viernes, 16 de enero de 2015

«La fiesta de la novela» Jesús García Cívico en Revista de Letras (La Vanguardia)



REVISTA DE LETRAS
(La Vanguardia.com)


«La fiesta de la novela»

por Jesús García Cívico




Milan Kundera | Foto: Catherine Hélie Gallimard



«En la célebre entrevista que Philip Roth (New Jersey, 1933) realizó a Milan Kundera (Brno, 1929) allá en noviembre de 1980, cuando éste presentaba El libro de la risa y el olvido, el escritor nacido checo, nacionalizado luego francés y por entonces exiliado, definía la novela –toda novela– como “una larga pieza de prosa sintética basada en un argumento con personajes inventados”. Ante la mirada del autor de Pastoral americana o El lamento de Portnoy, Kundera añadió:

“Cuando digo sintética, me refiero al deseo del novelista de asir su tema desde todas las perspectivas y del modo más completo posible. El ensayo irónico, la narrativa novelística, el fragmento autobiográfico, el hecho histórico, la fantasía libre… No hay nada que la capacidad de síntesis de la novela no logre combinar en un todo unitario, como las voces de la música polifónica”.


Polifónica musicalidad, libertad y placentera apertura a la sorpresa de la novela

Provincia libre y musical la de novela. Su género es un territorio sin frontera caracterizado –Kundera insistió en sus ensayos El arte de la novela (1986), Los testamentos traicionados (1992), El telón (2005) y Un encuentro (2009)– por la ausencia de tesis, el humor, la ironía, la suspensión de la moral y la huida de las servidumbres formales. Además, en ella resulta lícito al novelista no someterse a la trama pues el protagonista de la novela puede perfectamente no ser un argumento, sino un… tema.
La novela es un territorio libre, ilimitado y musical pero además ¡su protagonista puede ser un tema y no un argumento!



Cabe, aún, añadir una cuarta cualidad para ubicar definitivamente La fiesta de la insignificancia (Tusquets, 2014), la novela de la que ahora hablamos o –subrayando ya el tono también lúdico de nuestra reseña– para disfrutar mejor de la fiesta. ¿Qué cualidad? En las primeras líneas que Kundera dedica explícitamente en El telón a una “teoría de la novela” (una teoría que viniendo de un novelista debe ser ágil y placentera) se decía, recurriendo al Fielding de Tom Jones que se trata de “un texto prosai-comi-épico (…) cuya evolución es una perpetua sorpresa”.

La novela es, pues, de acuerdo con Kundera, un territorio libre, musical, formalmente ilimitado, su protagonista puede ser un tema y no un argumento y además su evolución, concebida de forma, ágil y placentera, es una perpetua sorpresa.

He aquí unas primeras claves para disfrutar mejor este festejo tan esperado: tras catorce años de ausencia, La fiesta de la insignificancia es el fruto madurado, quizás el epílogo, de una poética muy personal (una teoría interna o una teoría del propio novelista sobre la novela) una forma de escribir y de entender la novela caracterizada formalmente por la libertad, la musicalidad y la apertura a la sorpresa donde el protagonista no es un argumento, sino un tema. Enseguida veremos qué tema y por qué creemos que en esta fiesta algo triste ha sucedido. Digamos antes algo de ese estilo personal.

La poética propia de un escritor irrepetible

Kundera es uno de los escritores más interesantes y personales del siglo XX. Lo era ya antes de entrar vivo en La Pleiade, la colección que Gallimard reserva para las joyas de la literatura, quizás porque corresponde solo a un grupo reducido de artistas –aquí artistas de la novela– la posibilidad de ser inmediatamente reconocidos como propietarios de un lenguaje personal, o, si nos ponemos estéticos, como detentadores de una poética propia.

