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jueves, 21 de marzo de 2024

Tu barrio es mi barrio: sobre la última vez que fue ayer

Barrio*

Agustín Márquez, La última vez que fue ayer, (Candaya, 2018)

Jesús García Cívico


La primera vez que vi una televisión en el color fue en casa de una vecina de mi abuela.

Aquella tarde, la señora P. había dispuesto varias filas de sillas para que los niños de la finca pudiéramos ver los dibujos en color. Como ejemplo de una obsesión inconsciente y profunda relativa a la salida de una suerte de blanco y negro vital, recuerdo también los pollitos de colores que mi abuela nos compraba a mis primos y a mí en el cruel mercado de Ruzafa, recuerdo que la hija de la carnicera se quedó embarazada con trece años y un día dejó de despachar. Embarazada de Q., según dijeron. Recuerdo que mi abuela tenía un gallinero en la esquina de una terraza que daba a un solar y a un cine de reestreno: el Lido. Recuerdo cada uno de los programas triples que pusieron. 

Recuerdo que en el barrio me llamaban Gigi, o mejor, el Gigi y que gritaban mi nombre por el balcón para que fuera a cenar. Mis tíos trabajaban en un taller de chapa y pintura, justo debajo del balcón de mi abuela, mi tía una droguería casi en la esquina, los vecinos de arriba enviaban a su hijo con nosotros cuando se emborrachaban, se pegaban (por ese orden) hasta que cesaban los gritos del deslunado. No olvido, no puedo, no me resulta posible olvidar, lo que sentíamos al devolverle de la mano a aquella casa, recuerdo que en la pequeña panadería me solía encontrar con Don E., un profesor de los Salesianos que solía golpearnos en el cráneo con una campanilla de metal. Un día, de camino al colegio, escuchamos un sonido fuero y seco: era el cuerpo de la portera que el día anterior nos había regañado. Cuando su familia trató de despegar su cuerpo de la gravilla algunos chicos se rieron. Nunca había visto un muerto hasta ese día. Luego vi el cuerpo de mi abuelo: lo llevaban entre varios de mis tíos, aún no se habían quitado del hombro las escopetas. 

Eso era un barrio, un tejido denso de relaciones, identidad, anhelos y brutalidad del tipo del que el joven escritor Agustín Márquez (Madrid, 1979) ha sabido describir en La última vez que fue ayer (Candaya, 2018).

Narrada en primera persona y estructurada a partir de dos episodios temporales (finales de los ochenta/ principios de los noventa), la acertadísima novela breve de Márquez me parece, básicamente (y no es poco) una emotiva descripción de las temperaturas y de los estados de ánimo que habrían de darse en la coincidencia psíquica, moral y material de dos tipos de crecimiento muy distintos: la pubertad- adolescencia (un lapso interno entre la patria eterna de la infancia —Rilke—, el crecimiento imparable y confuso o las imprecisas promesas del yo-para-con-uno) y el otro crecimiento, el exterior: cierto boom económico, el bling bling de los préstamos personales, el ensueño de una bonanza entrelazado sutilmente en la densa tela simbólica, ficcional y familiar del Un, dos tres… la luz verde, «el futuro orgiástico que año tras año retrocede ante nosotros» y los incontestables (no tan optimistas) datos de la movilidad social vertical.

De ser así, La última vez que fue ayer no trataría tanto, según lo veo, de las falsas promesas de prosperidad de los barrios periféricos en las primeras décadas de la democracia, tal como ha insistido en distintos lugares el autor, sino de algo más hondo y universal: ese material emocional denso en cuyo lomo el tiempo escribe con plomo la crónica irreversible del pasado.

Narrada en primera persona y con ciertos ecos formales del clásico de Georges Perec, La vida instrucciones de uso, (alguien diría que de 13, Rue del Percebe) la composición de La última vez que fue ayer es en realidad polifónica (de acuerdo con ciertos patrones de la composición magistralmente ensayada por Cela en La colmena) y en un sentido muy lúcido, animista, de acuerdo con la comprensión de que tanto los útiles de uso cotidiano como cualquier elemento del mundo social están dotados de movimiento, vida, alma o consciencia propia.

