequinesis y otros mandamientos para corromper a la juventud (Malpaso, 2014) es también la última novela de Vonnegut que aún permanecía inédita en castellano.


Cronomoto: novela fileteada o ensayo bromista-novelado, salvado, –gracias al contraejemploHemingway– de las mandíbulas del mundo y de la vida; texto restaurado, seccionado tierna y ácidamente por Vonnegut (tierno cronista de las carnicerías y de los mataderos de los hombres) en sesenta y tres solomillos alrededor de una perturbación en el tiempo... 







Marc Twain escribió que de adulto nunca quiso que ningún amigo liberado de ese peso regresara a la vida. Vonnegut cita también a Thoreau: “El grueso de los hombres lleva una vida de callada desesperación”. Envenenamos el agua, el aire y el suelo, construimos sofisticados artefactos de destrucción, armas de fuego baratas como tostadoras, manejables como encendedores, violencia, apatía y ganas de morir. ¡Y eso que la mayoría de esta gente no llegó a ver la gran carnicería del siglo XX, ni siquiera Twain!Regreso previsible, penoso por repetido, regreso minuto a minuto hasta 2001. Vidas abandonadas a la inercia, vidas al remolque de un discurrir ya determinado, vidas sin aliento, vidas vividas de forma mecánica hasta el momento en que se recupera el presente: ¡el repentino regreso del libre albedrío! ¿Libre albedrío? 


Ah, pero también en el libre albedrío mucha gente vive con desgana, apáticamente, al indolente modo del suicida. También en el libre albedrío la gente ¡tanta, tantísima gente! acepta el desvarío y la violencia. Pronto se dibuja pues, en el fondo, la cuestión humanista y vital que constituye el tema principal de Cronomoto (tema en un sentido novelesco, esto es, aceptando las tesis de Kundera y Bernhard, tema en un sentido… musical): ¿qué hace el hombre con su vida? ¿dónde nace esa tendencia a la dejadez y la apatía? ¿nadie más se apercibe de la plaga del tiempo, ese laborioso humanicida? ¿por qué sucede que la gente no se siente contenta de vivir? (...) 







"Tilín, tilín, hijo de puta", Jesús García Cívico, reseña de Cronomoto, Kurt Vonnegut, Malpaso, 2015 en Revista de Letras