Ahora bien, detentar una poética propia o personal, y la de Kundera ciertamente lo es, puede resultar simplemente de reconocerse en una particular tradición poética (nadie, ni siquiera el neoliberal más enragé, el más furibundo acólito de la lírica del self made man puede pretender ser… su propio padre). La poética de Kundera –el modo personal de entender y hacer la novela– proviene de una tradición de habitantes de un provincia superior a esas frías entelequias que llamamos estados o, si nos ponemos ahora decimonónicos, a esas sórdidas entelequias que llamamos naciones. La novela de la que La fiesta de la insignificancia es un compendio tan melancólico como delicioso se inscribe en ese género sin fronteras presidido por el humor y la ironía, un género propiamente europeo inaugurado por Rabelais continuado por Cervantes, Fielding o Sterne y que tiene conciudadanos de distintas latitudes, entre los que destacan, por citar sólo los posproustianos, Kafka, Musil, Broch o Gombrowicz, pero también Paz, Fuentes o Rushdie, vecinos todos de una misma provincia estética en la que Don Quijote es conciudadano del soldado Svejk, o si miramos las paternidades, Jaroslav Hašek habla el mismo idioma que el escritor de Alcalá de Henares. ¿Qué tema?

La insignificancia como tema de la novela

Esa tradición de la novela que, arrancando en Rabelais, atraviesa la obra de Kundera disfruta una diversidad de tramas afín a la multiplicidad temática que Nietzsche reivindicó para la filosofía. De acuerdo con ella, la novela es la forma suprema de conocimiento y la naturaleza humana es su objeto.

Sí, la naturaleza humana es, desde luego, el objeto de la novela y de la literatura misma (Los testamentos traicionados), pero en ella caben múltiples cuestiones. Tan vasta es.

Tema único, el de la naturaleza humana. Es bien sabido, no obstante, que en las novelas de Kundera, hay una serie de cuestiones felizmente recurrentes: el erotismo, la llamativa posición del individuo frente a la historia y frente a la existencia misma, la memoria, la cultura, el erotismo sofisticado (Choderlos de Laclos, Flaubert), la música, la risa. Hay también en estos temas, sub-temas memorables, fruto de impagables paréntesis filosóficos, entre los que me parecen especialmente sobresalientes, en relación con lo anterior, las digresiones sobre el invisible contrato del amor, la reivindicación de la checa como cultura centroeuropea en el excelso sentido de ser, Centroeuropa, cuna de lenguas, y, desde principios de siglo raíz de vanguardias estéticas y fundamentales innovaciones artísticas (la dodecafonía, el teatro del absurdo) y de pensamiento (el psicoanálisis, el estructuralismo). Una reivindicación, la de Kundera, frente al trato que la historia le ha dispensado a este concreto lugar y a esta concreta forma de estar y de pensar: una reivindicación pues, cargada de razón.

¿Otros temas? El tiempo y la matemática existencial, los incisos sobre los finos lindes que median entre el erotismo y el ridículo, el contraste entre la pomposidad y seriedad en la ostentación del poder y las varices ridículas de sus detentadores (pertenecen a la antología de la literatura universal los episodios, repartidos en distintas obras, en los que se ejemplifica ese conocido aserto de Kundera según el cual es propio del actuar totalitario alternar dos formas de ejercer el poder: la crueldad y la misericordia). Y entre todos los temas, el humor. Desde luego el humor. El humor como estrategia personal ante el atroz e impersonal poder de las dictaduras. El humor como cobijo metafísico. Diremos algo triste sobre ello después.

¿Y el tema más concreto aquí? Para Beatriz de Moura, editora y exquisita traductora de las últimas obras Kundera, el tema de esta fiesta no puede ser otro que la propia insignificancia. Lo recordaba en la carta que desde Tusquets dirigió a sus lectores: La fiesta de la insignificancia es una desenfadada y espléndida composición en forma de fuga que se nutre de las más sutiles variaciones en torno al tema que da título al libro:

“La insignificancia, amigo mío”, nos advierte, “es la esencia de la existencia. (…) Está presente incluso allí donde nadie quiere verla”.

Efectivamente, el gran tema de la literatura es la naturaleza humana pero el objeto particular, lo que ahora celebramos, vaya, no es una cuestión periférica, sino toda una ontología: nuestra condición insignificante.

Cómo pasarlo mejor en la fiesta: un atrevimiento

Al igual que en las famosas fiestas de Jay Gatsby, el personaje de Fitzgerald, a La fiesta de la insignificancia todos pueden acudir. Puede asistirse, si se nos permite continuar con la imagen, sin haber sido formalmente invitado. Ahora bien, creo que habrá quien pueda pasárselo en ella mejor o peor. Es más, no creo que lo pase especialmente bien quien acuda a la fiesta leyendo a Kundera por primera vez.