«La carretera que atraviesa el barrio es una recta de kilómetro y medio. El pavimento está repleto de manchas de aceite, huellas de frenazos y calcomanías de animales. El asfalto cuarteado dibuja una raspa de pescado deforme, donde decenas de socavones esperan hambrientos llantas y guardabarros. Hace unos años, un tipo de fuera con más visión que la que le proporcionan sus gafas de culo de vaso, montó un taller junto a la carretera. Tiene a varios del barrio trabajando en el taller, y él solo va al final del día a hacer caja».

En este párrafo inicial quedan al descubierto las estrategias formales, la «voz» de la novela —por decirlo con el historiador de la literatura argentino, ya fallecido, Óscar Tacca— así como el tono y ritmo escogidos: evocación más o menos distanciada, frases cortas, ciertos estilemas (me temo que aquí no del todo pertinentes) propios de la novela negra clásica: cinismo, tendencia a la frase ocurrente, impudencia, guiños de clase, barriocentrismo. Se revela también la descripción prosopopéyica, no solo como recurso estilístico dominante (junto a la elipsis), sino como marca literaria de toda la historia, una historia donde el descampado, el quiosco, la calle misma evolucionan como un personaje más, con la particularidad de que nos resultan tan familiares como algunos de los secundarios más explícitos: chico B., el «camello» aficionado a los canarios, el chico obsesionado con el fuego o el chucho Mázinger.

Hay elementos narrativos conductores, básicamente, los atropellos en la autopista, que funcionan tanto como detonantes como mojones de un itinerario de un tipo de derecho público urbanístico que tiene que ver, eso sí, con la concepción tecnofílica y líneal del tiempo moderno, la idea de flecha (frente a la circularidad grecolatina), el sueño del progreso. Otro elemento es ese punto de vista interno, el del barrio, que marca tanto la perspectiva como las prioridades emocionales: etimológicamente, «barrio» (una palabra de origen árabe) apunta a lo exterior, a lo que queda fuera y aquí otro indudable mérito de Agustín Márquez es haber reintroducido o recentralizado en el guion de una historia más general, más inter-barrial, una serie de voces y estados de ánimo tradicionalmente silenciados o demasiado periféricos en nuestra literatura más reciente.

Hay un deterioro nugatorio, una pérdida, una traición en el hecho de crecer que Márquez ha sabido captar y contar perfectamente. El tono, ora etnográfico ora confesional, capta sutilmente la desorientación, la vulnerabilidad de los planes de futuro, la debilidad de los presupuestos de la meritocracia contemporánea (descritos  científicamente por Bowles y Gintis, por Paul Willis: Aprendiendo a trabajar. Cómo los chicos de la clase obrera consiguen trabajos de clase obrera, o por el sociólogo francés Pierre Bourdieu).

Confusión, obsesiones, círculos, orgullo de barrio, guiños generacionales (esta novela o novelita la entenderán, o mejor, la sentirán sobre todo aquellos nacidos a finales de los 60 o principios de los 70), símbolos de pertenencia compartida, registro de la vulnerabilidad social, recuerdos de clase, no-lugares (Marc Augé). Sorprende gratamente la contención del estilo, aunque en algún momento puede que se haya abusado de la sordidez. Agrada, sobre todo, la fluidez del fraseo y el perfecto equilibrio entre violencia y ternura, crónica íntima y agenda personal, Agustín Márquez muestra una voz propia, auténtica que huye inteligentemente tanto de cierta pornografía miserabilista y de la cristiana «angelización» del pobre (la machacada en algunas cintas del dúo Ken Loach-Paul Laverty, o con menor originalidad, por González Iñárritu), como del realismo social más transitado.

Por acabar con otro referente cinematográfico, La última vez que fue ayer, apunta donde ya dio Barrio ((1998), el filme de Fernando Leon de Aranoa, y algunas de las magníficas estampas costumbristas de esta novela que no quiere ser social —las conversaciones alrededor del quiosco, el atardecer de las jergas marginales, las concentraciones vecinales— recuerdan el estupendo hallazgo visual del director madrileño: aquella moto acuática inútilmente enganchada a una farola en las calles de La Elipa.

