A falta de ver R. M. N. de Christian Mungiu, o Hasta los huesos de Luca Guadagnino que tienen una aspecto estupendo y seguramente entren ya en la lista de 2023 (a pesar de haber sido estrenadas en festivales en 2022), esta es la lista de mis películas preferidas (las mejores de mis preferidas, o, quizás mejor, mis preferidas entre las mejores).
Conviene reparar en que dos de las mejores películas estrenadas este año, como Memoria de Apichatpong Weerasethakulo Drive my car de Ryûsuke Hamaguchi ya estaban en la lista (la copio abajo) de 2021.
Bueno, incluyo abajo la del lustro entero y ya está.
1.Licorice Pizza, Paul Thomas Anderson
2.Pacification, Albert Serra
3.X, Ti West
4.Vortex, Gaspar Noé
5.Nop! Jordan Peele
6.Benediction, Terence Davies
7.Sobre la historia natural de la destrucción, Serge Loznitsa
8.Crimes of the Future, David Cronenberg
9.Alcarrás, Carla Simón
10.As Bestas, Rodrigo Sorogoyen
Las listas son un entretenimiento, pero también algo más que un entretenimiento
Dejó escrito Paul Valéry que la facilidad de la lectura se ha convertido en una especie de regla en las letras desde el advenimiento del reino de la prisa y de las hojas impresas que cautivan inmediatamente o pretenden que suceda tal. Todo el mundo tiende a leer aquello que todo el mundo habría podido escribir y lo mismo sucede con la música, digo yo. Bornfor del trío de jazz noruego Maridalen (ahora escucho «Portrommet» en el faro de Alnes) o los seis temas de Feeding the machine de Binker and Moses con su raro vitalismo y el continuo aviso de la decepción han evitado que reuniera los primeros días de enero las fuerzas suficientes para volver a fumar (otro propósito felizmente incumplido). El invierno pasado sonó Dragon new warm mountain I believe in you el mejor disco de Big Thief, una banda de Brooklyn liderada por Adrianne Lenker que pronto me recomendó mi nueva tienda de discos de referencia.
Lo de Putin no tiene perdón pero soy demasiado sensible para cancelar el postpunk ruso y más allá de Human Tetris, Motorama o The Glass Beads me encanta la nueva ola siberiana de Ploho o Uvala el grupo de San Petersburgo con su dream-pop. En otra onda, me encantó Pompeii de Cate Le Bon y me pareció delicioso el título de The Weather Station How is it that I should look at the stars. Me ha emocionado la fuerza evocadora de Past Life Regression del grupo Papercuts, no solo por su capacidad para trasladarme a mi propia juventud sino porque corrobora mi idea de que el pasado tiene garantizado el futuro o que, más allá de los análisis de la formidable Retromanía de Simon Reynolds, el futuro ya pertenece al pasado. Un buen día de febrero me desperté con «good Morning (red)» la hermosa canción de caroline. Otro de mis preferidos, Destroyer, el grupo del canadiense Dan Bejar, sacó el pasado nuevo disco: Labyrinthitis.
La editorial Días Contados recupera una de las obras de culto de Francisco Ferrer Lerín | Foto: Miqui Ferrer Jiménez, WikiMedia Commons
Hay libros que tienen la estrella de reaparecer, de resucitar de forma espiritual como primicia de aquellos que durmieron, de retornar, de exhibir el misterio del bis que apunta Vila-Matas en su reciente y elevada Montevideo, una segunda oportunidad, o mejor, otra ocasión de acuerdo con la idea circular del tiempo de la antigua Grecia: kairós.
Es el caso de Papur del poeta y ornitólogoFerrer Lerín (Barcelona, 1942) reanimado, vivificado, revisited, recompuesto a partir de la sombra de una pata de codorniz por una de las editoriales más pulcras del país.
El renacido Papur (Papur 2022 podríamos decir) en la serie castellana de la cuidada, elegantísima edición de Días contados sigue la original publicada en Eclipsados (Zaragoza, 2008) si bien añade para celebrar el esperado acontecimiento del regreso, la «Jornada laboral de un poeta barcelonés» y «El rey de la péñola jacetana», un breve texto de Félix de Azúa a modo de epílogo.
En el prefacio leemos que el volumen que nos ocupa nace con el hallazgo en el archivo municipal de la ciudad oscense de Jaca, de un documento en el que se relacionan los nombres de los componente de la aljama de la judería local allá por el año 1475. Entre los nombres de dureza singular destaca el de Sento Papur: reto fónico, envite literario, provocación que un escritor impar como Lerín no podría dejar de contestar, volumen finalmente. A continuación, listado de ilustres judíos «a la manera de la poesía del inventario de mi querido Saint John-Perse». Tras él diecisiete «bibliofilias», «facsímiles» (de «La ciudad alejada» a «Historia con dos versiones más que dudosas»); capturas y eliminaciones de palomas domésticas y perros vagabundos, llegada de buitres leonados que hacen «series»; luego «varios» que van de barrizales, ingesta de carne humana a cargo de aves, lances sexuales, animales yegua y trayectos; Die Rabe (El cuervo, en alemán) y guiones vírgenes: Descrita una zona de vida y no solo una jornada extraña, Papur se cierra con de Azúa.