Por ello, y si el propósito de una reseña tal como uno la concibe, es, amén del juicio crítico (no necesariamente laudatorio), contagiar un fundamentado entusiasmo dando claves para su mejor disfrute y comprensión, uno sugeriría, sin más afán que una filia laica por compartir con otros semejantes esos escasos (e insignificantes) momentos de dicha que nos depara a los humanos la vida, uno sugeriría, digo, uno se atrevería a sugerir, una fórmula para pasarlo mejor en la fiesta.

En primer lugar, como en toda fiesta, uno no debe ser descortés. No trate al anfitrión como un disidente político (eso lo dejó claro incluso cuando tales auras le hubieran granjeado todas las simpatías), ni como un tipo del Este o que surgió del frío (Praga está en el corazón geográfico pero también cultural de Europa). Recuerde que nuestro anfitrión es un novelista y al novelista se le mide por la calidad estética de su obra. Aquí no tema, es mi consejo, la magnitud exagerada del elogio. La novela no es una tesis, ni caben lecturas sistemáticas, ni políticas (a pesar del conmovedor apunte casi velado sobre quién, quiénes son hoy los tratados totalitariamente), no da lecciones, y, de acuerdo con la poética señalada atrás, es refractaria a la moral pero también a la interpretación kitschzeante.

En segundo lugar, creo que uno se lo pasará mejor en la fiesta cuantas más personas conozca allí. Una perfecta anfitriona de la literatura checa en nuestro país ha sido Monika Zgustová. A muchos de los nacidos como yo, a finales de los años sesenta, hubo un boom que nos alcanzó mejor que el de la literatura latinoamericana: se trató del boom de los escritores checos, a cuya difusión en nuestro país contribuyó extraordinariamente esta escritora y pensadora estupenda.

Sí, las horas pasadas en los años ochenta con los compatriotas de Kafka y Hasek se debe en mucho a su afán, el de la Zgustová, en tales relaciones públicas. Estos amigos checos que quizás asistan con disfraz a este festejo, comparten precisamente un subtema de nuestra novela: tras ellos –como recordaba Zgustová– Capek, Klima, Hrabal, Kundera y Havel— eran conscientes de que la maquinaria del poder a la que estaban sometidos no tenía sentido.

“Sus protagonistas demuestran que es mucho más efectivo hablar de historias humanas en vez de la Historia con mayúscula. Las aventuras y los destinos de esos protagonistas son, pues, la búsqueda de sentido en un mundo que carece de él”.

Antes de la fiesta: una propuesta de lectura de la obra completa de Kundera

Uno o una debe ser cortés, y lo pasará mejor en la fiesta cuanto más gente conozca, sí. Pero además, es importante cómo llegar hasta allí. Digámoslo ya claramente: La fiesta de la insignificancia por sí sola puede parecer, al lector primero, poca. Sin embargo, sería una pena perdérsela. ¿Qué y cuándo habría que leer para llegar mejor hasta allí?

Para disfrutar mejor la fiesta recomiendo comenzar con su obra maestra: La insoportable levedad del ser (1984). Una vez contagiado, recorrería un tramo del camino cronológico. Su primera novela La broma (1967), luego La vida está en otra parte (1972) y La despedida (1973). Tomaría aire, abriría un paréntesis y la ventana al humor: algunos de los relatos de El libro de los amores ridículos (1968) son tan sexis como desternillantes. Aquí volvería al clima de nuestro libro de contagio con El libro de la risa y el olvido (1979) y Jaques el fatalista, su teatro en homenaje a Diderot. De aquí los libros en Francia y en francés por el orden en que fueron editados: La inmortalidad (1988), La lentitud (1995), La identidad (1998), La ignorancia (2000). Las más exquisitas portarán, a modo de broche en el vestido, leída, su poesía. Emprendería, de camino a la fiesta, la lectura pausada de los ensayos que citamos ya atrás. Repasaría algunos de estos, al azar, y en todo caso, al final, ya con la invitación en la mano, releyendo La lentitud, subrayaría estas líneas:
“Me has dicho muchas veces que te gustaría escribir un día una novela en la que no hubiera ninguna palabra seria (…) Milanku, deja de bromear. Nadie te entenderá”.
Entonces me pondría un vestido hermoso o esa chaqueta elegante cuya ocasión esperábamos con paciencia. Iría a la fiesta con una expresión expectante pero con ese tipo de expectación en la que no se descarta que el amigo al que hace tiempo que no ves te cuente alguna mala noticia, una desgracia, o si le preguntamos por su familia o los amigos comunes que hace tiempo que no vemos, quizás un deceso. Con la expresión más insignificantemente humana, me serviría una copa de vino francés, ¡nada de patriotismos! (nuestra provincia, nuestra patria, así quedamos, es la novela), encendería entonces un par de velas y pondría un disco no de Leoš Janáček sino de Erik Satie.
Pongamos que la fiesta ha sido.
¿Qué pasó anoche?