En el corazón de todos los barrios —de la Avenida de la Plata a San Blas, de la periferia extremeña a Carabanchel— ocurrieron cosas raras, hermosas o dolorosas como las que cuenta este prometedor autor que ha sabido sortear con curiosa sensatez y oportunos cambios de registro tanto los excesos de la nostalgia como la hipocresía de una hipotética, superficial, posmoderna asepsia valorativa: lo hermoso y lo trágico del pasado es que sucedió antes de que averiguáramos el ambiguo registro de lo real. 

Mención especial merecen a mi juicio las páginas dedicadas a los solares. Lugares de muebles viejos, jirones de revista pornográfica, vidrios, letras oxidadas y objetos insólitos, lugares donde al levantar la cabeza de los cardos y las achicorias amarillas una encuentra el estruendo de la autopista, lugares que Agustín Márquez con una insólita madurez ha sabido dibujar como espacios de libertad lírica, una metáfora difícil de atrapar pues los barrios abren y constriñen y esos descampados sin vallas son, al fin y al cabo, la primera imagen de un tipo de horizonte vital: la falta de lindes del solar apunta el incierto lugar donde puedes llegar, pero también aquel de donde no podrás escapar jamás.


Reseña originalmente publicada en Revista de Letras


sábado, 14 de enero de 2023

Papur y Ferrer Lerin revisitados (una reseña en Revista de Letras)

Papur revisitado

por Jesús García Cívico

Revista de Letras

La editorial Días Contados recupera una de las obras de culto de Francisco Ferrer Lerín | Foto: Miqui Ferrer Jiménez, WikiMedia Commons


Hay libros que tienen la estrella de reaparecer, de resucitar de forma espiritual como primicia de aquellos que durmieron, de retornar, de exhibir el misterio del bis que apunta Vila-Matas en su reciente y elevada Montevideo, una segunda oportunidad, o mejor, otra ocasión de acuerdo con la idea circular del tiempo de la antigua Grecia: kairós.

Es el caso de Papur del poeta y ornitólogo Ferrer Lerín (Barcelona, 1942) reanimado, vivificado, revisited, recompuesto a partir de la sombra de una pata de codorniz por una de las editoriales más pulcras del país.

El renacido Papur (Papur 2022 podríamos decir) en la serie castellana de la cuidada, elegantísima edición de Días contados sigue la original publicada en Eclipsados (Zaragoza, 2008) si bien añade para celebrar el esperado acontecimiento del regreso, la «Jornada laboral de un poeta barcelonés» y «El rey de la péñola jacetana», un breve texto de Félix de Azúa a modo de epílogo.


En el prefacio leemos que el volumen que nos ocupa nace con el hallazgo en el archivo municipal de la ciudad oscense de Jaca, de un documento en el que se relacionan los nombres de los componente de la aljama de la judería local allá por el año 1475.  Entre los nombres de dureza singular destaca el de Sento Papur: reto fónico, envite literario, provocación que un escritor impar como Lerín no podría dejar de contestar, volumen finalmente. A continuación, listado de ilustres judíos «a la manera de la poesía del inventario de mi querido Saint John-Perse». Tras él diecisiete «bibliofilias», «facsímiles» (de «La ciudad alejada» a «Historia con dos versiones más que dudosas»); capturas y eliminaciones de palomas domésticas y perros vagabundos, llegada de buitres leonados que hacen «series»; luego «varios» que van de barrizales, ingesta de carne humana a cargo de aves, lances sexuales, animales yegua y trayectos; Die Rabe (El cuervo, en alemán) y guiones vírgenes: Descrita una zona de vida y no solo una jornada extraña, Papur se cierra con de Azúa.

De nuevo brillan para opacar la simple tendencia literaria everywhere, la incorrección, el culto eminente al vicio propio, la deformación imaginativa de la memoria, el relato escrito con los colores del sueño, la violación del recuerdo puro, cierta falta de piedad, una divertida indiferencia moral sin el candor de Ripley, el asesino de Highsmith; retratos del hampa, crímenes y pájaros, léxico escrupuloso, risa para uno mismo, precisión al señalar el nombre, dominio de las formas breves, entorno de Jaca.

En fin, todos los estilemas de Lerín.

No es posible dejar de ver la relación entre la forma en que el autor de Familias como la mía (2011) rapta la palabra como a una niña (como a una de sus 30 niñas) antes de ser literatura y la composición visual infraleve –por tomar el acertado término de Miguel Ángel Hernández– tal como se revelaba en el interior de un ojo avispado el sagaz arte casual: emociones estéticas de elementos colocados o distribuidos azarosamente sin voluntad artística.