De nuevo brillan para opacar la simple tendencia literaria everywhere, la incorrección, el culto eminente al vicio propio, la deformación imaginativa de la memoria, el relato escrito con los colores del sueño, la violación del recuerdo puro, cierta falta de piedad, una divertida indiferencia moral sin el candor de Ripley, el asesino de Highsmith; retratos del hampa, crímenes y pájaros, léxico escrupuloso, risa para uno mismo, precisión al señalar el nombre, dominio de las formas breves, entorno de Jaca.
En fin, todos los estilemas de Lerín.
No es posible dejar de ver la relación entre la forma en que el autor de Familias como la mía (2011) rapta la palabra como a una niña (como a una de sus 30 niñas) antes de ser literatura y la composición visual infraleve –por tomar el acertado término de Miguel Ángel Hernández– tal como se revelaba en el interior de un ojo avispado el sagaz arte casual: emociones estéticas de elementos colocados o distribuidos azarosamente sin voluntad artística.
Presiento que la mirada concentrada en el hueso de la miscelánea que es Papur –como al Ray Milland de X (Corman, 1963) que siempre me viene a la cabeza al hablar de Ferrer Lerín– sería capaz de captar, de radiografiar, el postrero resplandor de las vanguardias. Así sucede especialmente con los textos más oníricos, pasajes sin teoría, sin presunción previa porque, ¿qué hipótesis concebible puede elucidar una fenomenología del sueño, o del recuerdo del sueño, una estructura de la experiencia onírica sentida tan difusa, múltiple y sinestésica en sus expresiones terminales? ¿Acaso escribe en sueños con tinta de espejo Ferrer Lerín negro sobre leve?
Pero es posible que el sueño no sea lo negro, sino que, como señala George Steiner en las Gramáticas de la creación, el arte sea el hermano de la muerte. Esencialmente expresiva de la vitalidad, la obra de arte se ampara bajo dos sombras: la de su existencia posible o preferible y la de su desaparición. En el lector de este gran Papur de Días contados reverberarán también, junto a las disposiciones azarosas que hacen arte entre montañas, los ecos de sus tres primeros poemarios memorables –De las condiciones humanas (1964), La hora oval (1971) y Cónsul (1987)–, humor nada inocente o, de hecho, casi cancelable, broma sofisticada que vence a la cancel culture: bajo instinto, alta literatura ajena a las servidumbre de las modas, pulsión erótica, «fervor iconoclasta» (en palabras de Pere Gimferrer).
Desatado el hocico de lo obsceno (siempre regreso a Juvenal) el escritor husmea entre los restos de una sesión de anatomía, en la máxima tensión del lance erótico, en el movimiento entre sombras que precede al susto, información del tiempo raro del thriller surrealista (en mi cabeza sonaba el «Alien Observer» de Grouper, el «Text» de Darkstar y veía un film de Léos Carax) y creo que no solo seré yo quien distinga la línea Maupassant-Bierce y el escalofrío de lo uncanny pre-lovecraftniano en los temas recurrentes de Papur.
Espléndida la exploración que se hace del pozo, de la biosfera pirenaica, no sé si este libro es la joya de la corona de la obra de Ferrer Lerín, pero sí que contiene muchas piezas preciosas. En lo que toca a la constelación de referencias muy sutiles, habrá quien también vea aquí y allá destellos de Henry Miller, de Robert Rossen, de Isidore Ducasse, conde de Lautremont, de la química de Jacques Monod y de los versos Montale, de la dureza vital de Luis Buñuel y del Borges de Otras inquisiciones pero sobre todo escuchará la voz propia del artista singular.
Cine físico, como el de los años 70 (de Francesco Rosi a William Friedkin) en lo que toca a los guiones, –un grande como Albert Serra podría dirigir un pequeño corto de Die Rabe con su retumbo de Níquel–, sexo turbio en la línea Carlos Saura-Peckimpah (Sam); incorrección de voces y sonidos, intereses ligados ora a la planificación editorial y literaria de su obra ora a la composición de su propia figura.
Los que elijan entrar en este libro podrán frotarse la mente con todas las letras del nombre de Sento Papur y recortar metafóricamente para su admirado análisis un texto breve. Tanta es la perfección de tantos párrafos. Tan bien editado está. Tanto podrían aprender. En el apartado más personal, tengo inclinación por los solares, por los parterres devastados, por los monstruos, por las moscas y las metamorfosis de la piel femenina y por ello la lectura de Papur me resulta aún más íntima, inquietante como el recuerdo infantil de una temible canción desconocida.