Nostalgia de la fuerza seductora del ingenio o cuando la estrategia de la risa ya no sirve para nada

La extensión de esta novela en la edición de Tusquets (138 páginas en el tipo de letra grande que pidió Kafka para sus obras) ha hecho que la noche se pasara rápido. En todo caso, como descubrió el amante de Madame T, en ese requerimiento nostálgico del tiempo calmo que fue La lentitud, al amanecer de la noche en vela nada nos impide detenernos en los momentos gozosos que tuvimos. Recordémoslo: la posibilidad de retener un recuerdo es una actitud estética que es al plano individual lo que la posición moderna de ser anti-moderno al grupo de los más auténticos herederos de Rimbaud.

De la fiesta tendremos que decir que tuvo, sobre todo, algo de otoño, de crepúsculo y de nostalgia. Acudió a recibirnos una mujer que enseñaba el ombligo y la reflexión de un personaje apenas esbozado Alain: si el poder de seducción se concentra en un hoyito redondo en mitad del cuerpo. ¿Cómo describir y definir la particularidad de esa orientación erótica? Ombligo: punto del cuerpo que a diferencia de lo eróticamente individual e irrepetible, no es sino exaltación de lo idéntico, lo uniforme y redundante.

Cuente de la fiesta, a quien no fue, el chisme de Stalin y Kalinin, la siempre actual historia del cazador y las perdices. Retenga cómo pronto, los convidados principales se pusieron melancólicos, igual que a los vaqueros de Peckimpah, a los amigos Ramón, Alain, Charles y Caliban, parece quedarles tan solo el refugio de un código: una manera de ser y estar en el mundo. Si la literatura de Kundera empezó con una broma, en las fotos de este epílogo casi invernal, observaremos con algo de languidez y abatimiento que hay un vacío, una seriedad frente a la que hoy es inane la broma: estupenda la digresión paralela acerca de la inutilidad de ser brillante; sobrecogedora la escena sobre lo caro que puede consistir bromear en la fortaleza europea con acento extranjero. Queda, pues, el código, queda la nostalgia, la risa callada y la amistad.

Del cobijo de la risa al refugio de la amistad: final

No creo que La fiesta de la insignificancia se pueda leer (afortunadamente) como tesis, al estilo de aquellos (deliberadamente) ambiguos, pero clásicos, ensayos sobre la vacuidad de Lipovetsky. No creo tampoco que se pueda analizar como crítica social, y mucho menos ética, aunque algunos digan haber visto en esta cita invitados no deseados o de compromiso: la insensibilidad y el relativismo moral (ese fanatismo invertido). Recordemos, regresando a la entrevista con la que comenzamos nuestra recensión, que “una novela no afirma nada: una novela busca y plantea interrogantes (…) la estupidez de la gente procede de tener respuesta para todo. La sabiduría de la novela procede de tener una pregunta para todo”.

Hoy la pregunta, como la fraternidad, es la rareza. Comprender exige tiempo y todo sucede demasiado rápido. También la exigencia de opinión y de respuestas. Cabe, pues, hacerle caso a este habitante ilustre de esa provincia trasnacional que es la novela: disfrutar con humor nuestra condición insignificante solo es posible tras aceptarla y le corresponde a la novela hablarnos de ella.