Presiento que la mirada concentrada en el hueso de la miscelánea que es Papur –como al Ray Milland de X (Corman, 1963) que siempre me viene a la cabeza al hablar de Ferrer Lerín– sería capaz de captar, de radiografiar, el postrero resplandor de las vanguardias. Así sucede especialmente con los textos más oníricos, pasajes sin teoría, sin presunción previa porque, ¿qué hipótesis concebible puede elucidar una fenomenología del sueño, o del recuerdo del sueño, una estructura de la experiencia onírica sentida tan difusa, múltiple y sinestésica en sus expresiones terminales? ¿Acaso escribe en sueños con tinta de espejo Ferrer Lerín negro sobre leve?

Pero es posible que el sueño no sea lo negro, sino que, como señala George Steiner en las Gramáticas de la creación, el arte sea el hermano de la muerte. Esencialmente expresiva de la vitalidad, la obra de arte se ampara bajo dos sombras: la de su existencia posible o preferible y la de su desaparición. En el lector de este gran Papur de Días contados reverberarán también, junto a las disposiciones azarosas que hacen arte entre montañas, los ecos de sus tres primeros poemarios memorables –De las condiciones humanas (1964), La hora oval (1971) y Cónsul (1987)–, humor nada inocente o, de hecho, casi cancelable, broma sofisticada que vence a la cancel culture: bajo instinto, alta literatura ajena a las servidumbre de las modas, pulsión erótica, «fervor iconoclasta» (en palabras de Pere Gimferrer).

Desatado el hocico de lo obsceno (siempre regreso a Juvenal) el escritor husmea entre los restos de una sesión de anatomía, en la máxima tensión del lance erótico, en el movimiento entre sombras que precede al susto, información del tiempo raro del thriller surrealista (en mi cabeza sonaba el «Alien Observer» de Grouper, el «Text» de Darkstar y veía un film de Léos Carax) y creo que no solo seré yo quien distinga la línea Maupassant-Bierce y el escalofrío de lo uncanny pre-lovecraftniano en los temas recurrentes de Papur.

Espléndida la exploración que se hace del pozo, de la biosfera pirenaica, no sé si este libro es la joya de la corona de la obra de Ferrer Lerín, pero sí que contiene muchas piezas preciosas. En lo que toca a la constelación de referencias muy sutiles, habrá quien también vea aquí y allá destellos de Henry Miller, de Robert Rossen, de Isidore Ducasse, conde de Lautremont, de la química de Jacques Monod y de los versos Montale, de la dureza vital de Luis Buñuel y del Borges de Otras inquisiciones pero sobre todo escuchará la voz propia del artista singular.

Cine físico, como el de los años 70 (de Francesco Rosi a William Friedkin) en lo que toca a los guiones, –un grande como Albert Serra podría dirigir un pequeño corto de Die Rabe con su retumbo de Níquel–, sexo turbio en la línea Carlos Saura-Peckimpah (Sam); incorrección de voces y sonidos, intereses ligados ora a la planificación editorial y literaria de su obra ora a la composición de su propia figura.

Los que elijan entrar en este libro podrán frotarse la mente con todas las letras del nombre de Sento Papur y recortar metafóricamente para su admirado análisis un texto breve. Tanta es la perfección de tantos párrafos. Tan bien editado está. Tanto podrían aprender. En el apartado más personal, tengo inclinación por los solares, por los parterres devastados, por los monstruos, por las moscas y las metamorfosis de la piel femenina y por ello la lectura de Papur me resulta aún más íntima, inquietante como el recuerdo infantil de una temible canción desconocida.

Para muchos otros de este oficio, Ferrer Lerín será siempre uno de los escritores por antonomasia, feroz y atípico, y así como en Papur, aumentado y en escorzo,  simplificado y fijo, parece mostrarlo el transcurso, la redición catalana y el tiempo, o por seguir parafraseando la célebre opinión de Henry James sobre Flaubert, ha nutrido de carne muerta, se infiltra y ha llegado a un público (en esta edición cuatrocientos lectores bien enumerados) «del cual según su teoría estaba separado por una profunda e insuperable zanja, obra de su propia pala».