Para muchos otros de este oficio, Ferrer Lerín será siempre uno de los escritores por antonomasia, feroz y atípico, y así como en Papur, aumentado y en escorzo, simplificado y fijo, parece mostrarlo el transcurso, la redición catalana y el tiempo, o por seguir parafraseando la célebre opinión de Henry James sobre Flaubert, ha nutrido de carne muerta, se infiltra y ha llegado a un público (en esta edición cuatrocientos lectores bien enumerados) «del cual según su teoría estaba separado por una profunda e insuperable zanja, obra de su propia pala».
Si no carne, tierra, zanja y pala, al menos palabra y alma resurrecta, bodysnatcher, compendio de obsesiones, écfrasis, metapoemas (poemas sobre sus poemas), filología, literatura de sí, libro de libros, cama y montaña, lúcidas teorías sobre el plagio inverso, florilegio de prosa, rosa negra, muy potente; nombres de pájaros, bichos que envenenan a quien orina sobre ellos, paisaje oscense, genealogías hebreas alto-aragonesa como invocación de un tiempo petrificado en una nube, o, por resumir a nuestro autor en dos palabras: aristocracia y resistencia.
«Creemos en nuestra singularidad, es decir, en que siempre será posible encontrar un rasgo, así sea insignificante, capaz de distinguir a dos hombres entre sí. la singularidad, por otra parte, la soportamos hasta ciertos límites. En términos generales, podríamos decir que es una vanidad y un orgullo mientras prolonga propiedades compartidas por la mayoría [...] La singularidad total, por el contrario, asusta y aísla»
Alejandro Rossi, Manual del distraído, Barcelona: Anagrama, 1980, p. 11.
«Mi poder sobrenatural consiste en que puedo subir edificios y bajarlos de forma singular [...] De pequeño –lo he dejado caer sutilmente ya– subía y bajaba el estrecho deslunado de casa de mi abuela con el trazo nervioso de una lagartija adolescente y taciturna. Uno no tenía por qué saber si la capacidad adherente de aquella otra sustancia viscosa que escondía entre el hueco de los dedos, bajo las axilas y otras cavidades que no vienen todavía al caso, era algo que generalmente viene con el cuerpo porque, oportunamente, no existe en la niñez una perspectiva global de la anatomía del mundo, ni teorías omnicomprensivas acerca del destino que la vida reserva en este punto a los demás.
[...]
Subo la fachada que se le antoja a mi singularidad (no siempre, sino cuando quiero comprobar mi cualidad, mi… poder especial) en unos nueve o diez saltos. Pumba, pumba, pumba, pumba, pumba, pumba, pumba, pumba, pumba. Todo depende de la altura, las aberturas accidentales y los pliegues del edificio y no sólo de mi idiosincrasia, claro. Trepo, principalmente, rellanos de muchos colores y escalones, subo con mi sello graderías, subo canaletas y zaguanes, me acuclillo pensativo en la balaustrada de recios balcones. Subo huecos de ascensor.
Me pongo al timón de los barcos del puerto por la noche, me cuelgo del estrave de todos los buques que bogan en las horas más oscuras de los días entre medusas, plásticos y motores que la gente arroja desdichadamente en el océano. Lo hago imitando la posición invertida y el gesto de luto con el que hibernan en verano los murciélagos sin solera: negro, raro, polinizador, con la cabeza al desnuque y las orejas hacia abajo.
Subo a trompicones, cornisas y dinteles, pumba, pumba, pumba, de balcón a balcón, ayudándome con la baba o superbaba. Trastabillándome, babeando, superbabeando, dando a todo con el hombro y con la axila, igual que un soldado asqueado por la guerra alcanza entre sollozos otra trinchera, de hostia sagrada en hostia consagrada, hostiándome y hastiándome (perdón), sí, ¡PUMBA!, ascendiendo a duras penas, pegado a las ventanas, besando con el raro engrudo que emana de mis labios el duro muro de hormigón, el venenoso picor de la uralita; agarrando unas décimas de segundo los hierros fríos, las huellas de los otros, la sangre de nuestros antecesores, los maceteros mojados por la regadera, la gravitación interna del pasado.
Subo y por ver la luna de mentira me dejo la piel; subo, derramo pegamento y observo por un instante indiscreto y loco, entre grietas e irregularidades del cemento, baba y úlceras de hormigón, el tipo de vida –habitualmente más convencional– que la gente sin cualidades especiales lleva dentro de sus casas.
Un avechucho, incontestablemente, soy.»
Jesús García Cívico, Singular, Valencia: Che Books, Contrabando, 2018, pp. 24-27.
Jesús García Cívico propone un sorprendente estudio sobre un tema singular, el despiste y el hábito de estar en las nubes
El ensayista y profesor Jesús García Cívico (Valencia, 1969).