No sé, no puedo saber, cuál será el impacto que deje esta novela en el lector que se acerque a una obra de Kundera por primera vez. La novela no gustará a los agelastos (pues sabemos que en el neologismo de Rabelais caben todos aquellos que no están en paz con lo cómico). La novela no gustará a quienes no sepan que el poder totalitario, camuflado hoy por ejemplo en el discurso frente al extranjero, cae por igual del lado de la maldad y del ridículo. La novela decepcionará a quien no siente como propia la fragilidad de la cultura.

Menudo epítome, sí, menuda seña. Oh, resumirse sin reducirse, justificar la vida entera con un gesto, un detalle tierno pergeñado con ocasión de algo intrascendente carente de importancia y de sentido.»


Publicado en Revista de Letras (La Vanguardia) el 26 de noviembre de 2014

miércoles, 5 de noviembre de 2014

"Helada luz...": Reseña en Revista de Letras






Revista de Letras


«HELADA LUZ EN EL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS»

por Jesús García Cívico


Rodrigo Rey Rosa | Foto: Contrabando
Rodrigo Rey Rosa | Foto cedida por el autor
En HeladaThomas Bernhard hace decir al pintor Strauss que “el mundo es una disminución progresiva de la luz”. Para W.G. Sebald, quien aborda en sus ensayos sobre la demencia, la violencia política, pero también social, sobre la que insiste una y otra vez el genial novelista centroeuropeo; esa oscuridad progresiva, ese oscurecimiento gradual, no es sino la misma negación del sentido de la historia bajo cuyos auspicios la búsqueda de la verdad “es ya siempre un acto de desesperación”.
Uno se ha acordado de todo eso al cerrar el primer libro de “no ficción” de Rodrigo Rey Rosa(Guatemala, 1955) publicado en España.
Bajo el rótulo La cola del dragón (título del texto más emblemático del volumen) la joven editorial valenciana Contrabando –por medio, en este caso, del editor Sergio Pinto Briones- ha recogido y dotado de una refulgente coherencia una serie de textos de no ficción de uno de esos autores que ya consensuamos en reconocer como imprescindibles.
Efectivamente, el guatemalteco Rodrigo Rey Rosa (1955) –“el escritor más riguroso, más luminoso de mi generación” al decir de Bolaño– ha volcado en dieciséis textos breves, entre el diario, el cuaderno de viaje, la crónica judicial y de sucesos, testimonios negros e ineludibles de una serie de acontecimientos que destacan por su crueldad entre los más crueles de la segunda mitad del pasado siglo XX, siglo breve, oscuro, frío y cruel.
Contrabando
Contrabando
En común con el asqueo centroeuropeo (como eje temático, pero también como postura estética y sentimental) la reciente historia centroamericana –una suerte de relevo geográfico y temático del horror político pero también social del siglo XX, siglo centroeuropeo– permite secos y comprometidos ejercicios de escritura como el del novelista, aquí cronista, Rey Rosa. Ejercicios que ya no son, como en Bernhard, actos de irónica desesperación sino resultado de la fría, obstinada, quizás helada, pero siempre sobria, necesidad de dar testimonio.
Sí, desde el frontispicio, Rey Rosa deja saber que el libro que tenemos entre manos es un testimonio resultado de la necesidad de contar. Necesidad de testificar, necesidad también de acomodar, por honradez, por necesidad, el estilo a lo que se cuenta. ¿Qué se cuenta?
Tras unas pinceladas realistas tan ponderadas como emotivas sobre el escritor en formación (Bowles y yoEstudios de Miquel Barceló), reivindicaciones de escritores poco conocidos (Salomón de la Selva en Encontrado en Nicaragua) se cuenta, lo habíamos adelantado ya, el horror, la brutalidad, la insoportable impunidad de esos crímenes que hemos calificado con voluntarista rotundidad como “crímenes de lesa humanidad”.
El genocidio perpetrado en la Guatemala de los años ochenta por el gobierno del general Efraín Ríos Montt, con el apoyo de los servicios de inteligencia de EEUU, contra pobres acusados de colaborar con movimientos de izquierda y campesinos indígenas se cobró la vida de más de 200.000 personas. Una media de 6000 asesinatos al año, la mayoría de los cuales, al igual que las violaciones y otras torturas de las que fue víctima la población maya-ixil, quedaron sin castigo.