Si no carne, tierra, zanja y pala, al menos palabra y alma resurrecta, bodysnatcher, compendio de obsesiones, écfrasis, metapoemas (poemas sobre sus poemas), filología, literatura de sí, libro de libros, cama y montaña, lúcidas teorías sobre el plagio inverso, florilegio de prosa, rosa negra, muy potente; nombres de pájaros, bichos que envenenan a quien orina sobre ellos, paisaje oscense, genealogías hebreas alto-aragonesa como invocación de un tiempo petrificado en una nube, o, por resumir a nuestro autor en dos palabras: aristocracia y resistencia.




miércoles, 5 de noviembre de 2014

"Helada luz...": Reseña en Revista de Letras






Revista de Letras


«HELADA LUZ EN EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS»

por Jesús García Cívico


Rodrigo Rey Rosa | Foto: Contrabando
Rodrigo Rey Rosa | Foto cedida por el autor
En Helada, Thomas Bernhard hace decir al pintor Strauss que “el mundo es una disminución progresiva de la luz”. Para W.G. Sebald, quien aborda en sus ensayos sobre la demencia, la violencia política, pero también social, sobre la que insiste una y otra vez el genial novelista centroeuropeo; esa oscuridad progresiva, ese oscurecimiento gradual, no es sino la misma negación del sentido de la historia bajo cuyos auspicios la búsqueda de la verdad “es ya siempre un acto de desesperación”.
Uno se ha acordado de todo eso al cerrar el primer libro de “no ficción” de Rodrigo Rey Rosa(Guatemala, 1955) publicado en España.
Bajo el rótulo La cola del dragón (título del texto más emblemático del volumen) la joven editorial valenciana Contrabando –por medio, en este caso, del editor Sergio Pinto Briones- ha recogido y dotado de una refulgente coherencia una serie de textos de no ficción de uno de esos autores que ya consensuamos en reconocer como imprescindibles.
Efectivamente, el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa (1955) –“el escritor más riguroso, más luminoso de mi generación” al decir de Bolaño– ha volcado en dieciséis textos breves, entre el diario, el cuaderno de viaje, la crónica judicial y de sucesos, testimonios negros e ineludibles de una serie de acontecimientos que destacan por su crueldad entre los más crueles de la segunda mitad del pasado siglo XX, siglo breve, oscuro, frío y cruel.
Contrabando
Contrabando
En común con el asqueo centroeuropeo (como eje temático, pero también como postura estética y sentimental) la reciente historia centroamericana –una suerte de relevo geográfico y temático del horror político pero también social del siglo XX, siglo centroeuropeo– permite secos y comprometidos ejercicios de escritura como el del novelista, aquí cronista, Rey Rosa. Ejercicios que ya no son, como en Bernhard, actos de irónica desesperación sino resultado de la fría, obstinada, quizás helada, pero siempre sobria, necesidad de dar testimonio.
Sí, desde el frontispicio, Rey Rosa deja saber que el libro que tenemos entre manos es un testimonio resultado de la necesidad de contar. Necesidad de testificar, necesidad también de acomodar, por honradez, por necesidad, el estilo a lo que se cuenta. ¿Qué se cuenta?
Tras unas pinceladas realistas tan ponderadas como emotivas sobre el escritor en formación (Bowles y yo, Estudios de Miquel Barceló), reivindicaciones de escritores poco conocidos (Salomón de la Selva en Encontrado en Nicaragua) se cuenta, lo habíamos adelantado ya, el horror, la brutalidad, la insoportable impunidad de esos crímenes que hemos calificado con voluntarista rotundidad como “crímenes de lesa humanidad”.
El genocidio perpetrado en la Guatemala de los años ochenta por el gobierno del general Efraín Ríos Montt, con el apoyo de los servicios de inteligencia de EEUU, contra pobres acusados de colaborar con movimientos de izquierda y campesinos indígenas se cobró la vida de más de 200.000 personas. Una media de 6000 asesinatos al año, la mayoría de los cuales, al igual que las violaciones y otras torturas de las que fue víctima la población maya-ixil, quedaron sin castigo.