LUIS MANUEL RUIZ
21 Agosto, 2022 - 06:16h
La condición despistada. Jesús García Civico. Candaya, 2022. 374 páginas, 19 euros
Pese a constituir uno de los elementos medulares de la filosofía, la literatura o el arte (o, por ponernos kantianos, su misma condición de posibilidad), nadie, que sepamos con certeza, había acometido hasta la fecha un estudio en profundidad del despiste. Jesús García Cívico, profesor de la Universidad Jaume I, crítico cultural, polígrafo y polímata (según se deja sentir por su propio texto), se arroja a la tarea motivado por razones que le tocan de cerca: él es un soberbio despistado. Después de haber perdido (nos confiesa) llaves, los coches de esas llaves, papeles, ordenadores, manuscritos, el camino de vuelta a casa, incluso a la mujer que le aguardaba en esa casa, Cívico se detiene y comienza a interrogarse por esa extraña tendencia, la distracción, que vuelve su vida de aire y escamotea sus pasos en cuanto intenta reconstruir el trayecto que le ha llevado hasta sí mismo. La pulsión autobiográfica, aunque lateral, es una de las más poderosas de este libro curioso, a la vez anecdotario, memorial, enciclopedia, catálogo. Más allá de ella, el fin confeso (y confuso) radica en una zambullida en las corrientes de la distracción y todo cuanto conlleva, en todos sus aspectos y manifestaciones, metafísicas, poéticas, vivenciales, cinematográficas.
En primer lugar, el autor trata de circunscribir el campo semántico de la inopia. Reúne en torno a sí todos los sinónimos que es capaz de encontrar por un sitio y otro (que son bastantes, porque Cívico ama los vagabundeos), despiste, extravío, abstracción, aturdimiento, incluidas las muchas metáforas que al respecto pueblan el habla cotidiana. En este sentido, una posee valor emblemático sobre las demás: estar en las nubes. En las nubes vive el alucinado, el atontado, el lelo, el que no se entera de nada, el fantasioso y el idealista, pero también el científico que busca salida a una fórmula y, sobre todo, el filósofo: basta mencionar al respecto (como hace Cívico, entre una larga batería de alusiones más) los sarcasmos de Aristófanes contra un ampuloso Sócrates en Las nubes, donde instalaba una escuela de sofística en las alturas, o el batacazo de Tales de Mileto al observar las estrellas, inicio para Hans Blumemberg del pensar teórico como tal. La conclusión de nuestro autor es que todos, en algún momento (y no sólo creadores e intelectuales) volamos inadvertidamente a otra parte, que a todos se nos va el santo al cielo y que todos, más o menos, estamos en babia si se dan las circunstancias precisas, porque (y de ahí el título), la distracción es más una condición humana que un mero estado o patología. Por todo ello, contra Shelley y el romanticismo germánico, el titán que representa a la raza humana sería, más que Prometeo (“aquel que piensa antes”), el atolondrado Epimeteo, que en el mito de Platón se olvida de armar al hombre contra los rigores de la naturaleza, y que en el de Hesíodo acepta a la nefasta Pandora, fuente de todos los males futuros.
«SELVÁTICA, DESMEDIDA, ERUDITA, AMENÍSIMA, LA OBRA POSEE UNA RARA CLARIVIDENCIA»
Hay algo que nos llama desde otro lado, una inercia invencible que nos arrastra arriba o adentro (al ensimismamiento, en la expresión de Ortega); pero a la vez, irremisiblemente, esa fuga necesita de un punto fijo que nos haga regresar, de alguien o algo que nos recuerde el mundo de la materia y devuelva nuestros pies al suelo. Con ser antipático, este papel de recordador resulta por completo imprescindible si hemos de atender a detalles puntuales como alimentarse, ir al trabajo o cuidar de nuestros hijos: la dialéctica entre vuelo y aterrizaje, elevación y costalazo, ensimismamiento y alteración, vertebra la esencia humana y es, quizá, el tuétano profundo del libro. Para personificar al recordador, esto es, al tirón de orejas que tan desconsideradamente nos devuelve a la tierra, Cívico recurre a un personaje de Jonathan Swift llamado flapper o climenole. En la tercera parte de Los viajes de Gulliver se describe la portentosa isla de Laputa, elevada en el aire, poblada por una nación de astrónomos, filósofos, científicos, intelectuales de toda laya: dichos habitantes, entregados a sus pensamientos, pasan el día elucubrándose y extasiándose ante abstracciones que les hacen olvidarse por completo de sus cuerpos y del lugar que ocupan; por cuanto les son necesarios los servicios de ciertos sirvientes llamados climenoles, que les golpean los ojos o la boca con vejigas llenos de guisantes siempre que necesitan descender. Cívico aporta una larga lista de climenoles con los que debemos enfrentarnos a diario: la familia, el jefe, los impuestos, el sentido común, y, en última pero primerísima instancia, la muerte.
Selvática, desmedida, erudita, amenísima, La condición despistada es una obra de una rara clarividencia que servirá a muchos, como este que escribe, para comprender mejor sus propios despistes y franquezas, y para comprobar que afortunadamente no está solo: marcar correctamente el norte, a pesar de las brújulas, no se nos da bien a todos.
—¿Me podrías aclarar el significado del título, Ficciones, las justas, que no lo acabo de pillar, y por qué solo música, cine y porno cuando se habla de todo, incluido el deporte?