La luz sobre la responsabilidad última de militares y políticos en el poder se desvaneció el año pasado con la anulación por parte de la Corte de Constitucionalidad de Guatemala (la Corte celestial) de la sentencia de genocidio. Se oscurecía así, de nuevo, esa parte del planeta que recogió el testigo horrible de la larga serie de corazones de tinieblas que mucho antes habían sido el Congo Belga en la época de Leopoldo II (el descrito por el propio Joseph Conrad), el padecido por el pueblo armenio, el Holodomor ucraniano o el Porraimos (contra el pueblo gitano) y la Shoa ya en el propio centro de Europa.
¿Qué estilo? Se cuenta austera, seca, rigurosa, ásperamente. Rey Rosa, el escritor, hace lo más caro a la vanidad de los autores: se hace desaparecer. Acción consecuente. ¿No fue acaso la magnitud de cada uno de aquellos horrores a los que antes aludíamos, el Holodomor, la Shoa… tal que se dudó (Theodor Adorno) de la posibilidad de seguir haciendo poesía? Tal era la oscuridad y la gélida temperatura de cualquier corazón mínimamente concernido. La poesía, pero también el poeta, desaparece. Rey Rosa es consciente de que las palabras que graba, el testimonio, el documento que reproduce habla, como se suele decir, por sí solos.
La cola del dragón, zona central del libro, tiene un trasfondo recurrente: la anulación de la sentencia que condenaba al golpista Ríos Montt como responsable final del arrasamiento genocida por parte del ejercito guatemalteco, auspiciado por el gobierno de Reagan, del llamado Triángulo Ixil. Para situar los hechos le basta al escritor con bosquejar un marco: “El paisaje del altiplano guatemalteco estaba, a finales de abril, sumido en un vasto baño neblinoso. Los pueblos de Chichicastenango y Santa Cruz del Quiché, sin la actividad febril de los días de mercado, parecían solamente sucios y caóticos, víctimas de la proliferante fealdad de nuestra era.” Y luego la realidad.
Mantenida la contención, la verdad se desborda, por decirlo como Nabokov, por el nebuloso margen de la página. Y es suficiente. Sobrevivientes ixiles declararon como soldados jugaban al futbol con la cabeza de una anciana. Sobre las torturas de chicos y chicas el pionero de la antropología forense Clyde Snow reconoció en su día que aunque hubo cosas parecidas en El Salvador, Bosnia o Irak, es en Guatemala donde peores atrocidades había visto.
“Cuando la derecha cazaba genocidas” escrito con Sebastián Escalón es la irónica, negra, crónica sobre la campaña de calumnia, desprestigio y asesinato de líderes democráticamente elegidos. Los informes de la CIA sobre las operaciones en Guatemala entre 1952 y 1954 que recoge Rey Rosa incluyen el Manual para asesinos (puesto al alcance del público en 1997). El insoportable cinismo de la agencia norteamericana es también tema específico del breve Snow Job. Rey Rosa deja, una vez más. que el texto se escriba solo: “(…) una categoría más se origina por la necesidad de ocultar el hecho de que la víctima fue asesinada (…) las herramientas simples y las que estén a la mano son las más eficaces. Un martillo, un desarmador, un atizador, un cuchillo de cocina, un pedestal de lámpara, o cualquier otro objeto duro y pesado que esté al alcance bastará (…) Para los asesinatos simples o de persecución el accidente prefabricado es la técnica más efectiva. Cuando se lleva a cabo con éxito causa poco alboroto y es investigado sólo de manera casual.”
Hechos cuya impunidad sobrevuela como un buitre disidente los cadáveres sin verdad de este periodo atroz de la historia de América y que regresan a estos breves textos una y otra vez, así el asalto a la embajada española el 31 de enero de 1980 donde se quemaron vivos a los 27 indígenas que habían ingresado de forma pacífica para denunciar los continuos abusos que sufrían. Sobrevivió, recordémoslo, el embajador español Máximo Cajal que saltó por un ventana, sobrevivió, denunciémoslo, un campesino que fue trasladado al hospital con graves quemaduras para ser secuestrado luego por varios hombres armados en el propio hospital. Su cadáver apareció muerto al día siguiente con señales de tortura.