La luz sobre la responsabilidad última de militares y políticos en el poder se desvaneció el año pasado con la anulación por parte de la Corte de Constitucionalidad de Guatemala (la Corte celestial) de la sentencia de genocidio. Se oscurecía así, de nuevo, esa parte del planeta que recogió el testigo horrible de la larga serie de corazones de tinieblas que mucho antes habían sido el Congo Belga en la época de Leopoldo II (el descrito por el propio Joseph Conrad), el padecido por el pueblo armenio, el Holodomor ucraniano o el Porraimos (contra el pueblo gitano) y la Shoa ya en el propio centro de Europa.
¿Qué estilo? Se cuenta austera, seca, rigurosa, ásperamente. Rey Rosa, el escritor, hace lo más caro a la vanidad de los autores: se hace desaparecer. Acción consecuente. ¿No fue acaso la magnitud de cada uno de aquellos horrores a los que antes aludíamos, el Holodomor, la Shoa… tal que se dudó (Theodor Adorno) de la posibilidad de seguir haciendo poesía? Tal era la oscuridad y la gélida temperatura de cualquier corazón mínimamente concernido. La poesía, pero también el poeta, desaparece. Rey Rosa es consciente de que las palabras que graba, el testimonio, el documento que reproduce habla, como se suele decir, por sí solos.
La cola del dragón, zona central del libro, tiene un trasfondo recurrente: la anulación de la sentencia que condenaba al golpista Ríos Montt como responsable final del arrasamiento genocida por parte del ejercito guatemalteco, auspiciado por el gobierno de Reagan, del llamado Triángulo Ixil. Para situar los hechos le basta al escritor con bosquejar un marco: “El paisaje del altiplano guatemalteco estaba, a finales de abril, sumido en un vasto baño neblinoso. Los pueblos de Chichicastenango y Santa Cruz del Quiché, sin la actividad febril de los días de mercado, parecían solamente sucios y caóticos, víctimas de la proliferante fealdad de nuestra era.” Y luego la realidad.
Mantenida la contención, la verdad se desborda, por decirlo como Nabokov, por el nebuloso margen de la página. Y es suficiente. Sobrevivientes ixiles declararon como soldados jugaban al futbol con la cabeza de una anciana. Sobre las torturas de chicos y chicas el pionero de la antropología forense Clyde Snow reconoció en su día que aunque hubo cosas parecidas en El Salvador, Bosnia o Irak, es en Guatemala donde peores atrocidades había visto.
“Cuando la derecha cazaba genocidas” escrito con Sebastián Escalón es la irónica, negra, crónica sobre la campaña de calumnia, desprestigio y asesinato de líderes democráticamente elegidos. Los informes de la CIA sobre las operaciones en Guatemala entre 1952 y 1954 que recoge Rey Rosa incluyen el Manual para asesinos (puesto al alcance del público en 1997). El insoportable cinismo de la agencia norteamericana es también tema específico del breve Snow Job. Rey Rosa deja, una vez más. que el texto se escriba solo: “(…) una categoría más se origina por la necesidad de ocultar el hecho de que la víctima fue asesinada (…) las herramientas simples y las que estén a la mano son las más eficaces. Un martillo, un desarmador, un atizador, un cuchillo de cocina, un pedestal de lámpara, o cualquier otro objeto duro y pesado que esté al alcance bastará (…) Para los asesinatos simples o de persecución el accidente prefabricado es la técnica más efectiva. Cuando se lleva a cabo con éxito causa poco alboroto y es investigado sólo de manera casual.”
Hechos cuya impunidad sobrevuela como un buitre disidente los cadáveres sin verdad de este periodo atroz de la historia de América y que regresan a estos breves textos una y otra vez, así el asalto a la embajada española el 31 de enero de 1980 donde se quemaron vivos a los 27 indígenas que habían ingresado de forma pacífica para denunciar los continuos abusos que sufrían. Sobrevivió, recordémoslo, el embajador español Máximo Cajal que saltó por un ventana, sobrevivió, denunciémoslo, un campesino que fue trasladado al hospital con graves quemaduras para ser secuestrado luego por varios hombres armados en el propio hospital. Su cadáver apareció muerto al día siguiente con señales de tortura.