El título se hace eco de una petición difusa por parte de un sector de la sociedad: que las ficciones (literarias y audiovisuales) sean justas. Dicho esto, en el sentido de que piden que las obras o sus autores difundan o representen, respectivamente, una serie de valores morales y vidas ejemplares. Buscan (y, en sentido contrario, censuran) que una idea de justicia entendida como respeto de las diferencias, demandas de reconocimiento identitario o lucha contra la discriminación sexual y racial se integre en la ficción.
Luego, el subtítulo es una forma razonada de respuesta colectiva (a ocho manos): se ofrecen reflexiones sobre la nueva moral y su papel en el cine, la música y la pornografía con el fin no solo de alertar sobre nuevas formas de censura sino de dar argumentos y datos al lector para pensar el fenómeno en toda su complejidad. Y tienes razón en que este ensayo es más amplio: en mi caso al tratar de comprender la nueva moral desde algunas transformaciones políticas y culturales más o menos recientes (anti-intelectualismo, resentimiento, horizontalismo postmoderno, hipersubjetividad, infantilización) incluyo ejemplos del deporte, la literatura y la filosofía.
—¿Qué vínculos unen a los cuatro autores?
Te respondo como coordinador: ha sido la admiración que siento hacia el trabajo de estos autores en sus campos de conocimiento más específicos. Eva Peydró no es solo una de las críticas cinematográficas más inteligentes e internacionales sino una de las que escribe mejor. Tengo a Carlos Pérez de Ziriza como una referencia en la crítica musical, no solo por la profundidad y amplitud de sus conocimientos sino porque sabe conjugarlos con un posicionamiento cívico y sociopolítico sensible y coherente que lo hacía idóneo para escribir sobre la nueva moral en la música. Por su parte, Ana Valero es una investigadora muy prestigiosa en el ámbito de los derechos fundamentales y las libertades públicas pero además es una pensadora valiente, culta y perspicaz capaz de lidiar con lucidez, coraje e incluso con heroísmo en el campo del arte y en sus expresiones más polémicas.
Los invité a los tres y felizmente dijeron que sí.
—La censura existe desde el inicio de la civilización pero emana del poder civil y religioso. Sin embargo, hoy surge desde las bases sociales a través de internet y la redes. ¿Eso la hace más o menos dañina?
La hace más inquietante. Ana Valero explica muy bien ese chilling effect a través de la idea de «censura líquida», el nuevo «panóptico» sentimental (todos nos vigilamos a todos) y cómo el «sentimiento de ofensa» se perfila como el nuevo rasgo identitario que aglutina y genera cohesión entre los usuarios de una redes que hoy se caracterizan por su irritabilidad. Carlos Pérez de Ziriza ofrece el ejemplo del deterioro desproporcionado de la carrera profesional de Ryan Adams por una acusación aireada en la red, así como la presión electoral en la política cultural de algunos ayuntamientos en relación con grupos cuyas canciones podrían resultar «sexistas». Eva Peydró arroja nueva luz sobre casos conocidos como los de Bertolucci o Johnny Depp así como los últimos «debates» en la red a propósito de la racialización, el apropiacionismo cultural o la interpretación de personajes transgénero.
—También los sujetos y objetos de reprobación son completamente distintos. Racismo, homofobia, transfobia, violencia de género… ¿Cuáles serían los «Siete pecados capitales» de esta nueva moral?
La irracionalidad, el excesivo peso de los sentimientos y las emociones, el riesgo de dejar de disfrutar del arte y la cultura, el punitivismo, el retorno a formas medievales de castigo vergonzante (humillación pública en la red), el exhibicionismo moral, la tergiversación consciente como desprecio a la verdad. Esos siete pecados tienen un efecto perverso no solo sobre la creación artística sino sobre una causa justa: la protección de los grupos vulnerables, el respeto a los derechos de las minorías y de los «diferentes» y la igualdad económica, política y simbólica de la mujer.
—Entre los muchos casos de ‚cancelados‘ que citas, señala alguno que consideres más significativo. (A mí me irrita lo que pasa con Rowlin, por ejemplo).
Personalmente, me duele el de Woody Allen porque yo crecí viendo sus películas y me enamoré del tipo de mujer (inteligente y divertida) que las protagonizaba.
—La cultura de la cancelación se expande por todo Occidente pero muestra mayor contundencia en Estados Unidos y Gran Bretaña. ¿Se puede atribuir este hecho a su raíz calvinista y puritana?
Sin duda ese factor cultural tiene un peso específico en países donde los derroteros puritanos de la corrección política permite hablar de «inquisidores amables» (kindly inquisitors) por decirlo con Jonathan Rauch, un periodista que analizó la cultura de la cancelación y sus diferencias con el debate racional de ideas. Carlos Pérez de Ziriza incluye la denuncia por pornografía infantil de Spencer Elden, el bebé de la portada de Nevermind, el disco de Nirvana o la polémica sobre una foto promocional de C. Tangana. Eva Peydró traza en el libro un sugestivo recorrido por la «ultracorrección» en Hollywood así como por la particularidad europea. Ana Valero incluye en su capítulo no solo una síntesis del erotismo en el arte, sino también del debate en el seno del feminismo y en la evolución jurisprudencial sobre lo obsceno en Estados Unidos.