Cita en Bogotá sirve a Rey Rosa para rebatir la negación del genocidio guatemalteco en la casa de Borges: la biblioteca. Cinco columnas señala los terribles matices de la palabra Kaibil, las técnicas de deshumanización y embrutecimiento para infundir terror (torturas, decapitaciones).Visita a la jueza Barrios es el retrato escrito con ternura seca de Iris Yassmín Barrios conocedora en tribunales de los llamados de Alto Riesgo de casos cruciales de la historia reciente de Guatemala: asesinatos, chantajes, extorsiones de investigadores, científicos y activistas de derechos humanos.
La violencia que generamos parte de la conocida tipología de la violencia por parte del filósofo esloveno Slavoj Žižek, violencia que, entre nosotros, también diseccionó perfectamente el desaparecido Vázquez Montalbán: la subjetiva –ejercida directamente por agentes individuales o colectivos; la objetiva –racismo, machismo, exclusión; la violencia simbólica o sistémica: necesaria para perpetuar ciertos modos de vida –la de los zares, la de las oligarquías latinoamericanas.
La tesoro de la Sierra es la crónica en autobús del tour de los horrores que significa para el medio ambiente y la salud, y por tanto para la supervivencia de los campesinos centroamericanos, la explotación a cielo abierto de minas de oro. La cuestiones son retóricas: ¿cómo puede la avaricia de una empresa privada y la ingenuidad de unos pocos poner en riesgo la vida de generaciones enteras? ¿qué nueva forma de violencia supone el desprestigio de las víctimas, su ninguneo, las injurias vertidas desde los medios de comunicación a quienes buscan esclarecer qué sucedió y llamarlo por su nombre? La respuesta regresa en La caja de los truenos y en el último de los Apéndices, el que sigue a la oscura “Entrevista en Ronda”.
En La cola del dragón, Rey Rosa ha dado, por necesidad, testimonio de la violencia (gubernamental, militar, pero también social), de la demencia (gubernamental, militar, pero también social). Ha tomado una lámpara y ha entrado en la cueva donde la barbarie del matarife convive con la indiferencia de los embrutecidos tal como en nuestra latitud hicieron con negra amargura Amery o Kertész. La cueva del dragón es la nuestra. La luz es fría, helada, como en el título de Bernhard. Nace del estupor que produce la impunidad, de la sensación de que todo puede seguir como si nada, que uno puede seguir viviendo, viajando o pescando, como en la imagen del famoso relato de Raymond Carver, con el lago lleno de cadáveres. Sí, el libro tiene sus personajes: en Encantador de serpientes, el doctor David C. Burden una suerte de Mengeleselvático salido de Conrad; en el contexto de represiones indígenas de El santo ángel la campesina Petrona Corado pero el protagonista es siempre un estupor: el estupor frente a la insensibilidad.
Sabe Rey Rosa que añadir una palabra de más lo habría acercado (injustamente) al sensacionalismo, que debía alejarse, acercarse y alejarse otra vez. Es por ello un acierto de los editores situar al principio de este libro los textos que transcurren en el extranjero. Añaden a la lucidez del autor la perspectiva de la distancia. Quien ha viajado demasiado (Rosa volvió a Guatemala en 2001 tras vivir en Europa y Nueva York) sabe que a su regreso el país natal se carga siempre de extrañeza.
Como la literatura tiene por objeto la naturaleza humana, el libro lo leerá y lo hará mejor, el lector sensible. Los temas son también de interés para el estudioso “de la inhumanidad del hombre hacia el hombre” por decirlo como ese científico de los derechos humanos que fue Richard Claude: la responsabilidad de las corporaciones y empresas internacionales por violaciones de derechos humanos, la impunidad, la tipología de la violencia, la ineficacia de las normas jurídicas más imprescindibles, son todos ellos temas de triste actualidad.
Del escritor Rey Rosa uno se aventura a decir que habría empezado a escribir por y como Borges pero hubo de transitar, de nuevo por necesidad y lucidez, hacia la literatura comprometida de Camus. Rey Rosa ha querido dar luz fría al ennegrecimiento de una parte del mundo, un acierto, como acertada, dicho sea para finalizar, es la elección en la portada de una fotografía blanco y negro del autor de Piedras encantadasCaballeriza o Los sordos con una cámara entre las manos: toda una imagen (una meta-fotografía) de la intención estética y del lúcido empeño anterior.