Cita en Bogotá sirve a Rey Rosa para rebatir la negación del genocidio guatemalteco en la casa de Borges: la biblioteca. Cinco columnas señala los terribles matices de la palabra Kaibil, las técnicas de deshumanización y embrutecimiento para infundir terror (torturas, decapitaciones).Visita a la jueza Barrios es el retrato escrito con ternura seca de Iris Yassmín Barrios conocedora en tribunales de los llamados de Alto Riesgo de casos cruciales de la historia reciente de Guatemala: asesinatos, chantajes, extorsiones de investigadores, científicos y activistas de derechos humanos.
La violencia que generamos parte de la conocida tipología de la violencia por parte del filósofo esloveno Slavoj Žižek, violencia que, entre nosotros, también diseccionó perfectamente el desaparecido Vázquez Montalbán: la subjetiva –ejercida directamente por agentes individuales o colectivos; la objetiva –racismo, machismo, exclusión; la violencia simbólica o sistémica: necesaria para perpetuar ciertos modos de vida –la de los zares, la de las oligarquías latinoamericanas.
La tesoro de la Sierra es la crónica en autobús del tour de los horrores que significa para el medio ambiente y la salud, y por tanto para la supervivencia de los campesinos centroamericanos, la explotación a cielo abierto de minas de oro. La cuestiones son retóricas: ¿cómo puede la avaricia de una empresa privada y la ingenuidad de unos pocos poner en riesgo la vida de generaciones enteras? ¿qué nueva forma de violencia supone el desprestigio de las víctimas, su ninguneo, las injurias vertidas desde los medios de comunicación a quienes buscan esclarecer qué sucedió y llamarlo por su nombre? La respuesta regresa en La caja de los truenos y en el último de los Apéndices, el que sigue a la oscura “Entrevista en Ronda”.
En La cola del dragón, Rey Rosa ha dado, por necesidad, testimonio de la violencia (gubernamental, militar, pero también social), de la demencia (gubernamental, militar, pero también social). Ha tomado una lámpara y ha entrado en la cueva donde la barbarie del matarife convive con la indiferencia de los embrutecidos tal como en nuestra latitud hicieron con negra amargura Amery o Kertész. La cueva del dragón es la nuestra. La luz es fría, helada, como en el título de Bernhard. Nace del estupor que produce la impunidad, de la sensación de que todo puede seguir como si nada, que uno puede seguir viviendo, viajando o pescando, como en la imagen del famoso relato de Raymond Carver, con el lago lleno de cadáveres. Sí, el libro tiene sus personajes: en Encantador de serpientes, el doctor David C. Burden una suerte de Mengeleselvático salido de Conrad; en el contexto de represiones indígenas de El santo ángel la campesina Petrona Corado pero el protagonista es siempre un estupor: el estupor frente a la insensibilidad.
Sabe Rey Rosa que añadir una palabra de más lo habría acercado (injustamente) al sensacionalismo, que debía alejarse, acercarse y alejarse otra vez. Es por ello un acierto de los editores situar al principio de este libro los textos que transcurren en el extranjero. Añaden a la lucidez del autor la perspectiva de la distancia. Quien ha viajado demasiado (Rosa volvió a Guatemala en 2001 tras vivir en Europa y Nueva York) sabe que a su regreso el país natal se carga siempre de extrañeza.
Como la literatura tiene por objeto la naturaleza humana, el libro lo leerá y lo hará mejor, el lector sensible. Los temas son también de interés para el estudioso “de la inhumanidad del hombre hacia el hombre” por decirlo como ese científico de los derechos humanos que fue Richard Claude: la responsabilidad de las corporaciones y empresas internacionales por violaciones de derechos humanos, la impunidad, la tipología de la violencia, la ineficacia de las normas jurídicas más imprescindibles, son todos ellos temas de triste actualidad.
Del escritor Rey Rosa uno se aventura a decir que habría empezado a escribir por y como Borges pero hubo de transitar, de nuevo por necesidad y lucidez, hacia la literatura comprometida de Camus. Rey Rosa ha querido dar luz fría al ennegrecimiento de una parte del mundo, un acierto, como acertada, dicho sea para finalizar, es la elección en la portada de una fotografía blanco y negro del autor de Piedras encantadas, Caballeriza o Los sordos con una cámara entre las manos: toda una imagen (una meta-fotografía) de la intención estética y del lúcido empeño anterior.