—¿Se podría decir que este fenómenos al igual que la llamada 'cultura woke' expresa la mala conciencia acumulada a lo largo de siglos del hombre blanco, heterosexual y protestante? ¿También que demuestra la incapacidad del ser humano para gestionar su libertad por lo que prefiere depender de normas que orienten sus actos...y pensamientos (que es lo más perturbador)?
A mí lo que más me preocupa de la cultura woke y de esa mala conciencia de la que hablas (antes que el carácter extemporáneo y algo delirante de las «batallas culturales») es la forma en que acaba invisibilizando las demandas de justicia económica (una cuestión urgente y universal). Se ha demostrado que el énfasis en lo identitario en la agenda política va en menoscabo de la lucha por la distribución de la riqueza.
Sobre la libertad, sé que mantengo una posición poco intutitiva y puede ser que minoritaria a este respecto (aunque uno de los últimos ensayos de Eloy Fernández Porta parece que vaya en este mismo sentido): la existencia de normas es un requisito necesario para la libertad. Necesitamos normas que orienten conductas, pero, ojo, entre esas normas se incluye la igualdad, la no discriminación, así como la libertad artística y de expresión. Otra cosa es que la gente asuma acríticamente una serie de nuevos dogmas y lugares comunes sobre los que no se ha detenido a reflexionar. La precariedad laboral, la aceleración, los nuevos formatos breves de comunicación, el solucionismo o la ruptura de los vínculos sociales tras décadas de individualismo neoliberal (no solo político, sino educativo y cultural) tampoco ayudan a ello.
—¿Hasta dónde nos puede conducir este revisionismo moralizante? ¿Se intuye una especie de bandazo en dirección opuesta como ha pasado tantas veces a lo largo de la historia?
Sí, esa dialéctica, por decirlo con Hegel, acabará generando una síntesis. Es ahí donde el libro señala algunos aspectos positivos de la nueva sensibilidad. En mi opinión, cae en la casilla del acierto la revisión de la historia si sirve para rescatar autores injustamente opacados (por ser mujer, negro, homosexual, etc.) o discursos silenciados (no necesariamente en clave decolonial, una vía llena de contradicciones a mi juicio). Luego, en el terreno de las ficciones, ¿no era raro que los pilotos de naves espaciales en mundos inventados fueran hombres rubios? Hoy reaccionamos ante la reproducción de arquetipos y se nos ha afinado el olfato para detectar sesgos y prejuicios simbólicos. Eva Peydró observa la evolución de artistas como Clint Eastwood o personajes como James Bond de forma similar. Estamos en una fase balbuceante y hay ficciones que integran la «nueva sensibilidad» de forma mecánica, grosera o superficial (el tokenismo), lo cual perjudica a su calidad artística, otras han sabido integrarlas de forma enriquecedora.
—La hipocresía o doble rasero que genera esta especie de caza de brujas y brujos puede alcanzar cotas alarmantes. ¿Qué opinas al respecto?
Que coincido contigo. Anadiría que la alarma ya ha saltado. Esa, junto al amor por el pensamiento, el arte y la literatura, es la razón de nuestro ensayo Ficciones las justas.
En el mes de la Mujer, Nely Reguera y Valentina Viso protagonizan una nueva sesión del Ciclo 'Mujeres de Hoy'. Un espacio en el que damos visibilidad al trabajo de profesionales creativas que se han posicionado a base de esfuerzo y talento.
El jueves 31 de marzo, a las 19 horas en Fundación Cañada Blanch, la cineasta Nely Reguera, se sentará junto a la guionista Valentina Viso, para repasar sus trayectorias, compartir experiencias, influencias e inspiraciones. Junto a ellas estará Jesús García Cívico moderando la sesión. Jesús es crítico literario y cinematográfico, profesor universitario, filósofo, escritor y colaborador en revistas como 'El Hype'.
Estas dos mujeres creadoras se suman al listado de referentes femeninos que han visitado este ciclo en Fundación Cañada Blanch, como son Christina Rosenvinge, Paula Bonet, Luna Miguel, Miren Iza, Gabriela Wiener o Cristina Morales; entre otras. Algunas de estos encuentros están disponibles en nuestro canal de YouTube.
¿Cuáles son las claves de la cultura de la cancelación, a quiénes y de qué manera afecta, dónde están sus orígenes y cuáles pueden ser sus efectos? A estas preguntas responde un ensayo del sello valenciano Contrabando: ‘Ficciones, las justas. La nueva moral en el cine, la música y la pornografía‘. Coordinado por Jesús García Cívico, filósofo, profesor en la Universitat Jaume I y autor de ensayos, relatos y poemas, incluye también textos de Eva Peydró, Carlos Pérez de Ziriza y Ana Valero.
«El título se hace eco de una petición difusa por parte de un sector de la sociedad: que las ficciones sean justas, es decir, que las obras o sus autores difundan o representen, respectivamente, una serie de valores morales y vidas ejemplares”, explicaGarcía Cívico. “Se demanda integrar en la ficción una idea de justicia entendida como respeto de las diferencias, reconocimiento identitario y lucha contra la discriminación sexual y racial”.
La primera vez que leí a Diego S. Lombardi (Buenos Aires, 1981) fue con ocasión de la publicación de La coronación de las plantas (Jekyll & Jill, 2017) cuando el autor ya había obtenido cierto reconocimiento tras su primera novela Reflexiones de un cazador de hormigas. Me había parecido que este escritor singular empeñado en hacer de la creación de atmósferas y zozobras personales una experiencia literaria participaba de una forma «sui generis» en un tipo de literatura que me gustaría, modestamente, caracterizar bajo el sintagma «ficciones de ojos cerrados». La reciente aparición en la editorial Aristas Martínez de Lo que habita entre nosotros (2021) confirma mis primeras impresiones y arrastra con mayor virulencia esta literatura de sensaciones oscuras y descubrimientos al otro lado de un umbral imbricado de categorías estéticas del tipo que el crítico cultural Marc Fisher situó al abrigo de uno de sus más inteligentes ensayos, Lo raro y lo espeluznante (de lo extraño a lo asombroso, de lo desconocido a lo extraordinario).
Creo que Mark Fisher (Realismo capitalista) es (fue) a la teoría de la cultura lo que David Berman (Silver Jews, Purple Mountains) es (fue) al Indie Drug.
David Berman
Photos: David a veces se sentaba y pensaba y otras veces (como en la foto) solo se sentaba; Ghosts of my Life de Mark Fisher podría ser a la teoría de la cultura contemporánea lo que All my happiness is gone a la alta música popular.
mantengo que, al igual que debe pasar un largo día para llegar a la noche, debe transcurrir un año para hacer las listas de las mejores películas del año,
sin embargo, no siempre se puede ser consecuente: esta fue mi lista de preferidas de 2019 que me apresuré a comunicar a AEPRECI
1. Largo viaje hacia la noche (Bi Gan, China, 2018).
2. Érase una vez en... Hollywood (Quentin Tarantino, USA, 2019)
3. Los hermanos Sisters (Jacques Audiard, France, España, Romania, Belgium, USA, 2018)
4. Parásitos (Bong Joon Ho, Corea del Sur, 2019)
5. Retrato de una mujer en llamas (Céline Sciamma, Francia, 2019)
6. El faro (Robert Eggers, USA, 2019)
7. Mano de obra (David Zonana, México, 2019)
8. A Dark-Dark Man (Adilkhan Yerzhanov, Kazajstán, 2019)
9. El peral salvaje (Nuri Bilge Ceylan, Turquía, 2018)
10. Nosotros (Jordan Peele, USA, 2019) / Joker (Todd Phillips, USA, 2019)
Creo que la diferencia entre aquellos que además de escribir otros géneros hacemos crítica literaria (sea de un ensayo, de una novela, o de un libro de filosofía) y aquellos que nunca se han planteado hacerla es, como todas, una cuestión de «egoísmo» (egoísmo entendido en un sentido muy distinto al que enseguida están pensando).
¿Qué tipo de crítica me gusta escribir a mí?
Yo siempre he tratado de trasladar a la medida de mi lengua, de mi formación y de mis posibilidades, con todo el entusiasmo infantil y la perspicacia madura de la que soy capaz —y creo que siempre con un rigor no exento de amor por la cultura o de amabilidad con el autor— aquella definición de crítica que defendía W. H. Auden (La mano del teñidor) cuyo párrafo que cito a continuación fue a su vez objeto de crítica en una de las tertulias casuales propuestas por Kowalski Bellas Artes, etc.:
«¿Cuál es la función del crítico? Acercarme a obras o autores con los que no estaba familiarizado hasta ahora; convencerme de que he menospreciado determinadas obras o autores porque no los he leído con la suficiente atención; mostrarme relaciones entre obras de distintas épocas y culturas que nunca habría podido descubrir por mi cuenta porque no tengo conocimientos suficientes y nunca los tendré; ofrecerme una lectura de la obra que acreciente mi comprensión de la misma; arrojar luz sobre el proceso de construcción artística, y arrojar luz sobre la relación entre el arte y la vida, la ciencia, la economía, la ética, la religión, etcétera. Los tres primeros exigen erudición, los tres siguientes un grado mayor de perspicacia, cuando las cuestiones que suscita el crítico son nuevas e importantes».
Me gusta mucho la cantante de rock australiana Courtney Barnett, he bailado muchas veces solo en casa escuchando «Pedestrian at Best», la canción incluida en un álbum con un título brillante: Sometimes I Sit and Think and Sometimes I Just Think: «A veces me siento y pienso, y otras veces solo me siento». Es una pena que la RAE haya suprimido el acento, o mejor, la tilde diacrítica pues el título en castellano se presta a una engorrosa confusión.
C. B.
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Formalmente está muy cuidada, pero yo creo que a pesar de toda la ambigüedad postmoderna de Sorrentino, el joven director napolitano no puede evitar que asome el hocico aquí y allá ese tufillo inconscientemente machista, levemente fascistoide, naturalmente católico que constituye desde el primer neorrealismo la fenomenal aportación del cine italiano al arte del siglo XX.
Toni Servillo en La grande bellezza (Sorrentino, 2013)
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Folie es locura en francés, pero era también, desde fines del XVIII, un quiosco campestre lleno de coqueterías y formas curiosas, texturas que evocan imágenes desconcertantes y objetos bizarros. Y este es el sentido básico del título que proviene del crítico Sainte-Beuve, que habló de la Folie Baudelaire, lugar de caprichos y voluptuosidades como cualquier Folie del XVIII.
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Equivocarse es humano, pero eso no significa absolutamente nada. Zizek dijo que la pandemia traería el comunismo y ni siquiera él se ha despertado comiendo en un koljós. Lo importante ya no es cómo superamos los errores sino como gestionamos la impaciencia.
Z.
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Libro de ficción que más he disfrutado esta semana: La guerra de las salamandras (1936) de Karel Čapek.
Libro de no ficción que más he disfrutado esta semana: Bajo el signo de Saturno (1972) de Susan Sontag.
Película que más he disfrutado esta semana: Días sin huella (The Lost Weekend) (1945, Billy Wilder.
Disco que más he disfrutado esta semana: Dusk, el tercer disco del dúo de Londres Ultimate Painting.
Muere Antonio Beneyto, representante del surrealismo contemporáneo
El pintor, escultor y escritor era autor de una obra poblada de criaturas híbridas y monstruosas pero llenas de humor e ironía. El escritor, pintor y escultor Antonio Beneyto ha fallecido este jueves en Barcelona víctima del coronavirus a los 86 años, después de permanecer tres meses ingresado en una clínica por otra enfermedad. Este albacetense afincado en Barcelona desde 1967 fue uno de los máximos exponentes del llamado surrealismo contemporáneo.
La obra de Beneyto está llena de figuras enfrentadas, con rostros desdoblados como si fueran el Ying y Yang; criaturas híbridas y monstruosas que ofrecen al espectador una perspectiva fantasmagórica, donde todo lo humano no es más que un recuerdo. Maestro de lo onírico, como buen continuador de lo surrealista, desarrolló un arte imaginativo, lleno de ironía y sarcasmo. Una amplia visión de su trayectoria pictórica y escultórica se encuentra en el libro Beneyto, creador postista (2002). Su obra forma parte de museos y colecciones privadas, como la Fundació Vila Casas, que cuenta, al menos, con cuatro obras. Fue designado por Carlos Edmundo de Ory, Chicharro y Sernesí como el mejor valedor de los principios fundacionales del movimiento postista -primera corriente de vanguardia de postguerra en la península que crearon estos tres artistas-, que se pueden desglosar en cinco constantes: libertad, calle, inconsciente, amor loco y euritmia.
Beneyto comenzó su carrera artística a finales de los años sesenta en Palma de Mallorca, en torno a la revista Papeles de Son Armadans, donde conoció a Robert Graves, Camilo José Cela, A. F. Molina, Cristóbal Serra, y Antoni Serra. Una vez instalado en Barcelona dirigió la colección La Esquina, en la que editan Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, Ax Aub, Juan Eduardo Cirlot y Joan Brossa.
En 1987 protagonizó en la Galeria Maeght una hazaña digna del libro Guinness: pintó un dibujo de 30,5 metros de largo realizados sobre dos rollos de pianola enganchados; en el que el artista había pintado, una vez más, sus personajes: monstruos, hombres y vegetales híbridos a base de gouache y tinta china. «No tiene principio ni fin, entrada ni salida; la gente me pregunta que dónde empieza, pero el caso es que no hay secuencialidad en él; tampoco cuenta ninguna historia, es una obra absolutamente abierta a todas las lecturas», dijo el artista sobre su obra.
Autor de numerosos libros entre los que destacan los de narrativa y ensayo como Los chicos salvajes (1971), Cartas Apócrifas (1987), Eneri, desdoblándose (1998), Tiempo de Quimera (2001), El otro viaje (2003), Còdols en New York (2004), Un Bárbaro en Barcelona (2009), Escritos caóticos (2009) y Dentro de un espejo morado (2010). Fue redactor jefe de la revista de creación literaria Barcarola. También es autor de libros autobiográficos como Diario del artista suicida y textos políticos como Censura y política en los escritores españoles y críticos como Escritos caóticos. Entre sus poemas en prosa o verso destaca «Textos dentro de un espejo morado», «Un bárbaro en Barcelona» o «Tiempo de quimera, poema cinematográfico», reeditado por In-verso.
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Antonio Beneyto acompañando generosamente la presentación de Una casa holandesa de García Cívico (Canibaal, 2014) y de ediciones Canibaal en Barcelona con Jesús García Cívico y Ximo Rochera.